El Misterio de los Origenes

EL MISTERIO DE LOS ORIGENES

Monseñor Jean de Saint-Denis

OBRAS COMPLETAS

Volumen III

Vicariato Jean de Saint-Denis de la Iglesia Católica Ortodoxa de Francia
en Buenos Aires

INDICE

Capítulo 1

La Ley y los Profetas
El autor del Génesis
La crítica histórica
El Génesis y la Tradición

Capítulo 2

El Génesis y la ciencia
El texto y las variantes
Composición

Capítulo 3

En el comienzo, Dios crea el cielo y la tierra
Bereshit
Bará
Elohim

Capítulo 4

Dios, Palabra y Espíritu
El tohu va bohu, o materia primordial

Capítulo 5

La obra del Espíritu y del Verbo
Sobre la taxis (orden)
Badal y transformismo

Capítulo 6

Sobre la luz y las tinieblas
La desemejanza es llamada a la semejanza
Sobre el número

Capítulo 7

Sobre el número Tres y el número Seis

Capítulo 8

Sobre la cosmogénesis
Sobre algunos términos bíblicos
Dualidad unificante
Tres unidades y primer sacramento
La ley crucial
Doce actos creadores

Capítulo 9

Creación del hombre
El Gran Consejo
El hombre a Imagen de la Trinidad
Pananthropos

Capítulo 10

Tres ejemplos de desviación de la Imagen trinitaria
La Imagen trinitaria en cada uno de nosotros
El hombre, síntesis y liberador del cosmos
Microcosmos y microtheos

Capítulo 11

Imagen y Semejanza
Dios crea al hombre “macho” y “hembra”

Capítulo 12

Dios los bendice
Fructificad, multiplicad, llenad la tierra

Capítulo 13

Sobre la alimentación
Conclusión

Capítulo 14

Segundo relato de la creación
Adán ideal

Capítulo 15

Sobre el carácter iniciático del segundo relato
Sobre el ser y sobre la vida

Capítulo 16

Sobre la díada unitiva y sobre la díada electiva

Capítulo 17

Del Arbol de vida y del Arbol del conocimiento del bien y del mal
Solo y uno

Capítulo 18

Nominación de los animales
Los animales en la economía de la salvación
Adán rehúsa la humildad sin caer en el orgullo
El sueño
Primer discurso de Adán
Vergüenza y desnudez

Capítulo 19

La desobediencia y la negativa de penitencia

Capítulo 20

Cuatro tipos de hombres
Seréis como dioses

Capítulo 21

Tres pasiones

Despedida

Capítulo I

1.  La Ley y los Profetas

El Cristo, asi como los judíos de su tiempo, divide los Libros del Antiguo Testamento en dos partes iguales: la Ley y los Profetas.  La Ley contiene los cinco primeros Libros, o Pentateuco, palabra griega que indica el número cinco, sobreentendiendo “los Libros”, en plural, título surgido de la versión de los Setenta o Septuaginta; los hebreos la llaman Torá, que significa ley.  El Génesis es el primer Libro del Pentateuco o Torá.

Si los primeros Libros, en griego, en latín y en las otras lenguas, tienen cada uno un nombre que expresa en cierta manera su contenido (Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio), los hebreos los designan por su palabra inicial: Génesis=Bereshit (En principio), Exodo=We’ellehshemot (He aquí los nombres . . .), etc.  Esto recuerda las misas del Misal romano, designadas por la primera palabra del Introito: Laetare, Oculi  . . .  Intitular los libros o los poemas por sus primeras palabras no es raro en la literatura universal.  Pero no es el momento de estudiar la apasionante cuestión de los títulos; notemos solamente que encabezar la obra por sus primeras palabras presenta un valor muy especial cuando se trata de escritos inspirados.  La pluma está suspendida sobre la hoja, el escritor sagrado está listo, y espera la directiva de lo Alto.  Su meta no es exponer sus pensamientos, sino los del Espíritu, y “el pensamiento de Dios no es el nuestro”.  La primera palabra es la toma de contacto, el toma-corriente que permitirá la llegada de la luz.

Digamos, al pasar, que el eslavo sigue a las otras lenguas y no al hebreo; Génesis es Bitiyé=el ser de la existencia.

Pero la expresión del Cristo: “La Ley y los Profetas”, ¿qué designa?  La mayoría de los comentaristas --sobre todo los de los últimos siglos-- piensan que el Pentateuco es llamado Torá por los judíos porque la mayor parte de esta antología _los últimos tres Libros_ contienen por excelencia leyes que gravitan alrededor de los Diez Mandamientos.  La explicación es insuficiente.  El Evangelio de Juan dice: “La Ley vino por Moisés, la Gracia y la Verdad por JesuCristo”.  El apóstol Pablo también atribuye la Ley a Moisés, y para él las tradiciones adámica, noética, abrahámica, escapan a esta Ley.  La Torá debe ser comprendida en un sentido más esencial; la legislación sinaítica o post-sinaítica es sólo una cristalización, una localización.  Los cinco primeros libros de la Biblia contienen misteriosamente la Ley universal de la creación.  La primera palabra del primer libro es Bereshit: la Ley principal, inicial, oculta a la mirada profana y que se manifiesta a los iluminados.

2.  El autor del Génesis

Moisés es el autor del Pentateuco-Torá; el Cristo lo dice en los Evangelios (Lucas 16,29-30; Jn 7,19).  Sin embargo, la crítica histórica, desde el siglo XVI, avanza argumentos muy sólidos contra la posibilidad de semejante tesis.  Volveremos a referirnos a la crítica histórica, pero aún antes de hablar de ella y de rendirle homenaje, desechemos los malentendidos que rodean la noción de autor.  Esta noción, en sentido tradicional, difiere radicalmente de la nuestra: nuestros “derechos de autor”, nuestra concepción de obra personal bajo forma de propiedad privada.  Actualmente, si se cita algo, es obligatorio y honesto poner la frase entre comillas sin alterarla, e indicar su referencia.  Esa no es la actitud tradicional.  Esta puede omitir las comillas, parafrasear, no dar la referencia.  El ejemplo característico --para no citar más que uno-- es el discurso del Cristo en la fiesta de los Tabernáculos:  . . . Jesús, de pie, clamó con gran voz: Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba el que cree en Mí; según la palabra de la Escritura: De su seno brotarán ríos de agua viva (Jn 7,37-38).  Esta cita del Cristo no se encuentra textualmente en ninguna parte, es una paráfrasis de varios textos del profeta Isaías.

¿Cuál es el móvil de esta actitud tan poco “científica” y tan poco “honesta”?  Es que la Sabiduría es objetiva con respecto a quienes la transmiten por escrito;  no es la propiedad ni el producto de un único autor.  La pretensión y las prerrogativas del autor moderno parecen, a la mentalidad tradicional, un “bluff”; más aún, un robo.  Los autores no son más que instrumentos de la inspiración que los supera;  son mensajeros, colaboradores, no poseedores o fuentes de la obra:  son padres en el sentido total.  A partir de allí, el autor verdadero del Pentateuco es el Espíritu Santo, la Palabra de Dios.

En segundo lugar, si tenemos en cuenta las dos voluntades, la sinergía, el autor del Pentateuco será, en verdad, Moisés, cuya personalidad atrae, capta, manifiesta la tradición oral y guía a los escritores que lo siguen.  Los escribas agregarán leyes o relatos, como el de la muerte de Moisés, por ejemplo, que éste por supuesto no pudo haber escrito.  Pero lo harán a la sombra de Moisés, siendo éste siempre el autor, y actuando ellos como “secretarios”: los discípulos del Maestro.

Se plantea entonces la cuestión:  De acuerdo para el Exodo, el Levítico, los Números, el Deuteronomio, cuatro libros donde la figura de Moisés domina, donde su potencia exalta las frases, las palabras, las letras.  ¿Pero no podría el Génesis ser la obra de un Adán, de un Noé, de un Abraham?  Sin ninguna duda, los relatos, las revelaciones del origen del mundo, del pecado, del diluvio, del sacrificio de Abraham, eran conocidos antes de Moisés.  Sería insensato pensar que Dios los reveló por primera vez a Moisés, dejando a los grandes Patriarcas en la ignorancia.  La Tradición existía, era inamovible, más tenaz que los escritos.  Pero la figura de Moisés aparece como la del primer escritor, el escritor en plenitud.  Por una parte, recibe de Dios los mandamientos grabados en las tablas de la Ley: Dios-Escritor _el Verbo encarnado no escribirá nada_.  Por otra parte, Dios priva de una palabra clara a este gigante, este poseeedor del Espíritu, este dios entre los pueblos: lo traba por su tartamudez.  Entonces Moisés escribe.  Es el Escritor con mayúscula.  Sus escritos reflejan las acciones misteriosas de los ángeles que trazan las leyes;  herido en la palabra, se ve obligado a escribir lo que oye y no puede comunicar verbalmente.  La revelación por la Escritura Santa está fundada en Moisés.

Estamos en el momento del florecimiento de la “letra”.  Por otra parte, varios sistemas de escritura eran corrientes, y especialmente la rica literatura cananea que descubrimos actualmente.

Moisés el Egipcio era un letrado.

3.  La crítica histórica

Se inicia en el siglo XVI.  El calvinista Carl Start subraya que Moisés no podía contar su propia muerte (Deut 34,5-12), el belga Masius, los jesuítas Pererus y Bonfrère, el filosófo judío Spinoza, proponen grosso modo una redacción primitiva de Moisés, retocada y completada ulteriormente.

Siglo XVII: La figura señera es la del oratoriano Richard Simon.  Su Historia crítica del Antiguo Testamento (1678) muestra los diferentes estilos de los relatos del Pentateuco y prevé varias fuentes y varios autores.  El libro provoca un escándalo.  Reeditado a finales del siglo XIX, hace nacer una nueva escuela bíblica romana e inspira el Modernismo.

Siglo XVIII: Richard Simon es seguido por el médico Jean Astuc (1753), que rastrea las Memorias originales que habría utilizado Moisés para componer sus libros.  Notemos al pasar que para Astuc el Moisés que cruza el desierto y habla a Dios en medio del rayo y del trueno se identifica con un profesor que trabaja en las bibliotecas.

La crítica histórica, en general, a pesar de sus virtudes incontestables, no se da cuenta que al estudiar épocas diferentes proyecta ingenuamente sobre un Moisés o un Elías su propia mentalidad, sus reacciones de profesor o de científico.

Astuc inventará la “teoría de comentarios”, o “teoría de fuentes”.  Y de pronto, Moisés se documenta, se informa _curiosa visión de un autor sagrado e inspirado_.  Astuc descubre dos fuentes al Pentateuco: la elohista y la yahvista.  En efecto, los textos nombran a Dios tanto Elohim como Yahvé1.  Estos dos nombres divinos están íntimamente ligados a dos tipos de estilo, que difieren por su carácter literario, y hasta forman textos paralelos y repetidos.  Así, tenemos dos relatos de la creación, unidos a dos nombres diferentes de Dios;  dos genealogías de Caín o de Kenan, dos historias del diluvio, etc.  Comparemos solamente los dos relatos de la creación, primero y segundo capítulos del Génesis.  El hombre, en el primer relato, es la realización de la evolución cósmica;  en el otro, la precede.  El primer relato ignora el pecado, el segundo lo pone en evidencia.  El esclarecimiento de estos dos estratos, de estas dos fuentes, realizado por Astuc, es una conquista preciosa de la crítica histórica.  Recordemos sin embargo _y volveremos sobre este tema_ que los Padres de la Iglesia ya habían hablado de dos relatos de creación que se completaban uno al otro.

Un siglo más tarde, Hupfeld distingue a su vez tres fuentes;  Riehm nos conduce a cuatro fuentes en el Pentateuco, que se hacen clásicas para la ciencia moderna.  Helas aquí: P (Priester codex) _códice sacerdotal_;  E _documento elohista_;  J _documento yahvista_ y D _Deuteronomio_.  La Torá, a través de esta teoría, se presenta a la manera de una sinopsis de los cuatro Evangelios.

La crítica bíblica busca la cronología de los documentos.  Graf, y sobre todo Wellhausen (1889), el pontífice de la crítica bíblica, imponen la cronología siguiente:  D=siglo VII a.C., reforma de Josías;  S=reforma de Esdras;  J y E=más antiguos, alrededor del siglo IX a.C.;  J fue escrito en Judá y en Israel;  J y E se fusionan después de la caída de Israel, Osías adjunta el Deuteronomio y Esdras el P.

Las cuatro fuentes se separan y se ramifican.  La crítica histórica deja caer a tierra la Torá, y ésta se rompe en mil pedazos inconexos, evocando el horrible crimen de la valija donde se encontró el cadáver de una mujer cortado en mil pedazos.

Esta carnicería analítica provocó vivas reacciones, y cada año la arqueología y la historia de las otras civilizaciones humanas atrasan la fecha del Pentateuco.

Varios escandinavos --Engel en particular-- confieren una parte predominante a la tradición oral, derribando la noción “documental” de la ciencia y abriendo un camino nuevo a la crítica histórica.

Actualmente, la crítica bíblica atraviesa una profunda crisis y espera ideas nuevas.  Notémoslo:  ninguna literatura humana sufrió un despedazamiento comparable al que soporta la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.  Esta crítica bíblica es sobre todo la herencia de los ambientes protestantes.  Religión del Libro.

El descubrimiento de la Ley de Moisés por Esdras, su lectura solemne al pueblo hebreo, plantea de nuevo la urgencia de una ciencia de la tradición como fenómeno aparte, tan central para la Revelación divina como para la civilización humana.  Hemos consagrado ya mucho tiempo a plantar los jalones de una disciplina de la “Fenomenología de la tradición”.  La “audacia” de la crítica bíblica que perturbó a tanta buena gente piadosa y creyente, no es en realidad más que timidez.  Pues el que se ubica en la perspectiva tracicional aceptaría fácilmente _en el caso de que los Libros de Moisés hubieran desaparecido enteramente_ que la inspiración neumática los haya hecho reescribir en época de Esdras.  Los Padres de la Iglesia no dudan en enseñar que si todas las Santas Escrituras se hubieran perdido, el Espíritu Santo viviente en la Iglesia dictaría otro texto idéntico al primero, por su contenido, que podría tener exactamente las mismas palabras y las mismas letras.  Entramos aquí en un campo tan nuevo que no nos es fácil detenernos en él.

El rompecabezas de las fuentes documentales no suprime de ningún modo la unidad del Pentateuco y de la Biblia entera.  Pensamos que la multitud de colaboradores, profetas y apóstoles subraya en cambio la unidad de la Fuente: Dios y sus colaboradores, el Espíritu Santo y nosotros.  Cuanto más avanzamos en los textos sagrados, mejor se manifiesta esta unidad.  Así, el Sanctus que se canta en cada misa tanto en Oriente como en Occidente, ese himno tan bien construido, es una fusión de Isaías, de los Salmos y del Evangelio, con interpolaciones hechas por desconocidos.  No se formó inmediatamente.  Amasado por múltiples variantes, se fijó en las liturgias romana y bizantina después de seis siglos de hesitaciones.  La historia de las fuentes documentales del Sanctus es compleja: reúne

a varios autores conocidos y desconocidos;  y sin embargo el resultado es una obra maestra literaria, una joya preciosa.

El Nuevo Testamento tiene una belleza arquitectural que nos maravilla: cuatro Evangelios=cuatro Vivientes, catorce Epístolas paulinas y siete Epístolas católicas=tres veces siete, cifra sagrada.  El conjunto, coronado por el Apocalipsis, se formó “al azar”, sin plan preconcebido.  No hubo capataz ni arquitecto humano.  La Iglesia misma registra los hechos consumados, y el inasible Espíritu “confirma” la construcción.  Un proceso semejante se aplica al Pentateuco.  Agreguemos que los cuatro Evangelios, detrás de sus contradicciones aparentes, se completan, esculpiendo y consumando en su totalidad la Buena Nueva.  Veremos que las cuatro fuentes de la Torá hacen surgir la enseñanza bíblica según cuatro dimensiones.  Es particularmente evidente en la confluencia de las fuentes E e I.  Los Padres _sin hablar de fuentes_ veían en esos dos textos dos estratos que profundizan y enriquecen la teología del Génesis.

La lucha encarnizada de la crítica histórica y del biblicismo literal está fuera de la verdadera ciencia sagrada de la Biblia.  Ambos, apegados a la letra de manera diferente, perdieron el acceso al sentido espiritual y vivificante de las Santas Escrituras.

4.  El Génesis y la Tradición

Junto a la crítica histórica y al biblicismo literal tenemos _en la Tradición dirigida por el Espíritu Santo_ comentarios del Génesis.  Indiquemos, primero, los de las Escrituras Santas.  La Creación del mundo, por ejemplo, es considerada y desarrollada por Job, los Salmos, los Libros sapienciales, etc.;  Adán y Eva, el pecado, la serpiente, se explican en una multitud de textos que van desde el Exodo al Apocalipsis.

Esta concordancia de textos sagrados nos abre horizontes, nos introduce en la contemplación de profundidades insospechadas, nos inicia en el análisis y la unidad distintiva.

El empleo de textos del Génesis y de sus comentarios en la Liturgia (Vigilia de Septuagésima, diversos servicios orientales de Cuaresma, el Gran Canon de San Andrés de Creta, las anáforas y prefacios de diferentes ritos, la Liturgia de bendición de las aguas bautismales . . .) completa felizmente la exégesis escrituraria.

Los Padres de la Iglesia (los Hexameron de Basilio el Grande, Gregorio de Niza, Ambrosio de Milán, Beda el Venerable, Santiago de Edesa . . ., las Homilías sobre el Génesis de Orígenes, de Juan Crisóstomo, de Efrén el Sirio . . .) nos guían a lo largo de la exploración del Bereshit.  Sin embargo, no basta con juntar textos escriturarios, litúrgicos y patrísticos para ver abrirse el misterio de la Creación, y es obligatorio entrar en su escuela, asimilar su método, aprender a leer el secreto del Ser divino.

[1] Nombre divino interpretado por la crítica moderna partiendo del Tetragrama sagrado YHWH, que es impronunciable.  A partir de ahora, indicaremos siempre el tetragrama por sus cuatro consonantes, o bien, en las citas bíblicas, lo reemplazaremos por el Señor, según la tradición litúrgica tanto judía como cristiana.  (Nota del Traductor)

Capítulo II

1.  El Génesis y la ciencia

El tema de nuestro libro es el estudio del Génesis en sí, no de su relación con diferentes ramas de las ciencias (Paleontología, Prehistoria, etc.).  A pesar de todo, nuestro primer deber, si queremos comparar válidamente el Génesis y las ciencias, precisando sus semejanzas y desemejanzas, es conocer mejor la Torá misma.  ¿Se la conoce bien?  Sin profundizar en detalle este problema, trataremos de descartar los malentendidos esenciales.

La crítica histórica de las Escrituras ha sido el terreno de especialistas, pero el “conflicto” entre la ciencia y la Biblia entró desde hace unos cien años en el dominio público, perturbando una cantidad de conciencias piadosas.  Unos, en nombre de la ciencia, mutilan la Biblia y la despojan de la veracidad divina;  otros, aferrándose a la infalibilidad de la Palabra de Dios, ponen en duda las propuestas científicas.  Los terceros buscan la concordancia, muchas veces en detrimento de la enseñanza escrituraria, a la que inclinan bajo el yugo científico.  Los cuartos se instalan en un paralelismo “espalda con espalda”, renunciando a la unidad de la visión del mundo.  Los últimos, finalmente, no saben ya qué pensar.  Estas diferentes actitudes muestran la necesidad de apartar los malentendidos que se formaron.

No hay “conflicto” entre la Biblia y la ciencia: es una ilusión óptica.

A comienzos del siglo XX, un buen ortodoxo se enteró de que la ciencia había “probado” que el mundo no había sido creado en seis días, y que su existencia se calcula por centenas de millares y no por millares de años.  Extremadamente perturbado, vino a ver al Metropolita Filareto de Moscú.  El sabio prelado le dijo más o menos lo siguiente:

_ No puede haber conflicto entre la Biblia y la ciencia, pues el mismo Verbo, por Quien todo fue hecho, el mismo Espíritu de Verdad en Quien todo es y Que llena todo, están tanto en la naturaleza estudiada por la ciencia como en las Escrituras escrutadas por la teología.  Pero el conocimiento del Verbo y del Espíritu de Verdad, a través de la creación o de las Letras sagradas, es una larga y ruda labor.  No Se develan enseguida, y a menudo escapan a nuestra curiosidad.  El conflicto puede existir _y es normal_ entre dos ignorancias: nuestra ignorancia del sentido espiritual de la Biblia, y la ignorancia de los estratos profundos del ser creado.  Los conocimientos adquiridos hasta hoy, sean científicos o teológicos, sólo son etapas, tanteos, aproximaciones.

Agregaremos al pensamiento de Filareto que los encuentros de tanteos científicos y teológicos pueden ser fructíferos para ambas partes.  Es deseable que la ciencia sagrada y la ciencia profana se enriquezcan recíprocamente.  Pero la eficacia de su compenetración depende del progreso de la misma ciencia sagrada.  Por eso, sin renunciar al aporte de la ciencia profana, nuestra tarea inmediata es profundizar al máximo el conocimiento de la Biblia en sí;  pues si bien no hay contradicciones iniciales entre la Escritura y la ciencia, éstas poseen métodos autónomos.

El filósofo Franck emplea la imagen del túnel cavado a partir de dos extremidades de la montaña;  los equipos trabajan cada uno por su lado hasta que se encuentran en mitad del túnel.  Debemos “cavar” en la letra, mientras la ciencia “cava” en sus dogmas.

Disipado el supuesto conflicto, encaremos el problema de las percepciones, de las “estructuras” según el lenguaje moderno, de las verdades _en plural_ que no son verdades definitivas, aunque manifiesten la única Verdad con mayúscula.

En efecto, la evolución del conocimiento del mundo encierra verdades, aspectos de la única Verdad-Realidad.  Las estructuras científicas no son las de los místicos, los artistas, los Libros sagrados o el hombre de la calle.  Cada una de éstas tiene su propio punto de partida, cada una ilumina la verdad sólo parcialmente.

¿Conocen ustedes la encantadora historia del elefante y los ciegos?  Uno de los ciegos toca la trompa y dice: El elefante es una serpiente.  Otro toca la oreja y exclama: El elefante es un gran paño.  El tercero toca la pata y grita: El elefante es la columna de un templo.  Verdades sobre el elefante, pero no el elefante.

La ciencia enseña que la tierra gira alrededor del sol;  nuestra mirada directa, que define nuestras impresiones y crea las imágenes, nos hará decir:  el sol se levanta en oriente y se pone en occidente, recorriendo su camino, como canta el salmista.  La tierra, para el hombre común, es inmutable, mientras que el sol se mueve majestuosamente por encima de ella.  El científico dogmatizador argüirá:  “Ustedes se imaginan que es así, pero la tierra gira alrededor del sol”.  Aunque diga la verdad _la tierra gira, en efecto, alrededor del sol_, su método será sin embargo subjetivo, de estructura específica, y caerá en la herejía si acusa al poeta que canta al sol que se levanta.

Estamos aquí frente a dos verdades, y no una verdad y una mentira, pues entonces habría que suponer que la mirada del hombre es falsa, ¡y que Dios creó un órgano mentiroso!  Nuestra mirada deposita en nuestra memoria imágenes, provoca las emociones y los pensamientos;  es más portadora de verdad para nuestra vida interior que las tesis científicas.  Dos verdades, por lo tanto, coexisten, y _podemos precisar_ dos verdades objetivas, pues cada día el sol se levanta y se pone, y cada día la tierra gravita alrededor del sol.

Estas dos verdades objetivas provienen de dos creencias subjetivas: una en la veracidad de nuestra mirada, y otra en la de los métodos científicos.  El “LEM” (el módulo de alunizaje de los astronautas americanos) es tan real como el Arrorró mi niño:  dos realidades extremadamente diferentes, sin relación visible, y ninguna de ellas es la Verdad.  Son trompas, orejas, patas de elefante.

Permítanme dar un ejemplo aún más sorprendente: la fórmula química del agua es una verdad;  sin embargo, no sugiere la fuente fresca, viva, que fluye de la montaña, brinca y se desliza sobre las piedras.  La misma fuente es varias realidades, una para el hombre sediento, otra para el científico.

Estas imágenes simples, al alcance de todos, nos conducen al seno de una multitud de verdades relativas.  La ciencia contiene varias verdades que se relacionan con diferentes estructuras, axiomas, disciplinas científicas.

Nos podríamos preguntar: ¿Hay una jerarquía en las verdades, hay unas más exactas que otras?  Por supuesto que sí, pero este problema pertenece a la hierarcología.  Es evidente que _en la hierarcología_ la Verdad revelada es incalculablemente superior a las verdades, frutos de la investigación humana.  Pero comparando la Verdad revelada y las verdades, damos naturalmente un salto ilógico.  El método cartesiano es olvidado, y no tenemos en cuenta dos hechos:  primero, que la Revelación divina se devela poco a poco, en proporción a la capacidad del conocedor;  segundo, que la comprensión de la Revelación puede ser inexacta, aproximativa, según la letra y no según el Espíritu.  Esta Verdad revelada será entonces mal comprendida y menos exacta, quizás, que la verdad descubierta por la labor de los hombres que escrutan el evangelio silencioso inscripto en las leyes de la naturaleza.  Así, de hecho, la ciencia o el arte pueden rectificar y ampliar no las Escrituras, sino su comprensión, enriqueciendo así la teología.

Estas pocas observaciones sobre las relaciones de la Biblia y de la ciencia estarían incompletas sin un vistazo sobre los lenguajes.  Tenemos los lenguajes científico, matemático, filosófico, poético, místico . . . y, finalmente, el lenguaje sagrado.  Es necesario, para comprender el Génesis, estar iniciado en el lenguaje sagrado y sus leyes simbólicas.  La tesis de algunos comentaristas romanos modernos, que creen que la Revelación está contada en una lengua popular e ingenua, según el nivel rústico de la civilización, está totalmente fuera de tema.  El Génesis nos transmite el origen del mundo con una exactitud “meta-matemática”, “meta-científica”, “meta-metafísica”;  ni el progreso de la humanidad, ni la transformación de nuestra visión del mundo pueden disminuirla.  Es eterna, no puede ser superada, nos da la primera y la última palabra de nuestra historia.  Pero es cierto que la asimilación de su mensaje es una ruda tarea;  su profundidad no se limita fácilmente.  Conseguir despegar las primeras capas de su contenido es ya una victoria espiritual.  Los libros sagrados, cuyo mismo lenguaje ilumina nuestra inteligencia ocultándose al mismo tiempo a nuestra mirada, exigen que nos aproximemos a ellos con temor y plegaria, “descalzos”.  Lo más curioso es que el terreno sacral escapa al espíritu profano que intenta violarlo.  Escúchenme bien: este terreno se le aparece de pronto como despreciable, sin contenido, chato, insignificante;  se le resbala entre los dedos, y a veces hasta exhala la muerte.  “La letra mata”.  Mientras que el espíritu que se aproxima, purificado, con temor y confianza, es iniciado inagotablemente en los conocimientos superiores, en las verdades eternas y nuevas, auténticas en sí mismas.

Volveremos _en el curso de nuestro análisis del Génesis_ sobre el sentido simbólico.  Indiquemos aquí dos herejías opuestas a la tradición ortodoxa, y designadas por los Padres bajo los vocablos de “helenismo” y de “judaísmo”.  Los Padres acusan de “helenismo” al simbolismo a ultranza, que suprime la realidad corporal, histórica y concreta, y reduce todo a la vida del alma:  así, Adán se identifica con la inteligencia y Eva con el sentimiento.  Acusan de “judaísmo” a los que absolutizan la letra.  En nuestra época, el helenismo actúa en los movimientos espiritualistas, y el judaísmo literal reina en las sectas protestantes.

2.  El texto y las variantes

La Torá y el Génesis en particular están muy bien transmitidos por el texto judío.  No se puede decir lo mismo de los Profetas, cuyas contradicciones conocemos bien, no sólo entre la Septuaginta y el texto hebreo, sino entre éste último y las citas en el Nuevo Testamento.  Las variantes provienen frecuentemente de diferentes interpretaciones de las vocales.  En efecto, las lenguas semíticas no escriben más que las consonantes, y las vocales se sobreentienden.  Esto da lugar a lecturas singularmente distantes unas de otras.  Transpongamos un ejemplo al francés:  SL podría ser leído como “sel”, “solo”, Oslo”, en tanto que PTT (las iniciales del correo francés) podría suponerse como “petit”, “patate”, etc.

El texto samaritano es una versión conservadora.  Los samaritanos, que eran heréticos, aislados de la corriente judía más amplia --y, en consecuencia, más flexible--, mantuvieron en su texto características arcaicas.  Los rusos, que recibieron la Liturgia de los griegos en una traducción eslava a menudo literal, muestran un apego fanático a la letra litúrgica, y llegaron a provocar el cisma de los “Staroveres”, o Antiguos-Creyentes de los hebreos.  La redacción samaritana es interesante, por otra parte, porque es intermediaria entre la versión hebraica y la Septuaginta; a veces está de acuerdo con la Septuaginta, y en otros puntos con la hebraica.

La versión de la Septuaginta siempre fue considerada por la Iglesia como una versión inspirada.  El Nuevo Testamento y los Padres de la Iglesia la prefieren a menudo al texto hebreo, aunque sin definirse.

Las tentativas de Aquila (siglo II), que reproduce en griego, palabra por palabra, el texto hebreo, de Teodosio (siglo II), que corrige la Septuaginta según el hebreo, o de Symmaco (siglo III), que embellece literariamente el texto de la Septuaginta, todo esto, no tiene mayor interés.

Rindamos homenaje a Orígenes, que “compone” seis variantes del Genésis.

Tanto la Biblia eslava como la siria son sólo una traducción de la Septuaginta.

El targum arameo es más una interpretación que una traducción fiel.

La Vulgata es bastante fiel.  Reemplaza a la traducción llamada “Itala”, traducción primitiva de la Septuaginta en latín.  Es obra de San Jerónimo, que aproximaba lo más posible el texto latino a la “verdad hebraica”.

Las múltiples traducciones en nuestras lenguas, protestantes o romanas, son muy variadas y discutibles.  Es prudente verificarlas por el texto hebreo y la Septuaginta, y en los casos dudosos por la versión samaritana.

3.  Composición

El Génesis se divide en dos partes desiguales:  el Génesis universal y adámico, y el Génesis de los creyentes, o abrahámico.

El Génesis universal comprende:

1)  El primer relato de la creación (1,1-2,4a).  Digamos, entre paréntesis, que la división de la Escritura Santa en capítulos es tardía, arbitraria, no tradicional y obra de un mediocre.  La historia de las divisiones de la Escritura es interesante, pero sale de nuestro tema.  Como el método de división en capítulos y versículos se hizo corriente en todas las ediciones, nos veremos obligados a seguirlo.

2)  El segundo relato de la creación, inseparable de la caída adámica (2,4b-3,24).

3)  La caída cainita y la división de la humanidad en dos corrientes primordiales: la cainita, que engendra progresivamente la civilización de los “instrumentos”, y la séthica, que expresa en diez generaciones la civilización del Nombre divino (capítulos 4 y 5).

4)  La proto-historia mítica de la humanidad antediluviana y su corrupción (6,1-12).

5)  El largo relato del diluvio (6,13-8,22).

6)  El orden nuevo del mundo postdiluviano, el nacimiento de la religión universal (9,1-17).

7)  Noé y sus hijos, el nacimiento de las tres grandes razas de la humanidad y la aparición de la multitud de lenguas (9,18-11,9).

Con el capítulo 11.10 comienza la nueva década de los antepasados de Abraham, o Génesis de los creyentes, Génesis abrahámico.  No lo estudiaremos en este libro.  Indiquemos solamente que la historia de la tríada Abraham-Isaac-Jacob y la de los doce Patriarcas ocupan la segunda parte del Génesis.  Sobre un total de cincuenta capítulos, treinta y ocho y medio, es decir un poco más de las tres cuartas partes del Génesis, pertenecen a la segunda parte.

No examinaremos más que los dos relatos de la creación.  La limitación de nuestro tema es inevitable.  ¿Acaso no dijo alguien que la primera palabra del Génesis, Bereshit, reclamaba por sí sola una vasta biblioteca de comentarios?  La tradición rabínica atribuye a cada palabra por lo menos treinta y siete sentidos.

En realidad, la Escritura Santa es tan condensada que, por ejemplo, la Teofanía _la manifestación de la Trinidad al mundo_ sólo ocupa tres líneas.  Una preposición esconde a veces un universo cuyos límites se alejan a medida que se los cree alcanzar.

[2] En español, SL podría llegar a suponerse como “sal”, “solo”, “Oslo”, “Saúl”, etc.  (Nota del Traductor)

Capítulo III

1.  En el comienzo, Dios crea el cielo y la tierra

Abramos la Biblia en la primera página y examinemos el primer relato de la creación.

La Biblia francesa se inicia así:  Al comienzo, Dios crea el cielo y la tierra.  Las tres primeras palabras son, en hebreo: Bereshit bará Elohim, o sea, y literalmente: En (dentro de) el principio, creó (los) Dioses.  El sujeto está en plural, el verbo en singular.  Concentrémonos sobre cada una de estas tres palabras.

a)  Bereshit

La traducción Al Comienzo no es acertada.  Puede dar la impresión de un comienzo de los tiempos, de una primera hora de la existencia.  El tiempo, tal como lo comprendemos (segundos, minutos, horas, días), sólo aparece en el Génesis al cuarto Día de la creación.  Está ligado a los movimientos del sol y de la luna con respecto a la tierra.  El tiempo-calendario no es el único tiempo.  El tiempo psicológico difiere radicalmente del tiempo del reloj.  La inquietud alarga el tiempo en esperas penosas, y “el tiempo pasa muy rápido” en un ambiente de felicidad.  Hay tiempos angélicos, los tiempos cualitativos más que cuantitativos, como los eones, ciclos, siglos de los siglos;  existe la superación del tiempo por la liturgia y los misterios.  “El Día del Señor” reúne el pasado, el presente y el porvenir, pues “El era, El es, El viene”.

Podemos pasearnos en el tiempo, volver por la memoria al pasado, abrir el porvenir por la clarividencia, abreviar el tiempo por la captación intuitiva, prolongarlo hasta la eternidad por la potencia del sentimiento, detenerlo por una orden como Josué.  El Apocalipsis nos advierte que no habrá más tiempo y que el mundo existirá sin él.  El tiempo no está ligado, en sentido absoluto, a la existencia del mundo.

El Bereshit nos sitúa no al comienzo de los tiempos o del tiempo --cualquiera sea su categoría--, sino ante algo muy diferente.

San Juan comienza su Prólogo por una palabra equivalente a Bereshit: En arky, In principio.  Si hubiera escrito en hebreo, hubiera puesto Bereshit.  El Verbo pre-eterno no tiene ni comienzo ni fin.  Descartemos, pues, la expresión inexacta, “al comienzo”, y traduzcamos: en principio, en el principio.  Bereshit está compuesto, en efecto, de: Be=en, en algo, dentro de algo; y de reshit=pre-realidad primordial.  Bereshit, En arky, deben ser considerados como el origen de la fuente, las entrañas divinas, un vacío, una nada que Dios produce en su kenosis (condescendencia, despojamiento, según los Padres) voluntaria, en su auto-contracción voluntaria, según los hebreos, como su limitación liberal y misericordiosa con el fin de otorgar a alguien distinto de El la posibilidad de ser.

Ciertamente, el bereshit joánico (En arky) es diferente del mosaico.  El primer En Arky expresa al Padre con respecto al Hijo, el segundo En arky, (Bereshit) expresa al Creador en relación con la criatura potencial.  Allí está la distinción de las hipóstasis en la misma esencia; aquí, la distinción de las naturalezas increada y creada, o --más bien-- la posibilidad de esta distinción.  Para que no nos imaginemos que su Bereshit es idéntico al del Génesis, Juan se apresura a agregar: el Verbo era hacia Dios, el Verbo era Dios, mientras que Moisés agrega: los Dioses creó.

Así, Bereshit no es todavía la creación; es el acto divino en sí mismo, con miras a la creación.  Digamos de antemano que las tres primeras palabras del Génesis nos transportan hacia la contemplación inefable del actuar divino.  La creación, en sentido estricto, sólo es mencionada en las palabras que siguen: los cielos y la tierra.

El Bereshit del cual y en el cual los Elohim creó los cielos y la tierra es semejante al vientre materno, o más precisamente --y bíblicamente-- a las entrañas de misericordia divina.  Si llegamos a los límites del mundo, esos límites que se nos escapan demasiado a menudo, tendríamos la visión del abrazo de la Bondad paterna.  ¿Pero qué digo?  ¡Que no podemos tocar los límites del mundo!  Cada toma de conciencia de limitación intelectual, temporal, material, puede producir dos reacciones: irritación en el alma cegada por el pecado y la ignorancia; asombro hasta las lágrimas de gratitud en el alma esclarecida por la gracia e impregnada de sabiduría.  La limitación divina _kenosis_ dio el ser a la criatura, y la limitación de la criatura, por analogía, participa de esta kenosis que le descubre al Dios ilimitado, misericordioso.

Repitámoslo: Bereshit significa que Dios, al limitarse, al contraerse libremente, produce un no-ser, un lugar vacío, una nada, un todo posible, un reshit, y en él los Elohim crean.

La tradición judía, la Cabala (tradición oral), nos enseña que el Creador concibió y armonizó el universo gracias a un juego de combinaciones de veintidós letras del alfabeto y por medio de diez números.

No confundamos la tradición judía o Cabala con las escuelas y los autores cabalistas de diferentes épocas.  Estos últimos se inspiran en el método tradicional, pero no son la tradición.  La tradición --según la justa expresión de Vladimir Lossky-- es un río del cual las escuelas y los autores son sólo las arenas mojadas.

Nos serviremos aquí, no de la Cabala del judaísmo post-cristiano, sino de la de la Antigua Alianza, que fluye mezclada con las aguas límpidas de la Iglesia, tanto entre los cristianos como entre los judíos.

Vamos a invocar la Cabala para aplicar su método a la primera palabra de la Biblia, Bereshit, y dar a través de ella un ejemplo de la ciencia de las palabras sagradas.

La raíz de Bereshit se compone de cuatro consonantes: B.R.S.T.

Tomemos la primera letra, Beith.

En el grafismo primitivo se parece parece levemente a un 9, con un triángulo hinchado en lugar de la voluta.  Vista a vuelo de pájaro, es una casa con un patiecito abierto, un hogar hospitalario que permite entrar y permanecer como huésped.  Notemos que la B eslava es análoga a la de los hebreos (varias letras del alfabeto eslavo son de inspiración hebraica), salvo que el patiecito está arriba, a la derecha y no a la izquierda, sugiriendo el 6.  Las B greco-latinas cerraron el patiecito.

Beith _casa abierta_ se confunde con en, o dentro de, y no en sentido pasivo _por el cual podemos deslizarnos sin permiso del dueño de casa_ sino activo: que se abre, pero sin posibilidad de ser invadida; está cerrada-abierta.  Es el símbolo, el signo de la paternidad.  La primera letra de la Biblia define de manera misteriosa la hospitalidad divina.  El universo es creado para que libremente venga a habitar el Reino celestial.

El Cristo compara fácilmente, en sus parábolas, el mundo futuro deificado a un banquete nupcial al cual el Padre celestial invita a su criatura.

La segunda letra, Reish, se dibuja en su forma antigua como una P mayúscula que mira hacia la izquierda, pero con la consonancia de la R.

Tiene el diseño de la cabeza, expresa el pensamiento, la forma, la iniciativa ordenadora, el jefe.  El griego y el eslavo conservaron esta letra, volviendo la cabeza hacia la derecha; el latín agrega una barbita y hace la R.  Reish es la letra del Verbo, del Hijo.  Beith es el principio-fuente, Reish es el principio-idea.  San Pablo enseña que el Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Jefe del universo, pero Reish _cabeza, encabezamiento_ es también prototipo, Imagen del esplendor del Padre y Proto-Icono perfecto del mundo.

La tercera letra, Shin, está escrita a la manera de un tridente sin pie, o de tres llamas (una vez más, el eslavo tiene la misma letra).  El signo griego tiene el mismo origen, pero transformado.  La S latina adoptó una forma de serpiente.

Shin es la letra de la vida, del calor, de la Tercera Persona de la Trinidad.

Las tres primeras letras de Bereshit contienen y ocultan la Divina Trinidad.

La última letra, Tav _la T mayúscula_, que se escribe en muchas lenguas bajo la forma de la cruz o la balanza, manifestando el equilibrio del mundo basado en la kenosis divina, indica en Bereshit la única voluntad de las Tres Personas que mantiene en equilibrio la Omnipotencia divina y la autonomía de su creación.  Primer equilibrio entre Dios y su obra, en el ser y el no-ser.  Este equilibrio sólo es posible por la retención de la Omnipotencia divina y el permiso de ser que Ella otorga a otro;  mantiene la inmanencia de Dios creador y la transcendencia de las dos naturalezas creada e increada, sin que lo Divino aniquile su obra por su omnipresencia.

 

b)  bará

bará significa: “sacar agua [del pozo de la nada]”.  Los Padres de la Iglesia, como San Basilio, dicen: sacar de la nada, y, dirigiéndose a Dios, afirman: “Tú llamaste todo de la nada al ser”.  Así, bará quiere decir “sacar agua del pozo”, atraer, llamar de la nada, y no modelar una materia pre-existente.  La tesis que propone una materia pre-eterna es absurda, pues acepta una limitación ontológica de Dios, imaginando “dos absolutos” (!): Dios y materia.

Las tres primeras palabras del Génesis: Bereshit bará Elohim ni siquiera tocan el problema de la materia, del lodo primordial.  La teoría de la naturaleza pre-existente y la lucha contra el dogma de la creación sacada de la nada provienen probablemente de una visión cósmica incapaz de separarse de lo creado, o de atravesarlo para entrever la Fuente de la increado.  Ella transfiere las relaciones entre el espíritu creado y la materia creada a Dios increado y la naturaleza creada.

La traducción patrística de bará por el verbo “llamar” sugiere la noción del eco.  El Padre pronuncia el Verbo, el no-ser responde como un eco.

bará es empleado tres veces en el relato del Génesis: en el primer versículo, cuando aparecen los seres vivientes, y en la creación del hombre a imagen y semejanza divinas, indicando en esto que las etapas siguientes no serán más que desarrollos, distinciones de cosas existentes y no cosas nuevas.  El triple bará precisa que el mundo está compuesto de tres elementos complementarios: cuerpo, alma y espíritu.

 

c)  Elohim

Elohim significa los Dioses, el Potente, los Potentes, el/los Resplandecientes, el/los Ricos en abundancia.

El primer sentido del plural es la superioridad de Dios, su riqueza, su auto-suficiencia; a El nada Le falta.  Los reyes, los personajes importantes hablan en plural: “Nosotros”;  las fórmulas de cortesía, en la sociedad, emplean a menudo formas plurales que son una marca de respeto.  Cuando se trata del hombre, el plural denota respeto; cuando se trata de Dios, indica el temblor ante su grandeza.

El segundo sentido del plural, según la tradición, es la indicación de la Trinidad, y el verbo “creó”, en singular, que sigue a Elohim, subraya la unidad de los Tres.

El plural aplicado a Dios reaparecerá varias veces en el Génesis.  Así, cuando crea al hombre, Dios dirá (Gen 1,26): Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, pues la imagen-semejanza de Dios en el hombre es trinitaria.

El verbo “creó” en singular significa _ya lo dijimos_ que el mundo fue creado por una sola voluntad; el verbo en plural, “hagamos”, indica que el hombre está destinado a distinguir progresivamente a los Tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en el Uno, y nos devela el misterio del “Gran Consejo”.

Por Elohim, Dios es nombrado.  Es El el Creador del cielo y de la tierra y de todo lo que contienen, no un demiurgo inferior o un ángel.  Es El, Dios, el Obrero de su obra.  Los Padres de la Iglesia responderán a los filósofos: nuestro Dios no es haragán.  No proyecta simplemente, en tanto que Arquitecto del universo, un plan ejecutado por otros;  El es el Gran Arquitecto y el Obrero, inmanente por la acción en tanto que obrero, trascendente por naturaleza en tanto que arquitecto.

Un falso dios, inmanente por naturaleza, tendrá su creación como una semilla, una expansión natural, una manifestación exterior.  Será “carne de la carne, hueso de los huesos” del universo, el alma del mundo, su aliento, su energía, un dios consubstancial al cosmos, pero a la manera de un advenedizo pretencioso y lleno de vanidad.  El falso dios no consentirá en ensuciarse las manos para obrar;  quizás dejará emanar de su sueño a las criaturas nobles, pero éstas son sus subordinados, sus inferiores, sus demiurgos, sus eones; y ellas modelarán a las criaturas inferiores y a la materia sin inteligencia.  He aquí el dios de los falsos gnósticos y de aquéllos que no saben desprender su mirada de la creación.

La creación del cielo y de la tierra por Elohim es un acto libre, y de ninguna manera necesidad de naturaleza o emanación natural.  ¡Cómo suponer semejante obligación en Dios!  ¡La creación no es una expansión o un enriquecimiento de Dios, cuya riqueza es infinita!  ¿Cómo puede necesitar El un complemento?  El plural tiene aquí un sentido de plenitud de riqueza, el plural explica también que Dios, siendo Uno _según la definición de San Hilario de Poitiers_ no está solo.  La unidad no es soledad o nostalgia de una compañera en la criatura, para completarse y consolarse.  Dios es Uno, pero no solo; es plural.  San Gregorio el Teólogo nos dice que El crea como una copa desborda.  Su acto creador es libre, desinteresado, inútil para El y útil para nosotros.  Amor puro, altruísta, gratuito, amor de la Cruz.

Por otra parte, Elohim contiene la letra Lamed.  Lamed es la letra L, que suena como una campana pascual en el Alleluia, un signo de expansión, de impulso, de apertura; su forma evoca un boomerang que, una vez lanzado, efectúa una curva y vuelve a los pies del que lo lanzó.  Es la letra más abierta; se da sin retenerse.  Ella nos inicia en el segundo aspecto de la acción divina, en la manifestación, en la donación de Dios, en su carácter extático.  El Padre da a su Hijo por nosotros, el Hijo Se da a nosotros como alimento celestial, el Espíritu Donador de energía divina, de gracia, es el Don por excelencia. 

El primer Nombre divino de la Escritura Santa, Elohim, es el de Dios que Se comunica a su criatura.

Bereshit bará Elohim, en conjunto, simboliza misteriosamente la Trinidad:

Bereshit _en Principio_ es el Padre.

Elohim _el Nombre divino_ es el Hijo.

Bará _la creación_ es el Espíritu Santo.

Capítulo IV

1.  Dios, Palabra y Espíritu

Hemos visto que las palabras Los Dioses creó abren un universo; que la Trinidad está presente en las tres letras de la primera palabra, así como en las tres primeras palabras del primer capítulo del Génesis, pero expresada en forma misteriosa y oculta.

Veremos, ahora, la tercera confesión de la Trinidad, manifestada más netamente y cercana a nuestro Credo.  ¿Qué dice el Génesis?  Después de afirmar a Dios, el Creador del cielo y de la tierra, anuncia que Dios “hace” todo por la Palabra, su Verbo.  Dios dice y la luz es, Dios dice y tal o tal elemento aparece.  Dios habla, Dios habla por su Palabra, su Verbo, su Logos.  Henos aquí frente a la Palabra-Verbo-Logos creador, del que encontramos la réplica en el Prólogo joánico: Todo fue hecho por El, sin El nada se hizo.  Todo es hecho, creado, formado por la Palabra divina, el Verbo divino, el Logos.

Al mismo tiempo, otro texto nos impresiona: La tierra estaba vacía (caótica, informe, vaga), las tinieblas cubrían el abismo y el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas: la acción del Espíritu Santo, la imagen de este Espíritu planeando sobre las aguas vuelve a aparecer en el Nuevo Testamento sobre las aguas del Jordán, ese Espíritu Santo que calienta el mundo y lo vivifica.  La tradición hebraica auténtica y, por supuesto, la cristiana, consideran siempre este texto como el del Espíritu Santo.  Los Salmos encierran también pasajes célebres: Envías tu Espíritu y todo es creado, y renuevas la faz de la tierra; retiras tu Espíritu y todo vuelve al polvo.  Ven ustedes que la unidad orgánica, vital, viviente del mundo es obra del Espíritu Santo.

El texto del Génesis que estudiamos se traduce generalmente de la manera siguiente: El Espíritu planeaba sobre las aguas.  El verbo planeaba no es totalmente exacto.  Este extraño verbo hebraico, merahefet, es empleado dos veces en la Biblia: en el Génesis y en el curso del victorioso cántico de Moisés que la Iglesia canta todos los martes: ¡Cielos, escuchad y hablaré! (Deut 32,2-11).  En este canto, Moisés enumera los beneficios divinos y compara a Dios con el águila que despierta a su nidada, aletea sobre sus polluelos, despliega sus alas, los toma y los lleva sobre sus plumas.  Dios, como el águila, atrae a sus pequeños para enseñarles a volar, aletea dulcemente sobre ellos; del mismo modo, extiende sus alas y lleva a su pueblo sobre sus hombros como el águila lleva a sus aguiluchos.  Esta comparación con el pájaro aleteante, que planea sobre el nido de sus pequeñuelos, es expresada por ese verbo hebraico intraducible de manera exacta.  Esta es la idea: el Espíritu Santo es semejante a un pájaro, a un águila que planea sobre las aguas, empollando esas aguas como una gallina empolla sus huevos; el Espíritu Santo es comparado a una clueca.  Este verbo contiene un calor maternal, un calor de vida.  El Espíritu Santo no planea con indiferencia o abstración.  No aletea sobre las aguas mirándolas como un pájaro que luego remonta vuelo, sin relación íntima con lo que está por debajo de él, sino que las empolla protegiéndolas con sus alas.  Esta idea es tan potente que algunos teólogos llegaron a percibir el sexo femenino en el Espíritu Santo.  Pero si el espíritu humano está desprovisto de sexo, ¡cuánto más ocurre lo mismo para el Espíritu Santo o la Trinidad!  No obstante, esta percepción tiene un aspecto interesante: “espíritu”, en hebreo es una palabra femenina _ciertamente no se trata de un elemento sexual_ y se la puede asociar a las entrañas maternales que alimentan y calientan al hombre, al niño.  La Iglesia calienta en sus entrañas a los cristianos; del mismo modo se puede decir que el Espíritu Santo calienta la creación.

Así, desde el primer capítulo del Génesis, aparece triplemente la acción trinitaria, de acuerdo con los Evangelios y la enseñanza de la Iglesia.

El Verbo actúa, por El la luz se despega de las tinieblas _como el Cristo histórico despegará del infierno a las almas que esperaban su venida, como arrancará a los enfermos de la enfermedad, salvando y liberando_.  Pero aquí Se muestra en tanto que Creador.

Del mismo modo, el Espíritu Santo planea, calienta, como lo hará en forma de paloma sobre las aguas del Jordán, como Se mostrará en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés.

2.  El tohu va bohu o materia primordial

El Génesis se inicia por: En el principio, Dios creó el cielo y la tierra, o más bien: los cielos y la tierra.  Los “cielos” representan indiscutiblemente los mundos angélicos y no las esferas celestiales o los cielos físicos.  Veremos más adelante que el relato no se ocupa de “cielos”, y que sólo hablará de la tierra, es decir, el mundo visible, el cosmos visible, para llegar al hombre.  Que los “cielos” sean, en verdad, los mundos angélicos, todos los comentarios y contextos bíblicos y eclesiáticos lo afirman, y el Génesis mismo, después de haber indicado rápidamente la creación de los “cielos”, sólo hablará de la “tierra” donde nacerá el hombre.  Esta tierra, esta materia virgen _no en el sentido actual, científico_ esta tierra vaga, vacía, informe, sin imágenes, cubierta de tinieblas, es llamada por el Génesis “aguas”.  Las denominaciones de vacío, informe, abismo, tinieblas, aguas, pueden ser analizadas separadamente, pero en su conjunto componen una visión total que tratamos de expresar por una multitud de imágenes, más que por definiciones científicas o teológicas. 

El substantivo hebraico “vacío”=tohu va bohu tiene el mismo sentido que las “aguas”, no por supuesto las aguas límpidas de un río, sino las del abismo, el mar, las tinieblas exteriores.  El tohu va bohu es la nominación, la onomatopeya, si se puede decir, de una realidad.

¿Por qué el comienzo de la tierra fue justamente este abismo, este caos, y por qué después de cada día de creación la Biblia precisa: Y atardece y amanece?  La noción griega de caos primordial se aproxima en este sentido al pensamiento bíblico.  ¿El tohu va bohu es un vacío, una nada de la que Dios saca el mundo?  No, no es ya la nada, el vacío-nada del cual Dios crea y al cual se refiere el verbo bará.  Entonces, ¿qué es?

Según la definición de un gran número de Padres de la Iglesia, el tohu va bohu es “algo”, una no-armonía privada de distinciones, similar, si ustedes quieren, a la materia bruta de la cual un escultor con martillo y cincel extraerá una escultura.  Esta imagen es muy aproximativa, ya que el tohu va bohu no es una piedra ni un elemento; precede al elemento, es “materia en sí”, en un sentido inmensamente más profundo que el sentido material, es un “líquido” del que saldrán lo sólido y lo gaseoso, el tiempo y el espacio.

Es notable que Dios no creó la tierra inmediatamente armoniosa _como podríamos imaginarlo_ a imagen, quizás lejana, pero de todos modos a imagen de su perfección.  Dios crea primero algo confuso, no distinguido, una forma sin forma, una materia tenebrosa, algo imperfecto.  ¿Cuál es la razón de esta acción divina?  La creación por naturaleza debe ser siempre _en el pensamiento divino_ una unidad inmediatamente tendida hacia la armonía, que evoluciona hacia la perfección.  La creación divina no tenía por objetivo realizar el mundo más perfecto posible, como lo pensaba Leibniz;  son los pequeños-burgueses, los porteros quienes se complacen en tener su propio retrato en su habituación.  Dios crea precisamente algo desemejante de El, tanto como se lo pueda imaginar, a fin de que ese desemejante tenga la posibilidad, con su ayuda, de progresar hacia la semejanza perfecta, posibilidad coronada por el hombre “muy semejante”.  No le interesa manifestarse solamente dándonos sus tarjetas de visita con todos sus títulos, sino a través de algo que no es El: el abismo, el caos.

Darwin tenía razón cuando formulaba la ley del transformismo: esa ley es bíblica.  El medio protestante fue un medio propicio para su descubrimiento.  Pero esta ley justa es incompleta.  Podemos decir, con Vladimir Solovieff, que Dios es absoluto y el cosmos es un absoluto en devenir.  Pero la teoría darwiniana es simplista, pues el transformismo es sólo uno de los aspectos de un problema complejo.

Me gustaría que este pensamiento les penetrara: Dios crea algo desemejante a fin de que se Le vuelva semejante.  Los seis Días de la creación son la preparación de esta desemejanza en la cual reposa la posibilidad de subir hacia la semejanza.  Dios mete entonces la mano en la masa, si podemos decirlo.  Por otro lado, El aliviará el trabajo, no dejará que el caos se las arregle solo y extraiga de su seno las posibilidades.  A través de seis etapas dará toda posibilidad.  Irá aun más lejos, al dar una ayuda a Adán: Eva; y le ofrecerá al cosmos y al hombre todo el socorro necesario para que camine hacia la Semejanza.

Para Dionisio el Areopagita, este caos es el deseo de Dios, porque ese tohu va bohu, esas aguas tenebrosas ya no son el no-ser, pero aun no son el ser, pues el Ser es Dios.  No-ser que toma conciencia de su ser sin ser, pues el mundo no es en sí.  Sólo Dios es en Sí.  Hasta ahora no somos nada “en sí”;  sólo somos a través de Dios.  En consecuencia, somos ser y no-ser, deseo del ser.  Aquí bordeamos la orilla del abismo entre el ser y el no ser: algo que puede hacerse cada vez más ser, vida, conciencia, semejanza de Dios.

La palabra “abismo” está frecuentemente empleada en la Escritura Santa.  El texto más célebre es el de Job.  Les aconsejo releer los capítulos 38, 39 y 40, donde Dios habla a Job.  Retoma el tema del Génesis, de la creación, en forma de diálogo, casi de monólogo, enumerando todos los elementos del Génesis.

Durante nuestra Liturgia dominical cantamos también: “Tú que estás sentado sobre los Querubines y cuya mirada sonda los abismos”, es decir, cuya mirada escruta hasta eso que es casi la nada, observando cómo los mundos inferiores evolucionan; la transparencia de esa mirada contiene todo.

Indiquemos _y eso es curioso_ que ese tohu va bohu, este mar desencadenado en el cual será tragado Jonás, va a recibir el nombre de infierno; de tal modo que esta unidad confusa, privada de armonía, de distinciones y de luz será la “unidad exterior”, opuesta a la unidad interior; las “tinieblas exteriores”.  En efecto, como dijimos, el tohu va bohu no es la nada de la cual Dios crea, sino esa unidad confusa de la que acabamos de hablar.  Casi podríamos decir que Dios creó al comienzo los cielos y “el infierno”, o la tierra en estado inférico.

El abismo, en todas las tradiciones, sugiere extrañamente el dominio del diablo, no del diablo en tanto que pecado o rebelión contra Dios o acto malo cometido, sino como cosa primordial que debe ser transformada; muerte situada antes de la vida para que la muerte se vuelva vida y las tinieblas, luz.

¿Qué es el pecado, sino el retorno al caos, el rechazo de la semejanza y la caída hacia la desemejanza de Dios, la marcha eterna hacia la nada?

El ateísmo es un maravilloso argumento, una página viva de teología.  Desde que era niño comprendí que mi fe es profunda porque he visto a mucho ateos.  He vivido en la época en que pululaban esos amables profesores que a veces iban a la iglesia porque “eso se hacía”, y, sin embargo, estaban desprovistos de la menor creencia religiosa.  En esa época, Anatole France era un místico _. . . Sí, ¡un místico!  Hablaba de santos con escepticismo, pero al menos se atrevía a hablar de ellos_.  Contaba la vida de Santa Thays, y Flaubert, la de San Antonio.  También había un Huysmans, que trataba de explicar por fenómenos diabólicos su atracción religiosa, buscando en la sombra de las catedrales emociones susceptibles de hacerle encontrar al

Cristo.  Y, aunque niño, yo les decía: “Yo los bendigo, amigos míos, ustedes son la teología viviente, ya que un ateo es un alma aspirada por el abismo, por lo primordial, por el no-vivir, por el no-Dios”.  ¿Qué dice un alma sin fe?  “Muero, y después de mi muerte será el aniquilamiento”.  Probablemente, eso no le sucederá y estará en el Paraíso antes que nosotros, pues podemos esperar cualquier cosa del humor celestial.  Quizá veamos a Anatole France paseándose como un cordero en los pastizales del Espíritu Santo, habiendo perdido las características de macho cabrío que tenía en la tierra.

El instinto del hombre sin Dios es el de volver al vientre de su madre, hacia el comienzo, hacia la nada.  Aquí _¡atención!_ no completamente la nada, ya que el hombre no puede encaminarse más que hacia el ser casi no-ser, hacia una vida casi no-vida todavía.  El ritmo del ateo es ir hacia la desemejanza en lugar de la Semejanza.

Resumamos: el caos griego, el tohu va bohu hebreo, las aguas sin forma, son el deseo de ser, el querer la Semejanza, la posibilidad de transformación de todas las cosas que contiene el potencial del cosmos total.  Pero _subrayémoslo_ esas cosas son impotentes, incapaces de transformarse por sí mismas, de precisarse, de manifestarse.

El acto suplementario del Verbo se impone, y este acto es: Badal.

Capítulo V

1.  La obra del Espíritu y del Verbo

La Trinidad, en los dos primeros versículos del Génesis, está frente al caos, a esa potencia, ese “algo” que va a devenir nuestro mundo.  El silencio reina sobre las tinieblas del abismo: el uno indiferenciado, más cercano al cero que al número, el uno desprovisto de calidad y de cantidad, es mudo.  Este embrión de ser, este huevo sin cáscara, que encierra en él una inmensa posibilidad, privado de auto-defensa, frágil, inconsistente, apenas existente, “líquido”, informe, deseoso de vivir, no está abandonado a su propia suerte.  El Espíritu lo calienta, lo vivifica, lo envuelve con su ternura potente, le comunica el aliento divino.

Nótenlo bien, y reténganlo: las Escrituras Sagradas, aunque emplean el lenguaje sagrado, lo “instrumentan” con una precisión teológica y una exactitud metafísica rígidas.  Tanto la definición racional, limitativa, como el impresionismo intuitivo son extraños a la enseñanza bíblica de la Tradición.

El texto, en efecto, indica que el Espíritu planea sobre las aguas.  No está en las aguas, no se mezcla con ellas, está sobre las aguas.  Este “sobre” muestra la trascendencia del Espíritu divino, la trascendencia total, sin equívoco, de su naturaleza divina con respecto a la naturaleza creada.  Pero, aunque trascendiendo totalmente y sin equívoco las “aguas” creadas, planea _como lo vimos en los capítulos precendentes_, calienta, comunica la enregía divina, la fuerza vital, la virtud transformante a las tinieblas del abismo.  Por eso dirá San Pablo: En El, tenemos el ser, la vida, el movimiento, en El y no en el mundo; y confesamos así que la energía, la fuerza vital, el movimiento progresivo de la naturaleza creada son de origen divino, un don, una gracia del Espíritu, trascendentes por naturaleza, inmanentes por acción.  No confundamos Creador y creación, no expulsemos tampoco lo increado de lo creado.  Alejémonos del panteísmo y apartemos el naturalismo.  Digamos con los Padres: “Dios está en todos lados y en ninguna parte”.

Parecería que la acción vivificante, energética, del Espíritu es plenamente suficiente para poner en movimiento el caos a fin de transfigurarlo en cosmos armonioso, sin intervención nueva de la Deidad.  Pretender que la acción actuante del Paráclito es insuficiente, que reclama un complemento, sería limitar su Omnipotencia, dudar de su vigor inagotable, atribuirle no sé qué tipo de esterilidad ofensiva.  Por El el abismo hormiguea, el líquido bulle, las tinieblas expulsan chispas, el núcleo de energía cuya cualidad supera toda imaginación, explota.  La Omnipotencia del Espíritu, mezclado con su Amor más que maternal, se manifiesta en plenitud.

Sin embargo . . .  Sin embargo, otra acción del Demiurgo se impone.

En el tercer versículo del Génesis, el Verbo por Quien todo ha sido hecho y sin Quien nada se hizo resplandece.  Dios habla, el Verbo se abalanza desde el silencio paterno: Dios dice, y “dice” indica la Palabra, es el Verbo, el Logos.

Dios dice: Sea la luz (v.3).

Dios dice: Haya un firmamento (v.6).

Dios dice: Que las aguas se reúnan (v.9).

Dios dice: Que la tierra produzca (v.11).

Dios dice: Que haya lumbreras (v.14).

Dios dice: Que las aguas bullan (v.20).

Dios dice: Que la tierra produzca (v.24).

Dios dice: Hagamos al hombre (v.26).

Dios dice, Dios dice . . .  El Silencio habla.

En seis días, ocho palabras del Verbo; ni seis, ni siete, ni nueve: ocho palabras del Verbo.  El ocho se relaciona con el hombre.

El texto leído atentamente nos permitirá constatar que Dios habla una vez el primer día, una vez el segundo día, una vez el cuarto día, una vez el quinto día, dos veces el tercer día y dos veces el sexto día.  Los seis días se encuentran divididos en dos grupos: tres y tres días, cuatro y cuatro palabras (una, una, dos; una, una dos). 

Nos detendremos más tarde sobre el lenguaje de los números.  Recordemos simplemente que los seis días están compuestos de dos tríadas, dos círculos en movimiento que forman una espiral de dos gravitaciones circulares.  El cuarto día corresponde al primero, el quinto al segundo, el sexto al tercero.  Los tres primeros días son la pre-formación del mundo; los tres últimos la formación de nuestro universo, incluso sus sistemas solares.

Dios dice: el Padre pronuncia su Verbo, su Logos, su Pensamiento, su Idea, y los verbos surgidos del Verbo, los “logoi” surgidos del Logos, los pensamientos surgidos del Pensamiento, las ideas surgidas de la Idea se imprimen en el lodo informe, la materia potencial;  golpean las tinieblas, separan las aguas, cortan el vacío.  Soberanamente, el Logos inseparable del No-Manifestado traza las leyes, completa el instinto por la razón, el potencial por lo posible, rompe el silencio de la criatura, procurándole la conciencia de ella misma, otorgándole la palabra para expresar sus deseos.  Y así cambia lo turbio en espejo pulido para reflejar su belleza.  La vida del mundo se vuelve racional, pero por la lógica vital.

Por eso cantamos con el salmista que por la Palabra del Padre son fijadas las leyes, y que en el Soplo de su boca está toda su energía.

El universo se mueve entonces, y se desarrolla bajo el impulso de la energía vital encuadrada en leyes racionales.  Ambas, la energía y las leyes, son trascendentes por naturaleza, inmanentes por acción, distintas de la creación, sin mezcla ni separación.  La naturaleza no hace nada sin la energía y las leyes divinas.  Trabaja a través de Dios, no puede hacer nada sin El, y sin embargo se transforma por ella misma y se organiza.  No es Dios quien Se transforma o Se organiza, pues ninguna sombra de imperfección, ningún progreso, ningún cambio pueden tocarlo.

Es preferible no hablar, como se hace por costumbre, de la ley, de la energía, de la vitalidad de la naturaleza.  Esta no tiene ni ley, ni energía, ni vida en sí misma.  Es mejor decir: la ley de la creación; la energía, la vitalidad de la creación.  ¡No hay átomo, no hay electrón donde el Espíritu y el Verbo no actúen por su Gracia!  Es la razón por la cual la Iglesia, cuando exorcisa los elementos, se dirige a ellos diciéndoles: “Tú, criatura del agua; tú, criatura del fuego; tú, criatura de la sal”.  No dice: “Tú, Dios, manifestándote en esta criatura”, ni tampoco: “Tú, naturaleza independiente de Dios”; sino: “Tú, criatura, obra de Dios, trascendente a Dios; tú _distinción de Dios, criatura_ dependencia de Dios”.  La palabra “criatura” recela el misterio del despojamiento de la Omnipotencia divina, su donación, el misterio de la Gracia infusa en la naturaleza.

Cuando declaramos antes que el universo se mueve bajo el impulso de la energía vital encuadrada en leyes racionales, pudimos descubrir el flanco para una interpretación errónea: la asimilación del Espíritu a una energía irracional, un impulso inconciente; y la asimilación del Verbo a las leyes racionales.  La vida, la razón, la energía pertenecen a las Tres Personas; el Hijo es la razón vivificante, y el Espíritu la vida razonable.  El Espíritu es Donador de energía; el Hijo, Manifestador de energía.

2.  Sobre la taxis (orden)

El Génesis confiesa primero al Espíritu planeando sobre las aguas, después a la Palabra divina que modela el mundo (v.3).  ¿Concluiremos, por ende, que el Espíritu actúa primero y el Hijo después?  No, por supuesto. 

En primer lugar, estamos fuera del tiempo; en segundo lugar, cuando el Espíritu actúa, actúa el Hijo, y cuando los dos actúan el Padre actúa con ellos.  Unica acción de las Tres Personas.  Cada una actúa diferentemente y unánimemente.  El Bereshit ubica al Espíritu en el segundo versículo y a la Palabra a partir del tercero no para introducir una serie en lo pre-eterno, sino para enseñar la taxis (orden) de la asimilación del misterio trinitario por parte de la criatura.  En efecto, como lo precisa Basilio el Grande, el progreso y la perfección en el conocimiento de Dios, el camino hacia la unión con El, comienza por el Espíritu, atraviesa al Hijo y culmina en el Padre.  El progreso es del Espíritu, por el Hijo, hacia el Padre.

Sin embargo, en su Epístola a los Romanos, el apóstol Pablo nos instruye que todo es de El, por El y en El, es decir que todo es del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.  Pablo tiene plenamente razón.  En verdad, todo es del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; pero, por el contrario, todo deviene en el Espíritu, por el Hijo, hacia el Padre.  Todo progresa, se desarrolla, se transforma, se perfecciona, se cumple, se eleva, se expande en el Espíritu, por el Hijo, hacia el Padre.  Estas son las dos taxis _órdenes_ del ser y del devenir.

Otras taxis se suman a estas dos esenciales.  Por ejemplo, la de la bendición paulina, de la cual se sirve la Liturgia.  La hemos estudiado en nuestro Canon Eucarístico3.  Pablo comienza por la obra de la gracia del Cristo, remonta al amor paterno y se detiene en la comunicación de la naturaleza divina a la nuestra por el Espíritu Santo; del Hijo hacia el Padre, por el Espíritu.  Esta taxis se enraiza en el último discurso de Señor, en el cual pide al Padre que envíe otro Paráclito, el Espíritu de Verdad.

Una cuarta taxis es la que inaugura el Génesis.  No la hemos indicado antes para simplificar nuestra exposición.  Hemos traducido Bereshit bará Elohim por En el principio los Dioses creó, en lugar de En el principio creó los Dioses.  Como nuestro tema es el de poner de relieve la Trinidad, lo hicimos así para no complicar este texto ya arduo.  Sin embargo, esta taxis es significativa: el acto de la creación precede la nominación de Dios, y los seis días le harán eco: Dios “hace”, y después “nombra”.

Comentando el primer versículo hemos identificado en el principio con el Padre, creó con el Espíritu y Elohim con el Verbo.  Nueva taxis: Padre, Espíritu, Hijo; en el Padre, por el Espíritu, de o hacia el Hijo.  Por lo tanto, el ser creado, sacado de la nada, no es sólo trascendente con respecto al Creador, sino que contiene el potencial, el injerto, el sello de la divinidad por el Espíritu Santo, a fin de llegar a conocer, invocar, anunciar y confesar el Nombre del Innombrable y conformarse al Hijo, Proto-Imagen de la criatura.  En este punto geométrico de la creación del universo, se encuentra ya la ley de la conversión sometida a esta taxis: el Padre llama, el Espíritu inspira, el Hijo es proclamado.

Pero volvamos a la taxis del devenir y de la evolución progresiva del universo.

El Espíritu es nombrado en lo que precede los seis días, la Palabra es proclamada durante los seis días.  El séptimo día el universo está destinado a elevarse hacia el Padre.  Seis días trabajarás _ordena la Ley_ y consagrarás el séptimo día al Señor tu Dios.

El Hexamerón (Seis Días) comienza con el tercer versículo.  Los números se despliegan, el Verbo coordina el mundo por peso, número y medida.  Ahí donde está la Palabra divina, ahí nace el lenguaje de los números.  Ahí donde están las palabras actuantes y las frases creadoras del Logos, ahí también se encuentran las relaciones de las letras sagradas, y cada una corresponde a un número que mide el peso de la obra.

3.  Badal y transformismo

Apresurémonos ahora a cumplir nuestra promesa y hablemos del término Badal.

Citemos, para comprenderlo mejor, el texto “bereshítico” del primer día:

Dios dice: Sea la luz.  Y la luz fue.  Dios vio que la luz es bella y Dios separó (badal) la luz de las tinieblas.  Dios llamó a la luz: Día;  y a las tinieblas: Noche.  Hubo una tarde y hubo una mañana:  Día Uno.

El primer día nos enumera cuatro acciones creadoras del Verbo, bien diferentes del bará o creación de la nada.  Como un artista, el Hijo embellece, colorea y da forma al caos.  Como un alfarero, modela el abismo.  El, que es el Arquitecto del universo, construye el templo material del Espíritu inmaterial. 

Las acciones creadoras son:

1) La palabra divina: Sea la luz (algunos distinguen la palabra de la formación: la luz fue).

2) La contemplación divina de su obra: Dios vió que la luz es bella.  Su mirada se refleja en la criatura y la valoriza.

3) Badal, diferenciación: Dios separa la luz de las tinieblas.

4) La nominación: Dios llamó a la luz: Día; y a las tinieblas: Noche.  El Verbo confiere a cada elemento un sentido, una autonomía razonable, una vocación.

Decir, ver, separar, nombrar: cuatro verbos del Verbo.  Otros verbos los seguirán en el Hexamerón.

Estos cuatro introducen la ley analítica y diferencial.  Asistimos a la extracción de las partes del todo (el Hijo saca la luz de las tinieblas); a la jerarquización de las cosas (preferencia de la luz a las tinieblas, pues la luz es bella mientras que las tinieblas no reciben una apreciación por parte de Dios); a la diferenciación de los elementos (Dios separa la luz de las tinieblas); a la fijación en la autonomía por la nominación (día y noche).

No podemos aquí profundizar las cuatro acciones; no hablemos más que de Badal.

El Verbo diferencia, separa, distingue, analiza, especifica, traza límites a cada cosa, inscribe en los marcos de la ley, “para que las aguas desencadenadas no los franqueen”, instaura las distinciones fijas, detiene el estallido irracional, despeja, armoniza, mide, normaliza, construye jerárquicamente . . . Badal . . .

El Génesis aplica dos veces al Verbo el término badal: el primer día, cuando Dios separa la luz de las tinieblas, y el segundo día, cuando Dios separa las aguas superiores de las aguas inferiores por el firmamento.  Dos diferenciaciones: temporal y espacial.  No se trata, por supuesto, de nuestro tiempo y de nuestro espacio, que sólo aparecen el cuarto día, sino de los del primer día, sobre los cuales se apoyan, y que valorizan el espíritu de una manera temporal y simultáneamente espacial.  La luz es “muy semejante” a la eternidad _El Señor se envuelve de luz como en un manto_ la altura de las aguas superiores es “muy semejante” a lo ilimitado.

La acción de Badal precede, en el Génesis, el transformismo natural.  Leemos que en el tercer día Dios dice: Que las aguas se junten, y más lejos: Que la tierra produzca.  El quinto día, Dios dice: Que las aguas bullan, y el sexto: Que la tierra produzca.  Estas expresiones: que las aguas se junten, que la tierra produzca, que las aguas bullan, son características.  Es la naturaleza creada la que entra por sí misma _por la “razón seminal” según la terminología patrística_, en movimiento, en evolución, en transformación propias.

Las aguas que se juntan indican los trastornos cósmicos, la tierra que produce (tercer día) se relaciona con el nacimiento del mundo vegetal, la aguas que bullen (quinto día) y la tierra que produce (sexto día) tienen relación con el mundo animal.  Tres reinos: mineral, vegetal, animal.

El texto no enseña que Dios “separa” las plantas o las bestias.  No ordena: “Sea la rosa”, ni “sea el elefante” del mismo modo que ordenó, el primer día: Sea la luz.  Dice: que “se junten, produzca, bulla”; la creación está en trabajo de su propio parto.

No entremos en la discusión estéril entre el finalismo y el azar mecánico, entre el “lamarckismo” y el “darwinismo”; no nos  detengamos en la “selección natural y sexual”, ni en “la lucha por la vida”; no nos preguntemos si el ojo se forma para ver o si se ve porque el ojo se forma.  Estos problemas son mas bien seudo-problemas con bases mal fundamentadas.  La doctrina del transformismo encuentra su lugar legítimo en la visión escrituraria desde el tercer día.

Notemos, al pasar, que los fixistas encarnizados, operando con las palabras según sus especies (Que la tierra produzca según sus especies), no dan muestras de una buena exégesis del Bereshit.  No se indica en ninguna parte que Dios haya fijado las especies de manera inmutable.  Lamarck, al decir que las especies son relativas, no contradice la Biblia. 

Las palabras: Que la tierra produzca seres vivientes según su especie indican que la transformación de la naturaleza creada no está regida únicamente por las leyes de la “lucha por la vida” o la “selección natural y sexual”, sino por un arte de diferenciación salido del “pensamiento seminal” y grabado en la materia por el Verbo divino.

Es la naturaleza la que produce según las especies, y no directamente el Creador.  Las especies son la obra de la “tierra”, una tierra que recibió la impronta de la Imagen o del Pensamiento del Artista increado.  En efecto, todas las explicaciones racionales, simplistas, utilitarias, pragmáticas de la multiplicidad de las formas en el mundo vegetal, mineral o animal (formas tan fantásticas, tan inesperadas, a menudo inútiles y sin embargo originales, artísticas, curiosas, bellas, agradables, escalofriantes, divertidas, repelentes o sublimes), todas estas explicaciones son torpes, parciales, inadecuadas, artificiales y hasta estúpidas.

Constatamos, en la evolución de ciertos animales, la búsqueda progresiva de la belleza gratuita.  Es sobre todo sorprendente en la comparación de los mundos prehistóricos y sus herederos actuales.  Ese progreso hacia la belleza, ese instinto estético, está marcado por la mirada amorosa del Creador _pues Dios vio que su criatura es bella_.  Esas especies, tan múltiples como variadas, se forman, se transforman, se buscan, se esbozan, se perfeccionan, van de belleza en belleza, por la maternidad perdurable de la creación en evolución, a fin de llegar a las bodas del Creador-Esposo con la creación-esposa.  ¡El misterio es grande!

Lo repito: según las especies no significa la intervención brutal de Dios, un acto suplementario de su parte; las especies son la obra de la creación que actúa ella misma por Dios, pero no sin Dios.

El transformismo peca por su pretensión de ser la ley de la naturaleza, cuando es sólo una ley de la naturaleza, e inclusive de manera incompleta, ya que es sin Dios.  Su exclusivismo agresivo sólo podía ser concebido por la mentalidad de los hombres del siglo XIX, ese siglo anti-metafísico, a-teológico, idólatra de lo “orgánico”.  (Curiosa constatación: siglo XVII, racionalismo; siglo XVIII, naturalismo; siglo XIX, organismo; siglo XX: psiquismo; siglo XXI . . .  ¿será un siglo teológico o demonológico?)

Lo que debemos retener es que Badal, al expresar la diferenciación por el Verbo, precede la auto-formación y el desarrollo de la naturaleza.  El embrión, si existe un embrión del cual salen todas las cosas, es “circuncidado” por el pensamiento del Verbo; sin esta circuncisión lógica, ninguna transformación es posible.

Vemos por qué, al separar al pueblo elegido de las otras naciones, Dios ordena a Abraham la circuncisión, símbolo sacral de la fecundidad del Padre de los creyentes.

En el bautismo, nacimiento de la nueva criatura, el neófito renuncia a Satán y se una a Cristo para ser sumergido en las aguas primordiales santificadas por el soplo del Espíritu.  Se separa (badal) de las tinieblas y es iluminado por el Cristo.

¿A qué compararemos la cruz saludable y vivificante?  Al cuchillo que circuncida el mundo en el centro de su transformación, a la diferenciación de los dos primeros días de la creación.

[3] Le Canon Eucharistique de l’ancien Rite des Gaules.  París: Présence Orthodoxe, 1957.

Capítulo VI

1.  Sobre la luz y las tinieblas

Aquél que quiere conocer la naturaleza de la luz, separada el primer día de las tinieblas, y medir sus relaciones, tomará como guía espiritual y maestro probado, infalible, elevado por la contemplación divina, al bienamado discípulo del Cristo, Juan el Teólogo.   Se nutrirá de su Evangelio y de sus Epístolas: La luz brilla en las tinieblas . . . [Juan el Bautista] no era la verdadera luz.  Consultará, además, los textos del Antiguo Testamento que tienen relación con la luz y las tinieblas.  He aquí algunos:

Job 17,12; 26,2; 29,3.

Salmos 112,4; 139,12.

Eclesiastés 2,13.

Isaías 5,20; 9,1; 42,16; 45,7; 50,10; 58,10.

Y en el Nuevo Testamento:

Mt 4,16; 6,23.

Lc 1,79; 11,35.

Rom 2,19.

2 Cor 4,6; 6,14

Ef 5,8.

1 Pd 2,9.        

Bebiendo en esta fuente inmaculada de la Sabiduría, tomará por canon de juicio e instrumento de discernimiento _a fin de evitar la caída en la confusión y la mezcla de la verdadera luz con las sombras_ los dogmas ortodoxos sobre la Luz increada de la Divina Trinidad, y sobre la luz creada.  Distinguirá en esta última las luces y las tinieblas del mundo incorporal, las luces y las tinieblas intelectuales, conocimiento e ignorancia, las luces y las tinieblas cósmicas.  No confundirá las tinieblas anónimas del caos y las tinieblas que han sido nombradas: “Noche”.  Tendrá en cuenta que la palabra tinieblas puede también indicar la luz enceguecedora. 

Armado de la ley analógica, evitando la confusión entre la luz y la tiniebla, gustará de la correspondencia y la correlación entre el signo y el significado.  Y, con las Escrituras, se dirigirá a Aquél que es nuestra Luz, que se envuelve de luz como de un manto, que habita en la Luz inaccesible, con las palabras siguientes: Señor, en tu luz veremos la Luz.

A los textos que tratan sobre la luz y las tinieblas sumará los que no hablen más que de la luz.  Al Evangelio de Juan, saturado de luz, sumará los textos de los Salmos y de Isaías:

Salmos 4,7; 27,1; 36,10; 43,3; 44,4; 104,2; 119,105.

Isaías 2,5; y el más significativo: 30,26.4

2.  La desemejanza es llamada a la semejanza

Queremos insistir ahora, o más bien re-insistir _ya que hemos estudiado este tema bajo otra forma_, sobre el hecho de que el primer día el Verbo no crea la luz al lado de las tinieblas a la manera de una gracia sobrenatural o de un don suplementario.  No completa la creación por una naturaleza que irrumpe desde fuera del caos, no la crea de la nada, no la saca del vacío, sino que la desprende químicamente, analíticamente, de las tinieblas.  El Verbo saca la luz de las tinieblas como el Cristo llamó a Lázaro de la tumba.  Esto nos permite decir que las tinieblas primordiales contenían la luz.

Del tohu wa bohu, el Verbo, semejante a un obstetra, hace nacer la luz.  Se tiene la impresión de que la luz estaba dispersa en el seno de las tinieblas y que, bajo el efecto de la Palabra divina, se reúne, se condensa y se distingue de las tinieblas.

Así, en la creación, las tinieblas preceden a la luz, el caos precede al cosmos, la ignorancia precede al conocimiento, la desemejanza a la semejanza.

El Hexamerón, queriendo subrayar esta vocación cósmica, se sirve de un estribillo, de una antífona que corona cada día de la creación:

Atardece y amanece, día Uno.

Atardece y amanece, día segundo.

Atardece, amanece, la noche, la mañana.  Cada día de la creación es un movimiento cíclico que va de la sombra vespertina a la aurora.  La liturgia comienza el día a la puesta del sol, y el año en el otoño.

Es costumbre decir que el primer día Dios crea tal cosa, el segundo tal otra, el tercero tal otra; este lenguaje es inexacto.  Las Escrituras no dicen: “El primer día Dios dijo, el segundo día Dios dijo”, y así hasta el sexto.  Cada día es anunciado, notémoslo bien, al final de una realización sinergética de la Trinidad con la creación.  El día no es entonces cualquier lapso de tiempo cuantitativo, sino un logro progresivo, un cumplimiento cualitativo.

Este ritmo tinieblas-luz, tarde-mañana, otoño-primavera, vejez-juventud, desemejanza-semejanza, aparece potentemente si ubicamos las tinieblas originales frente a la apocatástasis, a la visión del siglo futuro, a la Jerusalén celestial donde no habrá ni noche, ni otoño, ni vejez.  Ya no habrá noche; no necesitarán lámpara o sol para iluminarse, pues el Señor Dios derramará sobre ellos la luz (Apoc 22,5).  Y había un árbol de vida que producía frutos doce veces, dando su fruto cada mes (Apoc 22,2).

Atardece y amanece continúa y engloba toda la marcha de la creación.

Zacarías, al contemplar la venida del Cristo en medio de los tiempos y su manifestación al mundo, proclama: El Sol que nace de lo Alto ilumina a aquéllos que están en las tinieblas y la sombra de la muerte (Lc 1,78-79).

El siglo presente puede ser comparado a la tarde, la noche a la segunda venida del Cristo _El Esposo que viene a medianoche_, la mañana, al siglo venidero.  En el siglo futuro, la luz absorberá las tinieblas, la mañana borrará definitivamente la sombra del crepúsculo.

La vocación del mundo consiste en evolucionar, en elevarse de la desemejanza a la semejanza divina, participando progresivamente de la Luz inaccesible.

Precisemos: lo divino sumergido en la materia no asciende a lo divino _así como lo prentenden los gnósticos y sus semejantes_, sino que lo no-divino se sublimiza, se vuelve hacia lo divino para que Dios sea todo en todos.

El primer capítulo del Génesis no hace alusión al pecado, y no queremos anticipar la exégesis del segundo capítulo.  Sin embargo, es bueno recordar aquí la desviación inherente al pecado para comprender mejor el ritmo inicial de la creación.

El pecado ha invertido (no totalmente, es cierto, pues nada es absoluto en el mal) el movimiento de deificación del mundo.  El hombre, nacido en la iniquidad y concebido por su madre en el pecado verá, entonces, un movimiento opuesto al movimiento primordial.  ¿No dirá acaso: “Mi vida comienza con la aurora de la infancia, y la mañana de mi juventud atraviesa el verano de la madurez para llegar a la declinación vespertina de la vejez y entrar en la noche del Sheol”?  ¿No dirá acaso: “Mi vida comienza por la primavera florecida de la adolescencia, se expande en los frutos sabrosos del hombre hecho, pierde su vitalidad al envejecer, como el otoño, y termina en el reposo invernal y el frío de la muerte”?

Cuando el hombre, nacido en la iniquidad y concebido en pecado por su madre, contempla el destino de las civilizaciones y los pueblos, ¿no está dispuesto a decir: “Toda civilización tiene su nacimiento, su apogeo y su decrepitud”?  Y este hombre, nacido en el pecado, se consuela: “Uno muere, el otro nace, cada uno a su tiempo”.  Pero su estribillo, su antífona, es contrario a la de la creación.  El salmodia: “Amanece y atardece: día primero”.  Mañana- tarde; la luz-las tinieblas; la vida-la muerte; Dios-la materia; la semejanza-la desemejanza.

Augusto Compte construyó sin darse cuenta, a través de su positivismo, un dogma del pecado.  Para él, todo comienza por la teología, pasa por la filosofía y concluye en la ciencia positiva.  Dios, espíritu, materia.  El Génesis descubre un camino muy diferente: materia, espíritu, Dios.  ¡Y Augusto Compte, ese retrógrado, se consideraba un progresista!  No le retiremos, sin embargo, la cualidad de clarividencia ni el título de inspirado.  Según los Profetas y el Evangelio, junto al progreso de las tinieblas hacia la luz y de la luz hacia Dios, coexiste desde el pecado una corriente adversa.  El hombre abandona su destino divino e idolatra a la humanidad sin Dios.  Este humanismo ateo debe provocar la revuelta cósmica, descripta por las visiones llamadas apocalípticas.  Los Augusto Compte creen firmemente anunciar la aurora de una vida más perfecta.  Su optimismo está íntimamente ligado al pecado, a la caída, al descenso.  El hombre que vive en el pecado es optimista.  Emana de él cierta serenidad.  Las Escrituras nos dicen que la humanidad, en vísperas del Diluvio, era despreocupada.  El Cristo nos previene que lo mismo será al fin de los tiempos.  El descenso es alegre, pues tanto sudor y tanta pena son evitados.  Normalmente, la vejez hubiera debido avanzar delante de la juventud si no hubiera hecho irrupción el pecado.  Todo desgaste va en contra de la naturaleza creada.  Por eso, al final de los siglos, en su banquete nupcial, el Verbo encontrará a la Iglesia sin arrugas de vejez.  Pablo agrega que el Cristo virtió su Sangre y nos purificó por el bautismo para que la criatura progrese hacia su juventud, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante (Ef 5,27).  Una definición de nuestra religión cristiana y ortodoxa es el rejuvenecimiento: Si no sois como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18,3).  Estamos destinados a conquistar la infancia.  El desarrollo espiritual está en las antípodas del desarrollo físico actual.

Después del pecado, no todo cayó por la pendiente, no todo desciende hacia el mal.  Nuestro estado es una mezcla de desemejanza y de impulso hacia la Semejanza; una mezcla de dos instintos: el de la muerte y el de la vida; una mezcla de dos deseos: Dios y no-Dios.

El Cristo, por su Encarnación, su Muerte y su Ascensión, nos dio una ley nueva que supera la ley primera de la evolución.  Pero callémonos por ahora, pues el misterio de la Redención y de la Resurrección están fuera de nuestro tema.

3.  Sobre el número

Distinguiremos número y cifra, dando al número el peso de la calidad, a la cifra el de la cantidad.  Esta terminología, por otra parte, es arbitraria.  “Número” es de origen latino, “cifra” viene de la palabra árabe “sefir”.  Es ésta una extraña palabra, pariente del hebreo “sefirot”.  Ella engendra el cero, el adjetivo “cifrado” (oculto), y hubiera podido tan bien como “número” indicar la calidad.  Pero atengámonos a la costumbre establecida.

La ciencia de los números es desconocida para la mayoría de los hombres de nuestra época.  Sin ella, sin embargo, una gran parte de la enseñanza bíblica, litúrgica y patrística escapa a nuestra percepción, pues está totalmente impregnada de lenguaje numérico.

¿Por qué el Evangelio _limitándonos a él_ indicaría con tanta precisión que el arcángel Gabriel se aparece a la Virgen en el sexto mes, que había seis ánforas en Caná de Galilea, que el Cristo alimentó a 5.000 personas con 5 panes?  ¿Por qué el Señor eligió a 12 apóstoles, por qué anuncia, en sus parábolas, a 5 vírgenes prudentes y 5 necias, 99 ovejas y 1 oveja, etc.?  ¿Por qué haría esto si los números estuvieran vacíos de contenido?  ¿Acaso la presencia de los números no hace pesados los relatos?  El que niega los números, pone en duda la inspiración de las Escrituras y presta al Cristo palabras vanas.

Permítanme tratar de introducirlos, lo más simplemente posible, en la ciencia de los números comparándolos con las cifras.

El mundo “ciférico” (si se me permite el neologismo), opuesto al mundo “numérico”, es curioso.  Nos acostumbramos tanto a él que ya no nos damos cuenta que su carácter específico es deficiente.  Desde la infancia, dibujamos uno, dos, tres, cuatro, cinco . . . y esto sin fin.  En la escuela, nos enseñan que hay un cero y, como en el barómetro, se pone el cero por debajo del uno, y por debajo del cero aparecen -1, -2, -3, etc.  Todas las cifras están en fila como soldados de plomo, todas iguales, vestidas con el mismo uniforme y sin personalidad.  Durante el cautiverio5, nos convertimos en cifras sin número; se nos contaba por cinco y teníamos un número.  Poner cifras a las calles, las ciudades, los países, los hombres, era el ideal de uno de mis amigos de juventud; ¡de esta manera, quería objetivar, racionalizar, facilitar la organización del mundo!  Así, supongamos que Victor Hugo, según la estadística, fuera el escritor 1.142º de la humanidad, que la lengua francesa en la cual escribió fuera la 128ª lengua clasificada, que su obra Los Miserables fuera su 3ª novela, que la Escuela romántica a la que perteneció fuera la 8ª escuela literaria, que el oficio de escritor, expresado por el 2, fuera la profesión liberal representada por el 7.  ¿Cómo definiríamos claramente y simplemente la obra genial de Víctor Hugo?  Por la cifra 1142 128 3 8 2 7.

Las cifras son sólo la cantidad anónima, pero el rostro de cada número se les escapa.  La concepción de un universo basado en la cantidad es más reciente que lo que se cree, y formó una civilización cuyo hijo es el maquinismo.

La concepción numérica ve en las cifras no un signo anónimo y cuantitativo, sino una cualidad propia e irremplazable.

Uno, es la unidad; lo que es uno se basta a sí mismo; es inseparable, no-multiplicable.  De la unidad no pueden salir, sin violencia, ni dos, ni tres, ni una multitud.  Entre el uno y el dos se abre un abismo, una trascendencia.

Dos _pareja u oposición o comparación o separación_ es un mundo totalmente diferente del uno.  Entre el dos y el tres se abre un abismo tan profundo como entre el uno y el dos.  La razón humana es dual: compara, opone, analiza, incapaz de pensar “triádicamente” (la síntesis no es más que una mezcla de dos).  ¿Qué decir del espacio incalculabe que separa el uno del cero?  Semejante análisis debe aplicarse a todos los números, del más simple al más complicado, del más pequeño al más grande.  No sólo tienen una personalidad, sino que se trascienden unos a otros.

Las concepciones del universo basadas en el Uno dan el monismo; en el Dos, el dualismo; en el Tres, el “triadismo”, etc.  Son todas éstas estructuras que se comunican difícilmente entre ellas.

La ciencia de los números los divide en pares e impares.  Los pares parecen estables, los impares móviles, pues los pares son simétricos y los impares asimétricos.  Sin embargo, cuando escrutamos la vida íntima de los números, discernimos la avidez de los pares por convertirse en impares, y el deseo de los impares de estabilizarse.  Estos impulsos mutuos de los números, estos saltos peligrosos por encima de su trascendencia crean las revoluciones numéricas.

Si tomamos el 10 como base de los números simples (1 a 9), obtenemos una serie de números complementarios: 1 se completa por 9, 2 por 8, 3 por 7, etc.  La relación entre lo espiritual y lo material estará expresada por la relación entre 9 y 1.  La creación en devenir será dos, y tenderá hacia la resurrección universal, ocho . . .  Los seis días de la creación reclaman a los cuatro Vivientes, los cuatro Evangelios, los cuatro elementos . . .  El séptimo día consagrado al Señor confesará la Trinidad.

Cada número puede descomponerse: seis contiene dos tríadas, y es también la suma de los tres primeros números, 1+2+3.  En las civilizaciones antiguas, nuestras cifras no existían, y eran representadas por letras del alfabeto: a=1, b=2, etc.  El 10 era la iota (i), la más pequeña, la más simple de las letras del alfabeto: era la unidad-plenitud de los antiguos.

Esta concordancia de letras y de números permitía a las lenguas sagradas expresar los números por palabras, las palabras y los nombres por números.  Así, 666 es el número-nombre del Anticristo.  El nombre griego de Jesús, “Iysous”, es igual a 888.  Los Misterios de San Hilario de Poitiers contienen ejemplos de una lectura del Génesis apoyada en números y nombres.

En nuestro próximo capítulo, abordaremos en particular el Tres y el Seis.

[4] La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será septuplicada, como la luz de los siete días.

Recordemos que Monseñor Jean de Saint Denys estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial.

Capítulo VII

1.  Sobre el número Tres y el número Seis

Los autores modernos vuelven a interesarse en la ciencia de los números.  En el siglo XIX, Fabre d’Olivet la aplica a la Biblia y a la arquitectura del universo y, en el siglo XX, la teoría de los números del célebre rumano Ghika ejerce tal influencia que algunos arquitectos llegan a establecer las proporciones de las techumbres o las ventanas según el número áureo.  La Biblia, documento cifrado, de R. Abellio es el último libro sobre el tema.  Pero, en general, los estudios numéricos contienen tantas contradicciones como correspondencias.  Y, después de haber leído varios obras, he sacado la conclusión de que es más prudente para mí permanecer quieto en mi rincón bíblico, pues si comenzara a explorar las otras tradiciones _muy interesantes, por otra parte_, el tema se haría demasiado complejo.  Humilde presbítero amante de la Biblia, prefiero no abandonar mi ámbito.  Sin embargo, es bueno conocer de todos modos la teoría de los números de Pitágoras, o más bien de los pitagóricos y de los neo-pitagóricos, pues Pitágoras no escribió nada.  Los neo-pitagóricos nos han aportado mucho.  Sus obras hablan el mismo lenguaje que los libros sapienciales de la Biblia.  Dejando de lado el Platón socrático, republicano y político, habría que recorrer las páginas del Platón pitagórico, el autor del Timeo.  Encontrarán allí definiciones geniales, relacionadas con la antigua tradición helénica y universal.

Sin la noción de los números _como ya lo dije_ nos condenamos a no entender nada de la Biblia, enteramente tejida de números.  He lanzado algunas ideas sobre el Uno, y vimos rápidamente el Dos, que desarrollé particularmente en mi curso de Angelología.

Quisiera, ahora, considerar con ustedes el Tres.  Antes que nada, hay que formular algunas observaciones indispensables para nosotros los cristianos.

La mayoría de los antiguos y de los modernos miran el número Tres como el de la Revelación: el Uno manifestado en Tres.  En la India, por ejemplo, el Uno se expresa en tres divinidades, tres potencias, tres energías.  Tres está pues ligado al Dios “exterior”.

La Revelación cristiana es diferente.  La fórmula de Uno manifestado por Tres, como número absoluto, es negada por la Iglesia.  Esta considera heréticas _es decir, parciales_ las diversas formas de esta concepción, como el modalismo, el monarquismo, el sabelianismo, etc.  A lo largo de los primeros siglos, la Iglesia estuvo obligada a combatir esta estructura que ciega nuestra mirada interior a la Revelación de la Escritura Santa.  Mientras permanezcamos en el pensamiento de que el Uno se manifesta en Tres con la superioridad del Uno sobre el Tres, el Evangelio y el Antiguo Testamento seguirán siendo herméticos para nosotros.  Para abrirlos, debemos superar el Uno manifestado en Tres, bajo pena de caer en las herejías de los tres primeros siglos, según las cuales las Tres Personas son las tres faces, las tres manifestaciones, los tres modos, las tres etapas, las tres máscaras, las tres maneras de actuar del Unico.

El Cristo descarta totalmente esta visión imperfecta de la Divinidad.  Declara en su último Discurso: Como Tú, Padre, en Mí, y como Yo en Ti . . .  Nosotros somos Uno (Jn 17,21-22).  Esto nos conduce a un axioma audaz, retomado a menudo por los Padres de la Iglesia: nuestro Dios no es solamente un No-Manifestado que Se manifesta _esto es un aspecto universal de la divinidad_ sino que nuestro Dios es fecundo en Sí mismo.  Los Tres producen el Uno.  Dios Se manifesta en Sí mismo o, según otra expresión, es Dios Viviente.  Dios Viviente es Dios Tri-Unitario.  Tres tiene el mismo peso, el mismo valor, la misma realidad, igualdad y eternidad que el Uno, y no se trata de que el Uno se revele bajo tres formas.  La teología trinitaria es la base de la Revelación y de la Tradición cristianas, así como de la verdadera tradición bíblica.

Tres no es superior a Uno, ni Uno a Tres.  Tres significa vida divina.  Nuestro Dios es extático en Sí, y Se da a alguien exterior a El, por naturaleza, Se da a Sí mismo, pues es múltiple en la simplicidad y móvil en la inmovilidad.

Según muchos autores de diversos orígenes, el Tres representa la fecundidad.  Dios Tri-Unico es “fecundo de Sí mismo”: el Uno es fecundo en unidad; sin Tres, se hace estéril, abstracto, inanimado, solo, inconocible y desconocido para Sí mismo.

La filosofía de la Edad Media _y podemos recordar las grandes Escuelas de Chartres, de Poitiers . . ._ analizó muchas veces el problema del Tres-Uno.  Hughes de Saint-Victor nos propone una definición admirable del Uno;  el Uno, dice, es desde el punto de vista moral una satisfacción, un egoísmo, algo encerrado; mientras que Dos se abre en cierto sentido al amor, a la compenetración de uno por el otro, al despojamiento de uno para el otro.  Dos es ya el amor de la pareja.  Contiene aún la imperfección porque, amando al otro, en el fondo nos amamos a nosotros mismos.  El otro nos refleja.  El Uno no se ama, el Dos se ama.  La caridad desinteresada, extática, sacrificial, irradiante, abierta, sin restricción, fecunda de amor, sólo aparece verdaderamente con el Tres.

El gran teólogo ruso Filareto de Moscú dirá: Si contemplamos a las Tres Personas de la Trinidad, vemos que Cada Una se regocija con la gloria de las Otras sin considerar su propia gloria.  El Padre en Mí, Yo en el Padre, Yo en el Espíritu, el Espíritu en Mí, Cada Uno para el Otro.

El Uno oculta el Tres porque el primer descubrimiento del hombre es que Dios es, que es Uno.  Descubre su santa Naturaleza, su Voluntad manifestada, porque es Uno en su acción.  Una es su potencia, uno su pensamineto, una su vida.  Luego, cuando nos elevamos en el interior de esta temible contemplación, llega un momente en que Uno es sentido tan profundamente que ya no llegamos a discernir la distinción entre El y nosotros.  ¿No es ésa la visión espiritual, el éxtasis, la mística, que no reconocen más el límite entre el yo y el Tú divino?  La experiencia mística es la del Uno, de la unidad perfecta, del Uno perfecto sin comienzo ni fin; ni yo, ni Tú, ni sujeto ni objeto, Uno.  Es la cima del hombre sin Revelación.

Apenas el hombre es sumergido en ese Uno donde todo es uno, entrevé detrás de ese Uno, de esta unión con Dios, ese Primordial, ese Unico, ese Inexpresable, ese Indefinible, entrevé reposo y el silencio de la última palabra de la Revelación: la Trinidad, la Tri-Unidad.

Mientras permanecemos en el Uno, estamos en el campo metafísico, en la iniciación espiritual, mística, la mistagogia que precede a la Revelación.  Por otra parte, nuestra sola evolución no puede adquirir la Revelación, que es un don gratuito, una gracia.  Dios, graciosamente, Se revela en las aguas del Jordán y devela su naturaleza trinitaria.

Vuelvo a insistir en que el número Tres, en la enseñanza bíblica y tradicional de la Iglesia, es el reflejo, en forma de número, de la vida divina de lo alto en la naturaleza de aquí abajo.  Este número nos incita a una búsqueda sin descanso, pero las tríadas de la creación en las cuales se refleja son imperfectas.  El tres, todos los tres del mundo, no son jamás la pura Tri-Unidad.  Tomemos, por ejemplo, las tres cualidades del hombre: pensamiento, sentimiento y voluntad, ejemplo clásico.  No será más que un tres de manifestaciones, de expresiones de un solo ser, de nuestro “yo” que se exterioriza por voluntad, pensamiento y sentimiento.  Una “tríada”, como dirá Guénon, pero no la Trinidad.

Observemos ahora otra tríada, la de Platón: verdad, belleza y bondad.  Puede ser comprendida como una manifestación del Uno, aunque ya complementaria y superior.  Esta tríada roza a la Trinidad, la presiente, la toca con los ojos cerrados.  La mirada de águila de Platón horadaba ciertamente el más allá, pues adivinamos en él la embriaguez de la Revelación.

Tomemos aún otra imagen de una trinidad en el hombre: espíritu, alma y cuerpo;  aquí aparece la subordinación, forma triádica imperfecta.

La Tri-Unidad jamás es fielmente expresada en el mundo.  Las trinidades-tríadas tendidas hacia la Tri-Unidad son imágenes aproximativas de Dios presentes en el cosmos y en nosotros, para que su semejanza mutilada e inacabada excite, provoque la búsqueda de la Semejanza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Unico.

Detengamos aquí nuestro estudio del Tres, pues nuestra meta es contemplar también el número Seis, número de la creación, y tratar de comprender por qué Dios creó el mundo en seis días y no en cinco o en siete.

¿Qué significa Seis?

Seis es estable, equilibrado, definitivo _en 6 días, Dios crea el mundo_ pero tiende o debe tender hacia el 7.  Sí, Dios crea en seis días, pero no obstante la Escritura Santa agrega: Así fue cumplida en el séptimo Día la obra que había hecho (Gen 2,1-2).

Trabajaréis seis días, pero el séptimo día será para vosotros algo santo; es el shabbat, el día del reposo consagrado al Señor (Ex 35,2).

Si compras un esclavo hebreo, servirá seis años; al séptimo año quedará libre sin pagar nada (Ex 21,2).

Durante seis años sembrarás la tierra y recogerás su fruto.  Pero al séptimo la dejarás reposar (Ex 23,10-11).

El Seis se lanza hacia el Siete.  ¿Por qué este impulso?

Durante seis días, Dios crea a todas las criaturas; el séptimo, reposa, descansa.  Es el Shabbat.

¿Qué quiere decir: Dios descansa el séptimo día?  Este texto debe ser leído en su contexto: Dios terminó el día séptimo su obra, la que había hecho.  Y descansó el séptimo Día de toda la obra que había hecho.  Dios bendijo y santificó el séptimo día porque en ese día descansó de toda la obra que había hecho (Gen 2,1-3).

Parece que todo debe reposar porque Dios reposa.  Las leyes hebraicas prohiben trabajar el sábado, día del shabbat: Seis días trabajarás, el séptimo descansarás.  Nos imaginamos falsamente que el reposo es un sueño.  Otro texto lo aclara: Seis días para ti y el séptimo para tu Señor.  En efecto, durante seis días, el mundo “se” trabaja.  El Seis expresa su formación por Dios de la nada, y su colaboración con Dios: Que la tierra produzca verdor . . .  Que las aguas produzcan un bullicio de almas vivientes . . .  Sed fecundos, multiplicaos . . .

El séptimo día, Dios viene a nosotros como objeto de búsqueda.  El séptimo día, el mundo Lo deseará y Lo conquistará, pues, como canta Ezequiel: El séptimo día, las puertas celestiales se abrirán (Ez 46,1).

El sexto día nos conduce a la armonía y al “cumplimiento incompleto”.  Queda un último mandamiento, en forma de llamado.  Dios llama: ¡Persíganme, sírvanme!

El Seis que no aspira al Siete se queda fijo: se convierte en la cifra del mundo egoísta, del Anticristo: 666.  Este número se niega a ir hacia el Siete, se ejercita en dominar, se repliega, no rompe el cascarón del número para poder subir hacia el séptimo día, la Trinidad.

Insisto: cuando la Biblia escribe que Dios acabó su obra el séptimo día y que descansó, no debemos creer que el pecado original ocurrió el séptimo o el octavo día.  Ciertamente, es relatado en el segundo capítulo del Génesis, después del versículo que habla del séptimo día, pero no hay ningún lazo cronológico entre los dos primeros capítulos del Génesis, pues el segundo, como ya lo dije, despliega ante nosotros otra visión.  Los dos planos se superponen.  El séptimo día es el reposo en el servicio activo de Dios, mientras que el pecado original es la negativa de servir a Dios, el estancamiento en el sexto día.

No olvidemos que los días de la creación no son una serie en el tiempo _día, período_ y que los números que las expresan, expresan estados de progreso espiritual.  Un hombre del siglo XX que se contenta con una visión astrológica o astronómica del universo pertenecerá al cuarto día.

El segundo relato de la creación, hablando de la separación de Eva y de Adán y del pecado original, omitirá los números 6 y 7; sin embargo, todo esto se realiza el sexto día, a la sombra del Seis.  Este es el número del mundo, el equilibrio aparentemente perfecto, el hexágono.  Uno de sus signos característicos es la estrella de Salomón, balanceo equilibrado del Seis; y este símbolo, la estrella de seis brazos con sus dos triángulos que estabilizan el mundo hacia lo alto y hacia lo bajo, condensa la elevación y la caída.  El Seis debe obrar para su propia superación.

Fuera del Génesis, ¿cuáles son los misterios ligados al Seis?  El primero es la Anunciación: el sexto mes, el arcángel Gabriel visita a la Virgen.  El segundo es la Teofanía: la tradición la situó el 6 de enero.  Del mismo modo, la Tradición quiere que la fiesta de la Transfiguración sea el 6 de agosto: sexto mes, seis de enero, seis de agosto.  Tenemos las seis ánforas de agua que el Cristo transforma en vino, en Caná, y, finalmente, la matriz del seis: el sexto día de la semana, el viernes, a la sexta hora, el Cristo clavado en la Cruz desgarró el acta del pecado.  El pecado original está bajo el mismo número, a la misma hora, el mismo día que la muerte del Cristo crucificado en la cruz.  Si avanzamos brevemente en nuestro análisis del Seis, veremos que la Anunciación y la Crucifixión son la réplica del pecado original: la Desobediente actuó bajo el número Seis, la que es Obediente se entrega bajo el número Seis; aquélla gustó del árbol del conocimiento del bien y del mal en la oscuridad del Seis, el Cristo se hace el Fruto adorable de este árbol del conocimiento del bien y del mal que es también el Arbol de Vida, el sexto día a la sexta hora.  Los seis de la Anunciación y de la Crucifixión se abren hacia Dios, hacia el Siete.  Por eso el Cristo desciende a liberar a los prisioneros del infierno el séptimo día, el día del Shabbat.

Abramos aquí un paréntesis: si el Shabbat es un día de reposo para el cuerpo del hombre, a imagen del Cuerpo del Cristo que reposa en la tumba, el espíritu del hombre, en cambio, se vuelve enteramente hacia Dios para glorificarlo, orarle, unirse a El.  El Shabbat es el Salmo de la creación.

La Iglesia canta al Cristo: En la tumba por tu cuerpo en reposo, en el Infierno por tu alma en acción como Dios, estás en el Paraíso con el ladrón y en el trono con el Padre y el Espíritu Santo, llenando todo, oh Indescriptible.

Estos tres seis: Bodas de Caná, Bautismo de Cristo, Transfiguración (agua convertida en vino, cuerpo del Cristo santificando el Jordán o irradiando Luz increada) ponen en evidencia otro aspecto del Seis: la transfiguración del universo.  Por una parte, el Seis prefigura la transfiguración y, por otra parte, si se satisface ahogado por sí mismo, forja al Anticristo.

Veremos dos tradiciones que se desarrollan en la Biblia, la de Abel-Seth y la de Caín.  Caín será marcado en la frente con el sello mágico para escapar a los peligros, y ese signo es la estrella de seis brazos con el Nombre divino en el centro.  El Nombre bendito inscripto en la estrella de seis brazos protege a Caín, pero el hijo mayor de Adán no podrá pronunciarlo;  el Nombre (¡bendito sea!) queda encerrado en los dos triángulos entrelazados.  Seth, en cambio, invoca el Nombre del Señor, es el fundador de la tradición del número Siete: retira de la estrella de seis brazos el Nombre divino y hace resplandecer la estrella de siete brazos.  La liturgia, el culto del Altísimo queda inaugurado.

La estabilidad de la estrella de Salomón nos protege pero, desprovista del deseo del Siete, hace pesar sobre nosotros su negación.  En tanto que socorro ante el peligro y refugio, es positiva; en tanto que expansión es negativa.  El empleo del equilibrio por el equilibrio va a la muerte, a la separación de Dios.

El Siete injerta al mundo en el Dios Viviente, el Ocho resucita la naturaleza y la deifica.  Ocho es el domingo, el día de la Resurrección.

Dios crea el mundo en seis días, es decir que crea algo equilibrado, henchido, animado por un llamado y la posibilidad de elevarse hasta el Siete: la conquista de Dios.  Este llamado es un mandamiento dirigido a la libertad: Dios Se propone, no Se impone.

El hombre puede aferrarse a los seis días, y estará entonces rodeado de un equilibrio sin finalidad, de un círculo vicioso, de una pulsación sin vida, de un eterno retorno.

El Siete flamea como el número del culto del Dios Tri-Unico: siete lámparas, siete dones del Espíritu Santo . . .

Siete+Tres=Diez: Pleroma, plenitud.

Capítulo VIII

1.  Sobre la cosmogénesis

Cada uno de los días del Bereshit nos descubre horizontes insospechados, sobre todo si, concentrados en las palabras, las ponemos en relación con otras palabras de la Escritura Santa.  Bajo pena de no llegar a examinar la creación del hombre, sólo podemos detenernos en algunos aspectos de la cosmogénesis, y por eso pido disculpas.  Sin embargo, estoy obligado a fijar ciertos puntos de referencia, a garabatear lo mejor posible un plano susceptible de conducirnos al tesoro oculto, esperando que ustedes descubrirán por sí mismos las riquezas de la Sabiduría, y que aprovecharán estas directivas, emanadas por otra parte del depósito de la Tradición, de las que no soy más que el intérprete y el discreto mensajero.

Los seis días, como ya lo dijimos, se dividen en dos tríadas, y cada una de ellas está formada de cuatro palabras divinas.  La base “lógica” está pues asentada sobre el número Cuatro, y la belleza de la naturaleza reposa sobre el número Tres.  El neumatóforo y divino Palamas tuvo razón en poner de relieve la aparente contradicción de los relatos de la Transfiguración en Mateo (18,1) y en Lucas (9,28).  Mateo escribe: Seis días después . . .; Lucas: Ocho días después.  Uno se refiere a los seis días de la creación, el otro a las ocho palabras del Verbo.  Si contamos las personas presentes en el momento de la Transfiguración, tendremos seis presencias (Jesús, Moisés, Elías, Pedro, Juan y Santiago), u ocho presencias si agregamos el Padre y el Espíritu.  Seis es el número de la cosmogénesis, ocho el de la Resurrección de la carne.  El Seis que nos oculta el Ocho atestigua que la resurrección de la carne está inscripta en la naturaleza como un plan pre-establecido.

El cuarto día es eco del primero, el quinto del segundo, el sexto del tercero.

El primer día brilla la luz, y el cuarto día las luminarias (la luz precede a los objetos que la irradian).  El primer día, el “día” y la “noche” están nombrados metafísicamente; el cuarto día, están nombrados físicamente.

El segundo y el quinto día contienen las aguas.

El tercero y el sexto evocan la tierra-madre que produce y engendra.

El paralelismo del tercero y del sexto día establece una analogía entre las plantas y los animales, el árbol y el cuerpo humano.  La correlación del hombre arraigado _el árbol_ y del árbol desarraigado que camina libremente por la tierra _el hombre_ nos inicia en una antropología tradicional (el árbol de vida, el árbol del conocimiento del bien y del mal . . ., la encina de Abraham, el árbol genealógico, el árbol de la Cruz y la estructura del cuerpo humano).

Esta antropología no debilita el carácter sintético del hombre micro-cosmos, que contiene en sí todos los estadios y todos los reinos de la naturaleza.  Un hombre en oración, con las manos elevadas al cielo, es como un árbol plantado junto a corrientes de aguas de la Gracia límpida.  El cuerpo es el árbol plantado en la materia, el espíritu es el árbol plantado en Dios.

Las dos tríadas de la creación, heraldos de la luz, del agua y de la tierra, tienen una misteriosa réplica en la Epístola de Juan (1 Jn 5, 8): El espíritu, el agua y la sangre.  El discípulo bienamado escribe que esos tres testigos, el espíritu, el agua y la sangre, están de acuerdo.  Su acuerdo refleja en la naturaleza el testimonio del Padre, del Verbo y del Espíritu, que son Uno.  En la naturaleza, vemos el acuerdo, la solidaridad, la concordia, la conquista del Uno o amor; sólo el Increado es Uno y Amor.

2.  Sobre algunos términos bíblicos

Expliquemos algunos términos tratando de aclarar su sentido preciso.

El segundo día, por ejemplo, el Verbo sitúa la extensión, el firmamento, entre las aguas que están debajo y las aguas que están arriba.  En hebreo, extensión, firmamento, se dicen rakya.  ¿Qué son esta extensión, este firmamento, este rakya?  Son la pre-figura de Jesús, nuestro Salvador, el Intermediario perfecto entre lo alto y lo bajo, lo divino y lo humano, la Unión sin mezcla, en su Persona, de dos aguas: de la Gracia o Rocío celestial, y de la esperanza, deseo, ruego de la criatura.  Jacob-Israel ve una escala que une el cielo y la tierra, y los ángeles que bajan y suben por sus escalones.  Vio la escala que preparaba la venida del Emmanuel.  El Cristo Jesús, por su Encarnación, “recapitula” las aguas que están debajo, y por su Bautismo conduce hacia nosotros las aguas celestiales, las aguas que están por arriba.  Eleva las aguas inferiores por su Ascensión a la derecha del Padre, y envía desde el Altísimo las aguas vivas del Espíritu a las entrañas de la Iglesia, la madre de la nueva raza.

La letra M es el icono de las aguas.  María (según la Septuaginta), Dama de las aguas, Madre de nuestro Dios, ha captado entre dos M (la celestial de la virginidad y la terrestre de la maternidad) al Reish, al Jefe de la Iglesia, sin perder su virginidad-unidad expresada en su nombre por las dos “alfa”.

Rakya, la extensión, el firmamento, esta Piedra angular, no está ni arriba ni abajo, sino en el medio.  Por eso el Jefe de la Iglesia nos afirmó: Estoy en medio de vosotros como Dios-Hombre, Verbo hecho carne.  Y la Encarnación del Alfa-Omega no se produce ni al comienzo ni al fin, sino en el medio de los tiempos, separando sin oponerlas las aguas de abajo de la Antigua Alianza y las aguas de arriba de la Nueva Alianza.  Desde el Génesis, la economía de nuestra salvación y el misterio de nuestra religión están sellados en la naturaleza creada.

La Biblia da a menudo al mismo término sentidos diferentes.  Esta ilusoria pobreza permite, al distinguir esos sentidos, no perder su acuerdo inicial.  Así, las palabras bíblicas, fecuentemente concretas y tomadas de las cosas de la naturaleza, designan ideas abstractas y realidades espirituales.  Por ejemplo, el versículo: Dios crea los cielos y la tierra, significa: Dios crea el mundo invisible, angélico, espiritual, y el mundo visible, natural, material.

Estudiemos las palabras “cielo” y “tierra”.


Tenemos tres cielos:

1) el cielo, mundo invisible (San Efrén nota que las palabras divinas modelan el mundo y que lo invisible es formado en el silencio; Dios no dice: “Sea el cielo”).

2) El cielo, inteligencia-ley introducida en la naturaleza creada;  el segundo día, Dios nombra “cielo” a la extensión rakya.  Rakya completa la Luz del primer día, ambos ordenan el cosmos y su obra se cumple plenamente en la Encarnación.  La Iglesia canta: Tu nacimiento, oh Cristo Dios nuestro, hizo resplandecer en el mundo la Luz del conocimiento [o inteligencia].

Este puente lanzado entre la creación y la Encarnación justifica la tesis, tan cara a Teilhard de Chardin, de que el mundo, una vez creado, no se detiene en su evolución, sino que la cosmogénesis continúa hasta el fin de los tiempos.  Esta tesis es escrituraria, tradicional y patrística, y leemos en el Evangelio: “El Padre crea, y Yo también creo”.  La Divina Trinidad no cesa de crear.  San Basilio explica en su Hexamerón que Dios crea al infinito otros universos y que no deja de obrar en nuestra naturaleza.

3) El cielo, espacio celestial sobre el cual están dispuestos los astros, el sol, la luna.

Cielo, inteligencia pura; cielo, inteligencia-ley injertada en la materia; cielo, espacio sideral.


Tenemos cinco “tierras”.

1) La tierra del primer versículo _materia opuesta a espíritu_ engloba el cosmos total con sus sistemas solares.  Es la entidad del mundo visible.  (El Credo establece un paralelo entre cielo e invisible, y tierra y visible.  La antigua plegaria por los difuntos reemplaza el cielo por el espíritu y la tierra por la carne: Dios de los espíritus y de toda carne).

2) La tierra vacía _materia potencial, primordial_.

3) La tierra del tercer día _lo seco opuesto a lo líquido_.

4) La tierra fecunda _materia maternidad_.  Aparece dos veces, produciendo la flora al tercer día y produciendo la fauna al sexto día.

5) La tierra _nuestro planeta_ el cuarto día.

Nuestro lenguaje actual reserva el término tierra a nuestro planeta y a la tierra en la cual se siembra y se planta.  La “tierra” ya no designa lo “seco”.  Cuando el Miércoles de Cenizas el presbítero dice: Eres tierra y volverás a la tierra, no nos damos cuenta de que se trata de nuestro cuerpo material.  Cuando hablamos de un átomo, de un electrón o del cosmos, ya no pronunciamos la palabra “tierra”. 

Tres cielos, cinco tierras . . .  ¡Cuántos otros términos bíblicos merecerían ser analizados: luz, tinieblas, día, noche, agua . . .!

3.  Dualidad unificante

La creación comienza por Beith, y representa la cifra Dos.  El origen del mundo es dual.  Nace de la distinción entre lo increado y lo creado, entre el Creador y la creación; nace de la acción libre del Bendito que da lugar a otro.

Esta dualidad original propulsa una serie de otras dualidades: cielo-tierra, luz-tinieblas, alto-bajo, líquido-seco, día-noche, etc.  Otras dualidades continuarán produciéndose en el curso de la historia del universo, y esto hasta el Juicio final.  Son desiguales, jerarquizadas en valor, dualidades entre superior e inferior, negativo y positivo.

El designio del plan divino es que, por un movimiento doble _escala de Jacob_, estas dualidades se superen en su oposición, que lo superior condescienda hacia lo inferior y que lo inferior se eleve hacia lo superior, según los ejemplos de Dios, que condesciende a crear el mundo para que éste suba hacia El, de los ángeles, que sirven a la materia para que ésta crezca en dignidad, de la luz que brilla en las tinieblas para que las tinieblas se iluminen, etc.  En el cañamazo del plan divino, lo humano está llamado a humanizar los animales (la nominación de los animales por Adán); los animales humanizados, a animalizar las plantas; las plantas animalizadas, a vegetalizar los minerales; y los minerales a pacificar los elementos.  Esto para que los minerales se vegetalicen, las plantas se animalicen, los animales se humanicen (adquisición del lenguaje humano) y que los hombres se divinicen.  Los planos inferiores están condicionados por los planos superiores.  Dios se hace hombre para que el hombre se haga dios.  Del hombre depende la evolución universal.  Sólo el hombre divinizado puede humanizar a los animales (y observemos la relación de los santos con los animales y las profecías de Isaías).

Si podemos, volveremos a hablar de este doble movimiento cuando hablemos del pecado adámico, y veremos que la lucha por dominar substituye a la dualidad colaborante.

La meta de este doble movimiento es conducir al Beith, Dos, a buscar el Alef, Uno.  Por eso la dualidad puede ser también llamada dualidad unitiva.  El Génesis lo enseña claramente.  La última creación, la que une el cielo y la tierra, lo alto y lo bajo, el espíritu y el cuerpo, es decir, el hombre, lleva el nombre de Adán.  La primera letra de Adán es Alef=Uno; la primera letra de la Biblia es Beith=Dos.  Beith aspira a Alef, corona de la creación; Dos aspira a Uno.

4.  Tres unidades y primer sacramento

Hay un “pero”, sin embargo: “tierra” se dice en hebreo aretz, y esta palabra forma parte del primer versículo del Génesis.  Sí, la “tierra” posee cierta unidad, no diferenciada, pero vital y orgánica.  ¿Cuál es esta unidad?

Es evidente que esta unidad es radicalmente diferente del Uno divino, pero puede, en cierta forma, hacer creer a los materialistas que el “uno” que reside en la creación no necesita del Uno divino.  Por instinto, los materialistas son monistas.  Su ciencia está en perpetua búsqueda, en perpetua angustia por un Uno inicial, consubstancial a la materia.

La unidad del aretz es inferior.  No es exclusivamente una.  No es una, pues la vocación de su unidad es multiplicarse.

Los términos apofáticos atribuidos al Dios único pueden ser empleados para aretz, pero en sentido contrario.  La tierra-materia es inconocible e inasible como Dios.  Dios es inconocible e inasible porque supera toda comprensión y todo conocimiento.  Aretz es inconocible e inasible por ella misma.  Ella es sin comprensión ni conocimiento a causa de su unidad.  El conocimiento de sí exige el cognoscente, el conocimiento y el conocido.  Aretz no puede nada por sí misma, pues es lo posible, lo potencial.

Por eso distinguimos tres en uno:

El Uno absoluto de la Trinidad,

el uno o unidad-síntesis de Adán, plenamente realizado por el Segundo Adán,

el uno indiferenciado de la materia.

En nuestro curso sobre Angelología hemos opuesto la “unidad” de la materia a la “multiplicidad” del espíritu.  Lo que es uno en la materia es múltiple en los ángeles, y viceversa.

Dios no ordenó a los ángeles que se multiplicaran, sino que lo ordenó a los productos de la tierra.  Dios los bendijo diciendo: Sed fecundos, multiplicaos y llenad las aguas de los mares, y que los pájaros se multipliquen sobre la tierra.

Dijimos: Dios los bendijo.  La bendición es la incursión del Espíritu en la tela viviente del mundo.  San Ambrosio dice que la bendición es más fuerte que la naturaleza, que fertiliza y transforma la naturaleza.  El sacramento está donde está la bendición.  El primer sacramento natural es la fecundidad de los seres que poseen el soplo de vida.  Volveremos sobre esto en nuestro próximo capítulo, cuando abordemos la creación del hombre.

Resumamos.  La cosmogénesis es impulsada en un doble movimiento: la dualidad empujada hacia la unidad-síntesis, y la unidad indistinta tendida hacia la multiplicación.  El Prefacio de la Misa de Esponsales en el rito de las Galias, presenta una maravillosa síntesis: Tú distingues para unir, Tú unes para multiplicar.

En la caída, la dualidad pierde el impulso unitivo y la unidad es alcanzada por la esterilidad y el desgaste.  María restaurará la unidad por su virginidad y la fecundidad por su maternidad.

5.  La ley crucial

Indicamos más arriba el cuarto día, que separa la materia fértil del tercer día por una parte, de la materia fértil de los días quinto y sexto por la otra.

El número Cuatro es el equilibrio, la cruz, la balanza, la armonía de las relaciones astrales, la coordinación del tiempo (línea horizontal) y del espacio (línea vertical).

El cuarto día manifiesta los días primero y segundo, temporal y espacialmente.

Newton propuso la ley de la gravitación en sentido absoluto.  Los modernos relativizaron esta ley _y sería bueno, quizás, esclarecer la ley de anti-gravitación_.

El cuarto día nos ubica en presencia de las cuatro leyes fundamentales, que podemos llamar leyes de atracción, de repulsión, de ataque o choque, de indiferencia o dispersión.  (Los movimientos centrífugo y centrípeto que se definen a partir de un centro no corresponden exactamente a estas leyes, sino que están contenidos en ellas).  Pero, al mismo tiempo, el cuarto día nos revela que no existe un centro absoluto en la creación y que la presencia de Rakya (firmamento) es indispensable para el equilibrio del mundo.  Rakya correlativiza las leyes; sin él se anularían unas a otras, y el mecanismo cósmico sufriría un accidente mortal.  Rakya es el ingeniero que vigila el funcionamiento de la máquina universal.

El lanzamiento de satélites es sólo una parábola de Rakya.  ¿Acaso no es indispensable, para que los satélites graviten, encontrar la correlación exacta entre la velocidad y la atracción, pues la pérdida de velocidad hace caer los satélites?

Un satélite debe recorrer una curva para entrar en órbita.  ¿Y puede decirse que la correlación entre la velocidad y la atracción y la curva de lanzamiento de un satélite natural provienen del azar o de la inteligencia innata de la naturaleza?  Cualquiera de esas dos respuestas es absurda.

El cuarto día nos inicia en la ciencia de los símbolos.  Habla de signos y nos cuenta que el sol y la luna regulan las fiestas y el ritmo del año.

Utilicemos las relaciones del sol, de la luna y de la tierra para tomar conciencia de las relaciones del espíritu, el alma y el cuerpo en el ser humano.  El sol es el icono del espíritu; la luna de la psiquis, el alma; la tierra, del cuerpo.  Del mismo modo que la tierra da vueltas alrededor del sol, el cuerpo gravita alrededor del espíritu.  La psiquis es satélite de nuestro globo, de nuestro cuerpo, y su luz viene del sol, el espíritu.  El hombre psíquico es lunar, ignora el Sol de justicia y confunde la luz espiritual con el claro de luna del alma, mientras que su centro de atracción sigue siendo la tierra, el cuerpo.  El hombre espiritual es solar: su vida está determinada por el sol del Cristo, su “ego” está en el Sol-Cristo, mientras que para el hombre psíquico el “ego” es carnal.  Lo psíquico no conoce lo espiritual, pero éste último conoce lo psíquico, como nos lo enseña el apóstol Pablo, y el psiquismo es sólo un complemento de la tierra.

Recapitulemos los actos creadores de la Divina Trinidad antes de considerar la creación del hombre.  Es costumbre contar doce actos creadores para la formación del cosmos, tres actos para la del hombre y, finalmente, la consumación del séptimo día.

6.  Doce actos creadores

Enumeremos los doce actos creadores, sin dar al número doce un sentido definitivo:

1) creación de la nada (Bará, repetido tres veces en los versículos 1, 21, 27);

2) calentamiento y vitalización por el Espíritu Santo;

3) las palabras hacedoras y formadoras del Verbo;

4) formación;

5) valorización;

6) diferenciación (Badal);

7) nominación;

8) coordinación (Rakya);

9) don de fecundidad transformante;

10) especificación (según sus especies);

11) significación (toda criatura es un “signo” de algo superior);

12) bendición.

Según algunos, las palabras “hacedoras” o formadoras del Verbo y la formación no presentan más que un solo acto.  En efecto, el salmista escribe: Dios dice, y ellos son; él mandó y fueron creados (148,5).  Por otra parte, cuando el Padre pronuncia el Verbo, Dios actúa solo; pero cuando leemos en el Génesis que Dios hizo o formó, vemos allí una sinergía del acto divino y de la naturaleza creada de la nada.

Según otros, hay que distinguir el mandamiento divino _multiplicaos_ de la bendición, que es la insuflación de la potencia de vida.  En la bendición actúa la Trinidad sola;  en el mandamiento de multiplicación, la naturaleza colabora.

En verdad, la enumeración de doce actos creadores no es perfecta, pero ella nos ayuda sin embargo a penetrar mejor en la multitud de manifestaciones de la Bondad divina en su obra.

Subamos ahora las gradas del atrio del templo.  Quince gradas conducían al templo de Jerusalén, ¿no habrá quince acciones divinas . . .?  Y penetremos en el último misterio, la creación del hombre, templo del Espíritu situado en la cima de la montaña.

Capítulo IX

1.  Creación del hombre

Dios (Elohim) dice: “Hagamos un hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza.

 Y dominarán el pez del mar, el ave de los cielos, el ganado, toda la tierra, todo reptil que repta sobre la tierra”.  Dios crea el hombre a su imagen, a imagen de Dios lo crea, macho y hembra los crea.  Dios los bendice y Dios les dice: “¡Fructificad, multiplicad, llenad la tierra, sometedla, dominad el pez del mar, el ave de los cielos, todo viviente que repta sobre la tierra!”.  Dios dice: “He aquí, os doy toda planta que siembra su semilla sobre toda la faz de la tierra y todo árbol que lleva su fruto y siembra su semilla es para vosotros, para comer.  Y a todo animal de la tierra y a toda ave de los cielos y a todo reptil sobre la tierra que tiene alma viviente les doy toda planta verdeante para comer”.  Y así es.  Dios ve todo lo que hace, y he aquí: ¡es muy bueno!  Y atardece y amanece: el día sexto.

                                               Genesis 1,26-31

Este pasaje nombra siete veces a Dios-Elohim, mientras que el relato de la tentación (Gen 3,1-15) pronunciará cinco veces la palabra Nahash, serpiente.

Desde el primer instante, el hombre es llamado a dar culto a Dios por los siete dones del Espíritu (Sabiduría, Inteligencia, etc.  Ver Isaías 11,2), a progresar en la Semejanza, a evolucionar del 6 hacia el 7.  El proceder de la antigua Serpiente, en cambio, es hacer retroceder al hombre hacia el 5, el estado bestial, con el astuto cálculo de ver prolongarse su caída hasta el caos primitivo.  Esta decadencia del hombre espiritual formado por Dios-Elohim (nombrado siete veces) en el hombre carnal degradado por la astucia de Nahash-Serpiente (pronunciado cinco veces), producirá en el curso de la historia a seres humanos caídos en la bestialidad, en los cuales está casi borrada la memoria de su origen adámico.

2.  El Gran Consejo

Hagamos al hombre.

La acción de la Trinidad, hasta este versículo: Hagamos al hombre, está expresada por los verbos en singular, mostrando la única Voluntad de las Tres Personas de la Deidad (hablamos de esto en el primer capítulo).

Hagamos _primera persona del plural_.  Además, el texto no dice: “a mi imagen”, sino a nuestra imagen.  Las palabras del Señor Dios-YHWH-Elohim, después de la caída: He aquí que el hombre se hizo como uno de Nosotros (Gen 3,22) confirman este plural.  Hagamos-Nuestro-uno de Nosotros no destruye la única Voluntad, la unidad de acción de los Tres, no introduce el dogma del politeísmo.  En el pasaje que estudiamos, citado al comienzo de nuestro capítulo, la traducción literal del hebreo dice un poco más lejos (exactamente como en el primer versículo del Bereshit): Dios (los Elohim) creó (en hebreo, los términos están invertidos: creó los Elohim).

Hagamos-Nuestro-uno de Nosotros revela la libertad de conciencia de las Tres Personas, entreabre el misterio del Gran Consejo.  Isaías, en la traducción de la Septuaginta, aceptada por la Iglesia, profetizando el nacimiento del Emmanuel, llama al Cristo Angel (Mensajero) del Gran Consejo (Is 9,5, capítulo epifánico).

Adoptando un lenguaje antropomórfico, Dios delibera antes de actuar, establece un plan y luego lo ejecuta.  Hagamos al hombre a nuestra imagen precede, en cierto modo, la formación del hombre, motiva esa obra maestra, le traza un camino, prevé por anticipado su meta.

El Gran Consejo nos enseña que el acto creador divino no es una emanación irreflexiva, un movimiento instintivo, una producción natural.

Distinguimos con los Padres un mundo ideal pensado por Dios y un mundo real creado por El, y el segundo está destinado a identificarse con el primero.

Los cielos nuevos y la tierra nueva, la Jerusalén celestial, la naturaleza transfigurada, el hombre deificado, la libertad gloriosa de los hijos de Dios que la naturaleza espera con gemidos inefables (Rom 8,22) preexisten en Dios.  La génesis del universo es su reflejo.

Por supuesto, no queremos decir que haya una duración en Aquél que está fuera del tiempo, y que éste, como un arquitecto, estudiara atentamente el plano antes de contruir.  Pero oponemos la sabiduría a la locura, la conciencia a la inconciencia, el poseedor al poseído, el hombre libre al esclavo.  En Dios no puede haber ni locura, ni inconciencia.  Posee todo, no es poseído por nada, ni siquiera por su divinidad.  Dios es libre, hasta de su perfección.  La locura, la inconciencia, la esclavitud se lanzan sin reflexión, ignorando el lugar adonde llegarán;  la sabiduría, la conciencia “poseen” el término antes de comenzar la ruta, su elección es libre.  La conciencia es finalista, la inconciencia, azarosa.  Allí donde la causa produce el efecto, allí está la esclavitud de lo inevitable.  Allí donde el efecto produce la causa, o el fin precede al comienzo, allí está la sabiduría.  Cuando cantamos con el Salmista: ¡Cuán innumerables tus obras, Señor, las hiciste todas con sabiduría! (Salmo 104,24) proclamamos que Dios, habiendo previsto todo, coordina todo para que, a través de las metas secundarias, el cosmos llegue a la meta primera: Dios.

El Génesis se calla sobre el Gran Consejo hasta la creación del hombre.  ¿Quiere decir esto que el hombre fue formado concientemente, de acuerdo con el plan divino, y que el resto del universo salió de la inconciencia de Dios dormido?  Tal doctrina sería impía e indigna de nuestro Dios y Señor.  El Gran Consejo, en correlación con la característica específica del hombre, sólo es revelado en la creación de este último, el sexto día.

3.  El hombre a Imagen de la Trinidad

La característica específica del hombre consiste en ser a Imagen y Semejanza de la Trinidad.

En sentido amplio, toda criatura tiene el sello de la Imagen y de la Semejanza, pero en sentido inmediato, sólo el hombre es a Imagen y Semejanza; el resto de la criatura sólo llega a ellas por su intermedio.

Podemos decir que el hombre es a Imagen de Dios, mientras que el universo es a imagen del hombre; el hombre apunta hacia la deificación, y el universo hacia la humanización.

La aparición tardía del Gran Consejo en el desarrollo del texto sagrado indica también que los designios de la Providencia sobre el destino del mundo se comunican progresivamente.  El apóstol Pablo, en sus Epístolas, hablará de los misterios ocultos desde siempre, desde hace siglos, aun a los Principados y las Potencias celestiales, los misterios que él llama también los designios y los planes eternos, que ahora se dan a conocer en la Iglesia.  Proclama que el Cristo hizo saber a los cristianos los misterios de su voluntad, sus designios benevolentes concebidos de antemano _antes de la creación_ para realizarlos cuando los tiempos estuvieran cumplidos (relean la Epístola a los Efesios 1 y 2).

En caso que, siguiendo a nuestro Padre San Ireneo, deseen penetrar en la contemplación trinitaria, aprendan que de Dios-Padre viene la Potencia, que en el Hijo está contenida la Sabiduría, y que por el Espíritu se cumplen los designios pre-eternos del Gran Consejo: Padre, Hijo y Espíritu Santo, único Dios.  Amén.

Antes de distinguir la Semejanza de la Imagen, sepamos que ambas reflejan juntas, misteriosamente, a la Trinidad.  El Génesis no dice: “Hagamos al hombre a Imagen y Semejanza de nuestra inteligencia, de nuestra potencia creadora, de nuestra libertad, de nuestra inmortalidad . . .”; ni siquiera dice a Imagen y  Semejanza de nuestra naturaleza divina.  Ningún atributo divino, ninguna virtud o energía divina, ninguna característica propia del Creador es invocada en este pasaje.  Los versículos inspirados dicen: Hagamos al hombre . . ., sin agregar ningún calificativo, es decir: a Imagen y Semejanza de nuestras relaciones divinas, de la unidad de nuestras Tres Personas, de nuestro amor recíproco de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Apenas Elohim decidió hacer al hombre a Imagen y Semejanza trinitaria, le procura la soberanía sobre el universo.  La frase continúa: y dominarán el pez del mar, el ave de los cielos, el ganado, toda la tierra, todo reptil que repta sobre la tierra.  Algunos dicen que la autoridad que el hombre ejerce sobre toda criatura muestra que es creado a imagen de Dios, pero se equivocan.  No es la autoridad lo que constituye la imagen de Dios, sino que el hombre ejerce la autoridad sobre toda criatura porque es a Imagen de Dios.  La autoridad humana tiene una “constitución”: la Imagen trinitaria.

Porque es, en tanto que es a Imagen y Semejanza de la Trinidad, recibe las similitudes de lo que es propio de Dios: la potencia, la virtud, la inteligencia, la inmortalidad, la vida, la libertad, la divinidad.  No dudemos en declarar: porque es, en tanto que es creado a Imagen y Semejanza de la Trinidad, el hombre está revestido con las similitudes de los Nombres apofáticos de Dios, participa de la inefabilidad, de lo increado, somos de su raza (Hech 17,28).

¡Cómo desearía que asimilaran esto!  La omnipotencia, la total libertad, la inmortalidad no son el Padre, el Hijo y el Espíritu;  el Padre, el Hijo y el Espíritu es omnipotencia, total libertad, inmortalidad.

4.  Pananthropos

San Ireneo, alimentado de las Escrituras, piensa que la Imagen y la Semejanza indican que el hombre es pluripersonal, polihipostático en la única naturaleza.  ¿Qué es este Hombre?  ¿Es un individuo, generador de otros individuos?  No: es el Hombre-síntesis, la humanidad entera, el Ser humano total, Pan-anthropos.

La característica propia del Pananthropos es que en él cada uno de nosotros es una hipóstasis, una persona, una conciencia autónoma, un “Yo” en la unidad de la naturaleza humana.  Y esas múltiples hipóstasis, personas, conciencias autónomas, esos “Yo”, son iguales en el interior mismo de sus irreemplazables particularidades.  Esto nos permite dogmatizar: cada hombre es la Humanidad entera y la Humanidad entera es un solo Hombre.  El pecado del Hombre destruyó en los hombres la conciencia de la unidad-multiplicidad de sus hipóstasis.  La unidad se quebró en individualidades, familias, tribus, clanes, castas, naciones, razas, escuelas, religiones, hasta la propiedad privada y el egoísmo aislante.  Las personas-hipóstasis, al degradarse, se convierten en elementos, parcelas, miembros de familias, de tribus, de naciones, de razas, etc., olvidando paradójicamente que su belleza, su inteligencia, su fuerza no son propiedad privada, sino propiedad de la Comunidad, del Pananthropos.

El Adán perfecto reclama el comunismo integral, tanto económico como espiritual, un comunismo donde la acción de cada uno es un altruismo desinteresado, libre, sin la menor compulsión.  Los primeros cristianos trataron de realizar este retorno al comunismo; relean, por ejemplo, en esta óptica, la temible historia del fraude de Ananías y de Zafira (Hech 5).

El gran sacramento central de la Iglesia es la Comunión, sacramento de restauración del Panan-thropos.  Y la demostración evangélica de esta afirmación está en las chocantes palabras de nuestro Señor, el nuevo Adán, el Pananthropos: Amen, amen, os lo digo: si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis la Vida en vosotros.  Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré el último día (Jn 6,53-54).

El Nombre preferido del Cristo es “Hijo del Hombre”, expresión hebraica del Hombre.  Jesús es el Pananthropos restablecido.  En el texto que citamos, el Cristo dice primero: Carne y Sangre del Hijo del Hombre (en tercera persona), y luego agrega: Mi Carne y mi Sangre.  Cada uno de nosotros debe decir: “Mi carne y mi sangre no son mías, sino del Hijo del Hombre; la Humanidad es mi carne y mi sangre”.

San Pablo habla del Cuerpo del Cristo; en Cristo, la multitud de cuerpos se sueldan en un solo Cuerpo, pero cada miembro _ojo, brazo, pierna_ actuará libremente, fraternalmente, hipostáticamente.

Hay una expresión escrituraria que hay que retener: en.  Jesús dice de la vida trinitaria: El Padre está en Mí y Yo en El (Jn 17).  En no es con, sino que penetra en el otro; en es más que la unidad mecánica o química.  Expresando espontáneamente la unidad, en evita la confusión y la mezcla: yo, tú, él, subsisten.  (La teología de la gramática espera su momento.  Uno de los últimos teólogos que, según mis recuerdos, trató magistralmente este tema, es el Padre Sergio Bulgakoff).

Todos pecamos en Adán: notable máxima de San Pablo.  Todos estábamos en el Hombre primordial modelado por Dios.  La tradición judía quiere que, en el instante de su formación, Adán haya tenido la visión de todas las almas que tomarían cuerpo de su cuerpo;  pretende también que toda alma, en el momento de nacer, incluye el universo entero en su mirada, pero un ángel la golpea y el alma olvida.  Lo que es seguro es que las palabras de Dios: Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y nuestra Semejanza, es decir a Imagen y Semejanza de nuestra Unidad en la distinción de Personas, nos hacen saber que, aún antes de la creación, Dios había pensado y nombrado a cada uno de nosotros.  Son los “dípticos”6 pre-eternos.

El pecado, al ahogar las hipóstasis, al desmigajar la unidad, no pudo aniquilar la Imagen trinitaria en el hombre.  Por eso nuestros sobresaltos perpetuos hacia las formas comunitarias, seguidos de revoluciones en nombre de la libertad individual; por eso nuestra insatisfacción en todas las formas sociales.

El hombre esclarecido tiene conciencia de que sólo es una parte del conjunto y que, simultáneamente, transciende lo que es común por su persona libre.  Esta antinomia poli-monista (pluralidad-unidad) esclarece el enigma del cristianismo, religión universal, social por excelencia, que lleva al extremo estos dos movimientos.  Las fórmulas intolerantes: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, “Si alguien desobedece a la Iglesia, que sea para ti como el pagano y el publicano”, predominio de la comunidad sobre la persona, y el mandamiento evangélico, de una dureza difícilmente soportable: Si no odias a tu padre y a tu madre . . . no eres digno de Mí (Luc 14,26), predominio de la persona sobre la comunidad, son los dos polos, las dos manos adversas que tensan la misma cuerda donde resuena la armonía del Pananthropos.

“Fuera de la Iglesia no hay salvación”: No puedes nada sin la Iglesia, el Cuerpo del Cristo, la sociedad de los elegidos; no puedes nada sin la unión con tus hermanos; sal de tu aislamiento para tu salvación, sumérgete, desaparece en la catolicidad.

“Si no odias a tu padre y a tu madre”, a los que están cerca de ti, perderás tu hipóstasis, tu amor único de Dios; arráncate, entra en ti mismo, sálvate, a pesar y contra tu entorno.

Hemos hablado de la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Cristo que restaura la unidad.  Es bueno recordar dos sacramentos de iniciación: el bautismo y la confirmación.  Estamos bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: la Imagen y la Semejanza trinitarias, depositados en el Hombre el sexto día, se vuelven a formar.  No estamos bautizados en nombre de un atributo divino, sino en el de las Tres Personas en un solo Nombre.  La confirmación, unción del Espíritu Santo, ese Pentecostés individual, pone el sello hipostático.

Lo que habíamos perdido, lo reencontramos.  El bautismo y la confirmación regeneran y proponen a la humanidad _según el pensamiento del filósofo ruso Feodorov (siglo XIX)_ el programa, el plan de conquista del principio trinitario.  En el siglo IV, la Immolatio de la Misa de la Vigilia Pascual del antiguo rito de las Galias pide ya al Padre que transforme las condiciones humanas en relaciones divinas.

El verdadero humanismo cristiano es la Humanidad-único-Hombre, la Imagen y la Semejanza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, único Dios.

Apenas hemos esbozado este vasto problema.  Ustedes deben ahora escrutar las Escrituras y el destino de la raza humana.  Encontrarán en todos los planos de la existencia multitud de ejemplos.  Conducidos e inspirados por el Arquetipo, encontrarán tipos imperfectos, relativos y contradictorios que habrá que superar.      

Los dípticos son tabletas o tarjetas donde se inscriben los nombres de aquéllos, vivos o difuntos, por los que se desea que se rece durante la Liturgia.  En el momento del Ofertorio, estas tarjetas son entregadas al diácono.

Capítulo X

1.  Tres ejemplos de desviación de la Imagen trinitaria

Sería bueno ahora dar ejemplos de desviación de la Imagen trinitaria.  Daré tres que se relacionan con el medio, la propiedad privada y el nacionalismo.

La literatura plantea frecuentemente el problema del medio opuesto a la personalidad: medio burgués, familiar, el medio y sus prejuicios.  Estudia las reacciones de un héroe contra la sociedad, la emancipación de la mujer, de las jóvenes generaciones, etc. . . .   Son temas particularmente apreciados y discutidos.  La literatura, aun cuando exalta la vida simple, el “medio tradicional”, sea campesino o salvaje (recordemos a Rousseau, a Tolstoi, a los románticos), extrae su pathos de la crítica amarga a la sociedad hipócrita.  Con mucho gusto participamos de esos sentimientos.  ¿Acaso la literatura flagela así a la verdadera Iglesia, “fuera de la cual no hay salvación”?  No, lo que condena es la falsa iglesia, la “iglesia opresiva”.  Curiosa constatación: en general, los revolucionarios son débiles, hipóstasis impotentes.  El Cristo no se rebela contra el medio, sino que el medio Lo crucifica; no es ni un Hamlet, ni un Don Quijote, esos angustiados por la hipóstasis.  Siguiendo a su Señor, los santos restablecen la hipóstasis; perseguidos por sus hermanos, resisten sin rebelarse.

La propiedad privada es incompatible con el comunismo integral del hombre universal.  Ella engendra el egoísmo, divide a los vecinos por procesos interminables, encadena al hombre libre a su dinero, sus bienes, su reputación.  Sin embargo, en nuestra sociedad inacabada y deformada, provee la independencia personal, libera de la subordinación material y moral.  La antinomia se plantea: independencia material, dependencia de lo material.  El verdadero cristiano acepta la propiedad privada sin depender de ella.

Las naciones y todos los grupos de hombres son ersatz de la unidad humana que dan lugar a guerras y detienen el intercambio fraternal.  Son los productos del pecado original: comparen la Torre de Babel y Pentecostés en la Liturgia.  Al mismo tiempo, su auto-determinación, su resistencia a otras colectividades opresivas colaboran en la liberación de la persona, en la especificación múltiple en el uno.  El Cristo, haciéndose bautizar en el Jordán, bautiza al Hombre total.  El Cristo ordena a sus Apóstoles que bauticen a todos.  El Cristo manda a los Once: Id, enseñad a todas las naciones, bautizándolas (Mt 28,19).  (Cuidado con las traducciones modernas, que por medio de una perífrasis anulan el bautismo de las naciones).  Y el Apocalipsis profetiza que las naciones caminarán a la luz del Cordero, que los reyes de la tierra vendrán a la Jerusalén celestial a rendirle homenaje.

Por una parte, la Iglesia no conoce naciones, ni griegos, ni judíos, ni escitas, ni bárbaros (Col 8,11) y, por otra parte, está compuesta de Iglesias locales autocéfalas y nacionales.

2.  La Imagen trinitaria en cada uno de nosotros

San Ireneo aplica la imagen de la Trinidad al hombre total, pero ella está impresa también en cada uno de nosotros.

Esperamos tratar en detalle la Imagen y la Semejanza en cada uno de nosotros ulteriormente, pero indicamos aquí que los dos mandamientos mayores de los cuales están “suspendidos” la Ley y los Profetas, el universo y su destino: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu pensamiento, y a tu prójimo como a ti mismo, ciñen de cerca nuestra hipóstasis, distinguiéndola de nuestra naturaleza.

Amarás _¡amor, palabra maravillosa!_.  Contiene la unión.  El amor une, pero encierra también la distinción entre el amante y el amado: Tú, ¿me amas?  La unión puede existir sin tú, pero no sería el amor; tú puede existir sin unión, pero no sería el amor.  En el amor, la unión es dialogal.

Los dos mandamientos nos invitan a la unión con Dios y con el mundo (el “prójimo” abarca toda criatura), con Dios a Quien amamos, con el mundo que amamos, con Dios a Quien decimos: “Tú”, con el mundo al que decimos: “tú”.  Nuestra hipóstasis se define por la enunciación de esos dos “tú” enamorados.

La ciencia estudia los fenómenos.  Es incapaz de decir a un átomo: “Tú, ¿me amas?”.  La ciencia acepta en el mejor de los casos a Dios impersonal, principio de vida, pero es incapaz de decirle: “Tú, me amas?  Aquél en quien los dos “tú” están debilitados olvida su hipóstasis, y se convierte en “yo-ego”.

3.  El hombre, síntesis y liberador del cosmos

Hemos dicho varias veces que el Artesano del cosmos, nuestro Dios bendito, distingue a fin de que los que han sido distinguidos busquen libremente su unidad.  Hicimos alusión a esto al hablar de Beith y de Alef, al hombre-síntesis.  En efecto, este último es la síntesis de lo visible y de lo invisible.

Llevados de la mano por San Ireneo, rechacemos las herejías que conciben al hombre como un espíritu en un cuerpo que es sólo la prisión del espíritu, o sólo como un cuerpo al cual se le añadió el espíritu.  El hombre no es espíritu, lo invisible (los ángeles y los demonios son espíritus susceptibles de habitar en un cuerpo); el hombre no es cuerpo, lo visible (el cosmos es visible).  El hombre no es la co-existencia de los dos, ni el templo de lo invisible, pues todo lo visible está habitado por lo invisible.  El hombre es la unión, el encuentro para la eternidad, la síntesis de los dos, las bodas sagradas de lo invisible y lo visible, de lo alto y lo bajo.  Además, el hombre resume los reinos del universo: mineral, vegetal, animal, angélico.

Los judíos relatan que Elohim tomó parcelas de todas las especies y de todos los continentes, y amasó una pasta para esculpir a Adán.  En él está el universo.  Los Antiguos lo designaron “microcosmos” (pequeño universo).  Volveremos sobre este término.

El hombre-síntesis fue a menudo tratado por los teólogos.  Ahora, trataremos de abordar otro aspecto del tema: el hombre liberador del cosmos.  Paralelamente a la marcha hacia la síntesis, vemos en la creación la marcha hacia la independencia, la autocefalía.  La piedra, adherida a la tierra, no se mueve por su propio deseo.  Una planta, retenida por sus raíces, se vuelve ya hacia el sol, sus flores se abren y se cierran.  Las patas de las bestias son raíces desatadas del suelo, animadas de movimiento propio: los animales nadan, corren, vuelan, no esperan el alimento sino que lo buscan.  Las bestias evolucionadas manifestan una vida psíquica casi humana y son capaces de hacer una elección.  De estas constataciones se pone en evidencia que una pre-conciencia, una pre-libertad, una pre-razón fueron depositadas por Dios en la materia prima.  Con el hombre, damos un salto.  El hombre es libre.  Puede transformar la naturaleza a su imagen, hasta puede cortar los lazos con su origen.  Sacado de la tierra, puede oponerse a ella; creado por Dios, puede rebelarse contra El pero también orarle.

La liberación de los elementos es cantada por el Profeta: Las montañas saltarán como carneros . . ., los árboles aplaudirán (Isaías 55,12).

El hombre, por consecuencia, tiene dos vocaciones hacia el cosmos: armonizarlo y expandirlo en la libertad.  Toda la naturaleza espera la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Rom 8,21), toda la naturaleza espera convertirse en hombre libre.

El canto de los tres jóvenes en el horno (Daniel 3,51) (el fuego del horno es la prueba escatológica, el Angel es el Verbo, el Rocío, el Espíritu Santo; el tirano confundido, el diablo; los tres jóvenes, la humanidad tri-hipostática) anuncia que las criaturas de todos los reinos, una vez cumplidos los tiempos, adquirirán la conciencia libre para bendecir y glorificar a su Creador.  Esto no puede producirse a menos que el hombre las arrastre.

4.  Microcosmos y microtheos

Los antiguos griegos llamaban al hombre “microcosmos”, pequeño universo, poniéndolo en paralelo con el “macrocosmos”, gran universo.  Y esto es verdad: el Génesis establece al hombre como último eslabón de la cadena cósmica.

El Hexamerón, a fin de subrayar su consubstancialidad con el macrocosmos, no reserva a la formación de Adán un día particular, sino que lo hace aparecer el sexto día, enseguida después del nacimiento de los animales.  De esta manera, la Revelación pone en evidencia la cualidad cósmica del hombre;  descarta la estilización espiritualista que desearía hacer de él un dios, un “fuera de la ley” natural, caído en este mundo visible.  El hombre es carne de la carne, hueso de los huesos del universo.  Ultimo eslabón de la cadena, última palabra de la creación, recapitula todos sus elementos, a imagen y semejanza del macrocosmos tanto como a Imagen y Semejanza divinas.

Notemos que el pecado, que separa el hombre de Dios, rompe la relación armoniosa con la naturaleza.  El capítulo 3 del Génesis anuncia que la tierra _después de la caída_ se hace hostil al hombre, y que la maldición se instala entre el microcosmos y el macrocosmos.  La salvación nos devolverá, por lo tanto, las relaciones con Dios y las relaciones paradisíacas con la criatura.  A través de una multitud de formas, las religiones, los ritos _tanto de pueblos primitivos como de grandes civilizaciones_, las doctrinas iniciáticas, metafísicas y soteriológicas buscan a lo largo de la historia la concordancia entre el hombre microcosmos y el macrocosmos.  Los naturistas modernos son sus ingenuos imitadores, y los eminentes astrólogos se inspiran de ellas para comunicar sus consejos.

Esta restauración anima tanto a la Biblia como a la Iglesia, pero a menudo los cristianos no se dan cuenta.  Ella se manifiesta por su calendario solar y lunar, su culto nocturno y diurno, su plegaria al atardecer y al amanecer, su bendición de los elementos, su simbolismo arquitectónico, iconográfico, ritual, etc. . . .

Podemos afirmar que el 90% de las religiones son ántropo-cósmicas, pero el Génesis, al decir: Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y Semejanza afirma que el hombre es microcosmos frente al macrocosmos, pero también “microtheos” _pequeño dios_ frente al MacroTheos _Dios grande_.

La liturgia de San Juan Crisóstomo, después del Canon Eucarístico, presta al presbítero la siguiente y significativa bendición: “Que las misericordias del Gran Dios, nuestro Señor JesuCristo, sean con vosotros”.  Nuestro Salvador JesuCristo es llamado “Gran Dios”.  San Juan Crisóstomo se inspira de la Epístola de San Pablo a Tito: Esperando la bienaventurada esperanza y la aparición gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador JesuCristo (2,13) (precisemos que el griego se sirve aquí de una expresión idéntica a “macros”: tou megalou Theou.  El misterio eucarístico restablece nuestra dignidad divina, la comunión nos hace “microtheos”.

Habiendo proclamado su consubstancialidad con el Padre, Jesús recuerda a los fariseos que quieren lapidarlo por esta supuesta blasfemia: ¿No está escrito en vuestra Ley: “Dije: Sois dioses”? (Jn 10,34).  Más lejos precisa (v.35) la diferencia entre los dioses y Dios:  El es el Hijo de Dios, Unico con el Padre, mientras que los hombres son dioses.

Dije: Sois dioses, hijos de Dios es una frase que se encuentra en el misterioso Salmo 82, que comienza por: Dios preside la asamblea de Dios, juzga en medio de los dioses.  Este salmo debería ser escrutado enteramente para ilustrar las relaciones entre “microtheos” y “Macrotheos”.

Los Salmos cantan: El gran Dios, Señor, por encima de todos los dioses (Salmo 95,3), El es el gran Dios, más temible que todos los dioses (Salmo 96,4), El Señor es grande (Salmo 99,2), Señor Dios mío, eres muy grande (Salmo 104,1), y en un transporte de alegría, el gran Hallel clama: Confesad al Dios de los dioses, ¡su Gracia es eterna!  Confesad al Señor de los señores, ¡su Gracia es eterna! (Salmo 136,2-3).  El Hallel se inspira en el Deuteronomio (10,17): Dios ordena: Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis vuestra nuca, pues el Señor vuestro Dios es Dios de dioses, Señor de señores, el Dios grande.

Por cierto que los dioses, los “microtheos”, no son dioses por naturaleza.  Su origen es “nada”.  Elilim _nada_, dice el Salmo 86 en hebreo.  Son dioses por participación, por gracia.  Son dioses en plural, mientras que Dios es Dios en singular.  Son dioses por imagen y semejanza, El es Dios por esencia.  El Hijo de Dios es consubstancial al Padre, homousion; los hijos de Dios son semejantes-substanciales: homoiusion.  Pero, como dice el apóstol Pablo: La plenitud de la divinidad habita en el hombre.

El hombre es doble, microcosmos y microtheos, a imagen del cosmos y a Imagen de Dios.  La Biblia sugiere la imagen cósmica y proclama la Imagen divina con el fin de enseñarnos que la armonía entre el hombre y el universo es condicionada por la del hombre y Dios, por la obediencia hacia El.  Contrariamente a la opinión más difundida, si queremos reducir nuestro conflicto con la naturaleza, debemos primero volvernos hacia Dios.  La hostilidad de la tierra es un efecto de la desobediencia adámica.

Capítulo XI

1.  Imagen y Semejanza

Ha llegado el momento de hablar de la Imagen y la Semejanza.

El Gran Consejo decide hacer el hombre a su Imagen y a su Semejanza; el Gran Consejo profiere los dos términos, mientras que en el relato de la creación del hombre, la Semejanza está ausente: Dios creó el hombre a su Imagen, a Imagen de Dios lo crea.

¿Habrá Dios ejecutado la mitad de su proyecto, creado el hombre a su Imagen y renunciado a hacerlo a su Semejanza?  Tal suposición es impía.  Nuestro Dios no duda, nunca se queda sin recursos en su labor.  ¿Es entonces por una preocupación de estilo literario que la Biblia emplea Imagen y Semejanza la primera vez, e Imagen solamente la segunda vez, pues los dos términos son para ella idénticos?  Tal suposición sería profanar la Escritura inspirada.  La razón de este misterioso silencio es otra cosa.

La omisión de la palabra “semejanza” en el acto creador de los Elohim (v.27) nos inicia en la característica propia de la Semejanza.

La Imagen es imborrable en el hombre, un sello ardiente que marca nuestra naturaleza.  Ella es, nada puede cambiarla.  Dios dice, y así es.

La Semejanza no es impuesta a la naturaleza.  Es una virtualidad ligada a la libertad, que prevé el esfuerzo y la iniciativa humanas.  El hombre puede ser más o menos semejante, no puede ser más o menos a la Imagen.  La Semejanza puede caer en la desemejanza, o conseguir la “muy Semejanza” (expresión eslava para designar a los santos).

El acto de Dios es omnipotente, nadie puede levantar una barrera ante la voluntad divina.  Admitamos que el Génesis hubiera escrito: “Dios creó al hombre a su Imagen y Semejanza, a la Imagen y a la Semejanza de Dios lo creó”.  Resultaría así que la Semejanza, como consecuencia de la omnipotencia del Creador, sería inamovible en nosotros, hubiera perdido la misión de proponerse a nuestra libertad.

La Semejanza está implícitamente en la Imagen, pero surgida de la Predestinación, de la Providencia, de la Previsión del Gran Consejo y no de la Omnipotencia creadora.  La Predestinación, la Providencia, la Previsión divinas mantienen en suspenso la Omnipotencia de Dios.  Ellas se conforman misericordiosamente a los estados evolutivos o regresivos de la humanidad, con miras a su deificación.  Por eso la palabra “Semejanza”, pronunciada en el coloquio, está omitida en el acto creador.

Los Padres nos legaron esta fórmula lapidaria: Dios nos creó sin tener en cuenta nuestra voluntad, pero no puede salvarnos sin nuestro consentimiento.  La Imagen sale de una única voluntad divina, la Semejanza se apoya en la sinergía de las dos voluntades, divina y humana.  Los Padres nos enseñan también que la Palabra crea la naturaleza y el Silencio el espíritu libre.

La Imagen es la base, el punto de partida; la Semejanza es la cima, el punto de llegada.  La Semejanza sólo irradiará plenamente en el hombre cuando los tiempos se cumplan.  La Imagen puede ser más y más semejante, la Semejanza es la perfección de la Imagen.  La Imagen es lo divino en nosotros; la Semejanza, nuestra deificación.  La Imagen nos muestra el “cómo” del universo, la Semejanza el “porqué”.  La Imagen trinitaria reside en la profundidad humana, la Semejanza en el pensamiento trinitario que podemos alcanzar por la gracia y la libertad.

La Iglesia patrística insistió vivamente sobre la distinción entre Imagen y Semejanza, pero la teología escolástica y las escuelas teológicas modernas la han descuidado.  Actualmente, la mayoría de los comentarios de la Escritura la ignoran, causando confusión e inexactitud en la antropología cristiana.

Cuando estudiemos juntos el segundo relato de la creación, veremos que además de la Imagen y la Semejanza divinas, Adán recibe el Espíritu de vida.  A la luz de este relato, Imagen y Semejanza adquirirán todo su valor.  Por el momento, atraigo solamente la atención de Uds.  sobre el hecho de que la palabra “imagen” es empleada tres veces, una vez en el versículo 26, dos veces en el versículo 27.

La palabra “creó” es empleada tres veces en el versículo 27, dos veces aparejada a la Imagen y una vez a la característica macho-hembra del ser humano.

Si tomamos la pareja “imagen-creó”, tendremos:

 

Imagen sola

creó . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . imagen

imagen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . creó

creó solo

 

En esta figura geométrica de la creación del hombre, la Imagen sola está en lo alto, en el pensamiento divino, la Imagen pre-eterna.  “Creó” sola (macho y hembra los creó) está abajo de la figura geométrica, vuelta  hacia el mundo.  Entre estas dos extremidades, tenemos dos parejas intermediarias, dos Adán; el primero es el hombre creado a la Imagen de Dios (Adán), el segundo es la Imagen de Dios-hombre, el Cristo.  Nuestro Señor es la Imagen de la Gloria inaccesible hecha hombre, mientras que el primer hombre es una criatura formada del fango sobre la cual Dios imprimió la imagen de su Gloria inaccesible.

2.  Dios crea al hombre “macho y hembra”

El ser adámico _notemos que el nombre de Adán todavía no resonó_ no pertenecía a uno u otro sexo, sino que era andrógino.  Macho-hembra, reúne las cualidades de los dos.

El problema del eterno masculino y del eterno femenino es rico.  No les haré una larga enumeración: sol macho y luna hembra, inteligencia macho y sentimiento hembra, par e impar, color macho y color hembra . . .   Esta distinción se produce, sin embargo, en todos los terrenos, dualismo abundantemente explotado por los filósofos, el esoterismo, la Kabala, etc.  Esta distinción sexual, sea astral (sol-luna), numérica (par-impar), filosófica (inteligencia-sentimiento, o incluso activo-pasivo) donde el elemento hembra aparece pasivamente tendido hacia el elemento macho activo, engendra una lista infinita de la que sólo hemos evocado algunos elementos.  Esta lista merece una aclaración.  Es evidente que, en este enfoque, macho y hembra están separados.  En el ser adámico, están unidos en una misma entidad.

La lengua francesa, desgraciadamente, no conoce un término que designe al ser humano, hombre-mujer más allá de los sexos7.  El griego tiene anthropos, el alemán Mensch, el ruso tcheloviek.  Esta deficiencia del francés contribuyó psicológicamente al desarrollo de una literatura donde el problema de los dos sexos se plantea demasiado a menudo.

Tres etapas sucesivas conducen a la división de Adán en macho y hembra:

1) Dios creó al hombre “macho y hembra”, una unidad; ni macho ni hembra sino los dos juntos: el andrógino.

2) Dios, durante el sueño de Adán (capítulo 2), lo separó en dos: el hombre y la mujer, Adán y Eva.  El Creador los nombra: ish e isha, varón y “varona”.

3) La caída original acentuó, diría, los defectos de cada sexo.  La mujer aprende el sufrimiento del parto, el deseo, la tensión y la sumisión al hombre; este último entra en lucha con la naturaleza, pena, obtiene su pan con el sudor de su frente, se inclina, se curva hacia el suelo, porque es polvo y volverá al polvo.

Estas especificaciones de los sexos pueden aplicarse indiferentemente al ser humano.  Así, encontraremos los dolores del parto en un creador.  El pintor, el compositor, el padre espiritual están dominados por su amor, portan su obra, vueltos hacia ella con pasión, tan impetuosamente como una joven enamorada de un joven que quizás se le escapa.  La mujer es totalmente conquistada por el hombre, que a su vez nunca se entrega plenamente.  Estas reacciones no son ontológicas, sino desviaciones, y lo mismo ocurre con toda reacción pasiva-activa del macho o de la hembra.  Son sólo consecuencias del pecado.

La masculinidad, repito, se descubre en la hostilidad de la naturaleza con respecto al hombre.  Las zarzas, las hierbas malas, las inundaciones, los vientos, etc., obligan al hijo de Adán a luchar para “domar la materia” resistente, sea tallando la piedra, sea labrando el suelo o manejando ideas.  También las ideas, cuando se las quiere introducir en la humanidad, encuentran una resistencia “terrena”.  Los hombres no son sólo malos o testarudos, las intrigas y las incomprensiones no siempre reinan, el diablo no es el único que detiene todo movimiento: las ideas chocan contra la pasividad en sí, la pasiva “tierra” del hombre en pecado.  Mover, destruir los prejuicios, “poner en baile”, como decía Pascal, corresponde a la labor de la tierra más ingrata.

El hombre debe adquirir su musculatura al sudor de su frente, el macho debe “sacarle” su lugar al sol.  Esta masculinidad, como su par femenino, no son iniciales, sino endurecimiento, caricatura dibujada por el pecado original.

Si queremos analizar el aspecto macho-hembra, sol-luna, par-impar, etc., es necesario deshacernos primero de los elementos aportados por la primera caída.

Desgraciadamente, la mayoría de los libros iniciáticos ignoran y no distinguen ya entre el macho-hembra primordial, Adán andrógino, del Adán separado: Adán y Eva, y lo que es su caricatura.  No conciben a Adán y Eva o la creación de antes de la tentación.

El Patriarca Sergio de Moscú, en su respuesta al teólogo Sergio Bulgakoff caído en la trampa, notó muy bien que la noción activo-pasivo, activo-macho y pasivo-hembra son ya una desviación arraigada en el deseo, la subordinación punitiva de lo femenino a lo masculino.

La Iglesia superó esta debilidad en el rito de esponsales.  La antigüedad subordinaba la mujer al hombre; la novia era vendida, comprada, capturada.  El rito judío de los esponsales hace girar a la mujer alrededor del hombre.  El rito de los esponsales cristianos, basados en el libre consentimiento de las dos partes, hace girar a los novios alrededor del Evangelio.

Todo el trabajo de un presbítero en el terreno espiritual y pastoral no consiste en suprimir la masculinidad y la feminidad en el hombre, sino de enseñarle a discernir y rechazar las caricaturas del macho y de la hembra.  El culto del trabajo enérgico o de la intuición son errores.

Guénon lo define con bastante acierto cuando establece la diferencia entre la iniciación y la mística.  Fue uno de los primeros en distinguir el misticismo de la iniciación, rastreando en el misticismo, en efecto, religiosidades basadas en un placer pasivo, donde el hombre se deja dominar por Dios, por la gracia . . .  En cambio, encontramos a menudo un humanismo o ascetismo macho, fijo, endurecido por la dominación.  Subordinación, dominación, puertas abiertas sobre diversos problemas que están fuera de mi tema actual.  Retengamos simplemente que para poner de relieve el auténtico aspecto macho-hembra, debemos proceder a nuestra purificación interior, combatir nuestro subconsciente que se infiltra en nuestro conocimiento, no mezclar los planos ni proyectar las cosas inferiores e impuras en un plano que les es superior.

Cuando se encuentren, a lo largo de su vida, frente al diálogo macho-hembra, comiencen por un trabajo de poda interior;  no cubran con impulso psíquico un pensamiento de Dios.

El andrógino, ese ser ideal, prototípico, Adán, no tenía de ningún modo una naturaleza doble, macho y hembra.  Más bien era supra-sexual.  Cuando digo “supra-sexual”, quiero decir que los elementos masculino-femenino eran complementarios, superados, unidos en un estado.  Este estado reaparece en la santidad, que siempre es superación de lo macho-hembra.  Una santa muestra cualidades masculinas: inteligencia, claridad, firmeza, organización; un santo posee intuición, sensibilidad, dulzura, cualidades despreciadas por un macho-caricatura.  Examinemos el calendario de los santos: ya no hay ni hombres ni mujeres, sino andróginos.  Teófano el Recluso y los Padres de la Iglesia lo cantaron en algunas páginas magníficas.

¿Qué quiere decir nuestro Señor cuando dice: Seréis como ángeles?  No dice: Seréis ángeles, sino como ángeles, es decir, andróginos.  Ya no habrá más mujeres en búsqueda desesperada de hombres, ya no habrá hombres ávidos de dominar a las mujeres; sólo hipóstasis, personas no asexuadas (desprovistas de sexo) sino que superaron esos sexos en una unión de los dos.  La plegaria de la Iglesia, cuando pide que vivamos según el espíritu y no según la carne, contiene ya esta superación sexual, psicológica y psíquica.

La pena, el sudor de la frente, es una inferioridad.  Recuerden las palabras del Verbo: Mi yugo es bueno y mi fardo liviano (Mt 11,30).  El trabajo se cumplirá sin esfuerzo y sin dureza.  El espíritu libera de la pesadez masculina y desliga de la sumisión femenina.  El parto se realizará con alegría.

Es curioso constatar que toda la Liturgia se apoya sobre esta certeza; ella no es ni macho _detentora de poder_, ni hembra _extática_.

La unidad perfecta no puede existir sin unidad en el principio.  Si esta unidad estuviera en la naturaleza o el pensamiento solamente, por ejemplo, poseeríamos algo en común, pero no seríamos realmente uno porque lo somos sólo en el principio; la diferenciación de sexos o de individuos desapareció, la unidad de la humanidad está restaurada en Adán arquetipo.  Allí debemos encontrar la explicación de esta palabra: Hemos pecado en Adán.  La individualización, la hipostatización de cada ser no le quita su unidad profunda con el arquetipo-Adán.  Las apariencias de la humanidad, hasta ahora, son múltiples; en realidad, cada uno de nosotros es andrógino y, al mismo tiempo, es ese “Adán”.

A la luz de este androginado, plenitud del hombre macho-hembra, unidad humana, observemos muchos acontecimientos de nuestra historia.

Ya dije que los santos y las santas reúnen, no corporalmente, las cualidades de los dos sexos, pues están en marcha hacia el androginado.  Pero en el proceso de la humanidad ocurre otro fenómeno: cuando la masculinidad se afirma _el hitlerismo_, o la feminidad _el romanticismo_, se produce una mezcla que desemboca hasta en casos de cambio de sexo.  Consecuencia de una búsqueda de superación.  Por supuesto, no son mejoras.  Estos tanteos falsean la armonía.  Sin embargo, no gritemos:  ¡Alarma!  ¡La sociedad se pierde, la tradición muere, la mujer ya no está en su casa, ella imita al hombre, etc. . . .!  La situación es mucho más compleja.  La mujer en su casa, el marido que vuelve y da órdenes no constituyen un modelo perfecto: reflejo de un equilibrio, de un orden de “después” del pecado original, son tan relativos como tantas leyes positivas adaptadas a las diversas épocas.

El trastorno del siglo XX destruye quizás la antigua armonía.  En todo caso, no es cristiano; es un trastorno de las sociedades tradicionales con minúscula (patriarcado, matriarcado).  El ser inicial, adámico, no ha sido tocado.  Estas torpezas, estas tentativas son normales.  Uno de los logoi del Cristo nos dice que al final de los tiempos, cuando el Evangelio haya sido predicado en todas partes, cuando los trastornos cósmicos hayan sacudido nuestro planeta, las cosas visibles se harán invisibles y las invisibles, visibles; los hombres se volverán como mujeres y las mujeres como hombres, pues el androginado sólo puede realizarse en el siglo venidero.

Velemos pues, y no nos desesperemos.  Los tanteos, las dudas, hasta las desviaciones preceden a la verdad.  Desgraciadamente, estamos mucho más influidos por las pequeñas tradiciones que por la Tradición, tan a menudo olvidada.

[7]      La misma deficiencia se encuentra en la lengua castellana.  (Nota del Traductor)

Capítulo XII

1.  Dios los bendice

La bendición, como la imposición de manos, detentan la transmisión de un poder.  Está ligada a los gestos de la mano: las dos manos posadas sobre la cabeza, como en la absolución, el signo de la cruz para los cristianos, la mano que bendice a través del espacio . . .

La mano es el gran símbolo humano de la Mano divina, de la “Diestra” de Dios.  Frecuentemente, la Biblia dice: La Diestra de Dios es poderosa, la mano de Dios está sobre mi cabeza, la mano de Dios me protege, la mano de Dios me guía, forjó al hombre con sus manos, etc.

La mano del hombre transmite la potencia y el poder.  Así, levanten la mano y piensen: Que Dios lo bendiga.  Sentirán inmediatamente que una irradiación se escapa de la mano, a tal punto que si separan los dedos, la mirada atenta podrá ver en espíritu los rayos que se desprenden de ellos.

Sin duda, la mirada transmite también, pero ustedes saben que la mirada quema.  Su virtud es tan fuerte que debemos retenerla en nosotros más que exteriorizarla: es una acción impúdica hipnotizar o subyugar por la mirada.  El Cristo nos previene que la mirada es el espejo del alma.

La vida da una potencia sin comunicar la vida interior.  Por esta razón, los hombres espirituales, a menudo, no miran o bajan los ojos, pues no quieren imponer involuntariamente su pensamiento.  Yo mismo constaté lo siguiente: cuando miraba a mi interlocutor diciéndome interiormente: “Amigo, te amo”, en el sentido cristiano y espiritual, cada vez éste exclamaba: “¿Por qué me mira usted así?  Me da miedo”.  Mi mirada contenía la potencia del amor y comprendí que mostraba algo que por naturaleza debe quedar oculto.

Es raramente posible mirar los ojos en los ojos.  Los visionarios como Moisés, o Lázaro que había visto el infierno, se velaban los ojos, Lázaro con un capuchón y Moisés con un velo sobre su rostro, pues su mirada era insoportable.

No cerramos los ojos sólo para evitar la distracción y las constataciones inútiles, sino porque la mirada puede ser indiscreta.  Una madre dirá a su hijo: “Mírame a la cara”, y el niño, por instinto, mirará hacia otro lado.

Es verdad que los ojos son a veces máscaras.  Algunos mentirosos tienen la mirada franca y algunos criminales, cándida, mientras que hay gente honesta que tiene pupilas turbadas por la duda.  ¡Hay una ciencia en la mirada!  Está la mirada desagradable de los falsos místicos, cuyos ojos son luminosos con un sutil velo lechoso.  ¡Cuidado!  Apenas distingan esta mirada lechosa, huyan de ese ser en el terreno espiritual, pues es un “maestro” peligroso; su mirada denota infaliblemente una actitud interior ligada a la impureza, a la vanidad, a la ilusión.  El que evoluciona en las ilusiones y la satisfacción de una atmósfera artificial puede tener aspecto de bueno y luminoso: mírenlo fijo a los ojos y descubrirán entonces que lejos de ser la luz del sol, se trata de una claridad lunar, recubierta de una nube imperceptible.

Usen su mirada con inmensa reserva.

La mano, por el contrario, es un instrumento maravilloso.  Un apretón de manos, dado calurosamente, devuelve la fuerza a un miserable y disminuye su desesperación.  ¿No se dice acaso: “dar una mano”?  (Lo contrario también es cierto.  Los apretones de mano son a veces terribles, secos, morales, blandos, indiferentes, despreciativos, odiosos).

El gesto de la mano está impregnado de virtud y salva.  ¡Cuántas veces es difícil consolar a un hombre crispado o rebelde!  La mano se apoya sobre el hombro o sobre el brazo, y provoca un shock benéfico, difundiendo una fuerte dulzura.  Miren a un desdichado a los ojos, y obtendrán en general una reacción catastrófica.  A los animales no les gusta la mirada del hombre, y apartan la suya, incapaces de sostener, de reflejar nuestra vida interior.

La mano es poder o transmisión de un poder.  Simbólicamente, el dedo de Dios, la mano de Dios, la diestra de Dios manifiestan su voluntad actuante.  Es terrible caer entre las manos de Dios (Heb 10,31), dice el apóstol Pablo, citando el Deuteronomio; es temible ser tomado por esta mano y conducido adonde no se quiere ir.

Es por la mano que el hombre bendice, es por la mano que maldice.  Una de las danzas más antiguas de todas las tradiciones es ejecutada con los dedos y las manos.  Las señales de la cruz en la Liturgia, con los dedos plegados de tal o tal manera, encarnan tal o tal dogma, imitan los movimientos de alas de los ángeles.

Dios, según cuenta el Génesis, bendijo a Adán y Eva.  Luego, habiéndoles conferido la potencia y dirigiéndose a su libertad, les ordena: ¡Fructificad, multiplicad, llenad la tierra! (Gen 1,28).

Esta bendición es el sacramento primero y universal.

La bendición, para san Ambrosio, es más grande que la naturaleza, ya que la transforma.  San Juan Crisóstomo, comentando el misterio eucarístico, cita esta frase e insiste sobre la virtud de la Bendición y de la Palabra: aquélla da la potencia divina y ésta informa la materia.

La Tradición, basándose en la bendición divina, enseña que el nacimiento de un niño no es sólo la obra de los padres, sino una gracia del Espíritu Santo, un sacramento.  La mujer, para San Pablo, es santificada por la maternidad.

La Iglesia, junto al sacramento del nacimiento espiritual, el bautismo, rodea el nacimiento natural de ritos sagrados de purificación y de santificacíón, en unión con la tradición universal.

Bendecir, santificar, consagrar, transformar . . ., son términos diversos que expresan la virtud actuante del Espíritu Santo.

El primer sacramento es el de la abundancia, de la multiplicación, de la expansión, del estallido.  Esta propiedad se extiende a todos los otros sacramentos.  La ley de la naturaleza es asimilable a un círculo, un pimpollo; el sacramento lo abre y lo hace florecer ante la Faz del Altísimo.

2.  Fructificad, multiplicad, llenad la tierra

Las estadísticas modernas están desesperadas.  Hay demasiados hombres en la tierra y si, además, los seguros familiares, el principio de las familias numerosas _China, India_ se mezclan a esto, ¿adónde iremos a parar?  Dentro de poco, el globo terráqueo será insuficiente.  ¿No debemos, por el contrario, tomar medidas para que la humanidad se estabilice?  ¿Tendremos suficiente alimento, alojamiento, espacio para los niños?  ¿Podremos procurar a los hombres la posibilidad de vivir?  Y todavía nosotros tenemos el privilegio de morirnos, pero cuando el Génesis cuenta: Dios los bendijo y Dios les dijo: Fructificad, multiplicad, llenad la tierra, la muerte no había entrado en el mundo.  El divorcio, los matrimonios desdichados, los solterones y las solteronas, los monjes y las monjas no estaban previstos, pues Adán y Eva eran vírgenes, padre y madre al mismo tiempo.  Esta multiplicación, protegida por la bendición divina, podía desarrollarse excesiva y rápidamente, pues el mandamiento divino se extendía tanto al hombre como a los animales.  ¿Veía Dios que nuestra tierra bulliría de seres después de algunos miles de años _el número poco importa_ a la manera del subterráneo en las horas pico, con los hombres pegados unos a otros?  Es cierto que este deseo de Dios es sorprendente.

Tratemos de responder a esta inquietud.

1) Antes del pecado, el hombre no estaba sometido al espacio.  ¿Cómo lo sabemos?  Por el ejemplo del cuerpo glorioso del Cristo resucitado.  El cuerpo glorioso de nuestro Señor, de materia sutil y transfigurada, atravesaba las puertas y estaba presente simultáneamente en varios lugares.  Cometemos un error cuando creemos que el espacio actual es el espacio esencial y ontológico del mundo creado; este espacio está deformado y deriva del pecado.  El cuerpo espiritual está más cerca, por sus cualidades, del pensamiento humano que de nuestro cuerpo.  ¿Notaron ustedes que el cuerpo glorioso del Cristo no conoce el espacio, que es visible o invisible, reconocible o irreconocible a voluntad?  ¡Es muy extraño!  María Lo toma primero por el jardinero.  El no Se impone, pues no está limitado por el espacio.  Ustedes constataron que podemos desprendernos mentalmente de nuestro cuerpo e irnos a otro lugar: existe pues una cierta corporeidad susceptible de seguir nuestro pensamiento, aunque nuestro cuerpo físico permanezca inmóvil.

El problema del espacio no se planteaba.  San Simeón el Nuevo Teólogo vio en una de sus contemplaciones que en el mundo transfigurado viven simultáneamente la semilla, el roble en toda su belleza, los postes que de él provienen, las estatuas esculpidas por el hombre en esos postes.  Del mismo modo, en el estado paradisíaco, seremos niños, adultos, viejos, sin estar determinados por un rostro de nuestro ser.

No sólo los árboles serán transfigurados, sino también las obras del hombre, las obras maestras que habrá extraído de ellos por la labor de sus manos.  Poseeremos una captación total en el tiempo y el espacio.

2) Sea en el mundo transfigurado o en nuestro mundo condicionado por la mortalidad y la limitación espacial, la ley del “número predestinado”, como lo designa la Tradición, subsiste.  La multiplicación se detendrá.

Es bueno compenetrarnos de este pensamiento: toda cosa creada tiene un “techo” que nos parece ilimitado desde el punto de vista de las cifras.  Ahora bien, allí donde hay cuenta y cifra, no hay ilimitación, sino un número-”techo”.  Ese número debe ser cumplido, y hasta allí la humanidad se multiplicará.

Por otra parte, el mandamiento de multiplicación y de fecundidad es una voluntad divina de sinergía.  Dios quiere que el hombre coopere libremente con El, que complete libremente el número fijado para la humanidad.  Si mañana nace el niño que completa ese número, en el mismo instante ya ningún ser se reproducirá.  Esto ocurrirá, ¿pero cuándo?

Los científicos constataron un fenómeno muy curioso: una especie animal se propaga rápidamente y, de pronto, se detiene en seco.  Recientemente, se citaba el caso de una lombriz devoradora de viña que, después de haberse difundido en una progresión geométrica espantosa, imposible de controlar, de golpe y sin causa aparente, dejó de desarrollarse y, después de cierto tiempo, el crecimiento recomenzó.  Tenemos una curva de progresión cortada por detenciones.  En la historia de la humanidad, vemos ciertas razas, ciertos tipos de hombre que progresan y desaparecen casi completamente.  Me pregunto si la raza negra no es una antigua gran población en decadencia a punto de renacer, y si ciertos tipos de hombre, como el egipcio, por ejemplo, no desaparecieron para siempre.

Es evidente que el número creciente de hombres provoca problemas, pero no nos inquietemos demasiado.  Cuando el número era menor, los sin-techo estaban tan mal alojados como ahora, o quizás peor.  En la Edad Media, las ciudades eran muy reducidas.  Hace 200, o hasta sólo 100 años, en la época de Victor Hugo, ¡cuántas cloacas se esparcían por las calles parisinas!  Yo mismo he conocido las llamadas “zonas” de París, actualmente desaparecidas.  Los suburbios monótonos, sin belleza, son palacios comparados con los tugurios donde las familias se amontonaban.  Hubo pueblos enteros que vivieron de pan y agua durante siglos.  No estoy hablando de tribus del desierto o algunos campesinos de una aldea desheredada, sino de las aglomeraciones urbanas.  Hoy, en que el número de almas es muy superior, el problema sigue siendo el mismo, y sin embargo es menos agudo que en las épocas sin estadísticas.

Sabemos por el Evangelio que 153 culturas o tradiciones consumarán el número; 153 tradiciones esenciales deben pesar en las redes de los pescadores apostólicos.

Fructificad, multiplicad, llenad la tierra.  ¿Por qué es ése el primer mandamiento dado al hombre por Dios?  ¿Por qué no ordenó primero: “Perfeccionaos, haced una elección, no tratéis de ser numerosos sino semejantes a Mí”?

¿Por qué desea Dios esta desbordante e inútil multiplicación de seres, similares unos a otros? ¿Por qué no ordenarles: “Escribid una hermosa canción, un poema único y perfecto”, en lugar de decirles, en cambio: “Escribid, escribid volúmenes, multiplicad”?

¿Cuál es el sentido de esta búsqueda de cantidad más que de calidad, la razón de esta disposición divina?  Pensamiento curioso, en verdad, para una mentalidad aristocrática; inesperado para los que aspiran a la perfección.  ¿Acaso no podemos decir: “¡Qué me importan las masas!  Yo me elevo” . . . ?

Cuando yo era niño, yo pensaba como Dios en el Génesis . . .  Confieso que había decidido que sería un poeta genial cuando hubiera escrito 62 cuadernos.  Escribí 62 cuadernos de versos y no soy un poeta genial, y perdí los cuadernos.  Sí, los 62 cuadernos no hicieron la calidad, pero gracias a ellos algunos versos fueron logrados.

Este mandamiento significa que la base de todo, de todo esfuerzo, es la gratuidad y un espíritu de despilfarro.  Contemplen la naturaleza, el árbol: lanza inútilmente una enorme cantidad de semillas, y sólo crecerán diez retoños.

Sed fecundos.  En primer lugar, el Creador pide a la naturaleza que sea despilfarradora, fecunda; que esparza sin contar.  “Yo conozco mi número, no te inquietes, criatura mía.  Sé un banquero que dice: doy, doy y doy;  un dueño de casa que recibe sin cesar a nuevos húespedes en su banquete: ¡entren, amigos míos!”

Este primer mandamiento prepara la unión con Dios que se realizará más lejos en la segunda génesis, pero la base es la fecundidad sin cálculo.  Fecunden, multipliquen las posibilidades de socorro, de acción, como la naturaleza multiplica los tilos y los gatitos, sin saber por qué, sin siquiera pensarlo.

Notamos ya una noción que encontraremos a lo largo del Génesis.  El primer mandamiento no hace ninguna alusión a la propiedad, ni siquiera a la de los padres con respecto a los hijos.  Es probable que una madre de muchos niños vea que su instinto de propiedad maternal se debilita automáticamente . . .  Recuerdo a una mujer notablemente piadosa: amamantando a su hijo mayor decía la plegaria perpetua de Jesús, para que el alma del bebé

recibiera el alimento espiritual mientras los labios recibían la leche.  Además, habiendo seguido cursos de puericultura, usaba para el aseo del bebé ciertos polvos elegidos en negocios especializados.  El segundo niño todavía tuvo derecho a la plegaria, pero a menos cantidad de científica higiene;  el tercero sólo tuvo acceso a la ternura, el cuarto a alguna paliza cuando se ponía insoportable.  Esta madre ejemplar llegó a reclamar el socorro del marido, a veces.  La plegaria de Jesús había sido abandonada . . .

El mandamiento divino suprime toda posesión.

Por el contrario, den la vida, multipliquen.  Dios vigila.  Es una orden destinada al hombre natural, no deformado por el pecado.

En él se refleja ya la naturaleza del Dios fecundo, que sin contar crea el universo, los planetas, las estrellas, por generosidad y gratuidad, pues en Dios están la vida, el movimiento y el ser.

Capítulo XIII


Dios dice: “He aquí: os doy toda planta que siembra su semilla sobre toda la faz de la tierra, y todo árbol que lleva su fruto y siembra su semilla; es para vosotros, para comer.  Y a todo animal de la tierra y a toda ave de los cielos y a todo reptil sobre la tierra que tiene alma viviente, les doy toda planta verdeante para comer.  Y así es.  Dios ve todo lo que hace.  Y he aquí: ¡es muy bueno!   Y hubo una tarde y hubo una mañana: el día sexto.

                                             Génesis 1, 29-31

1.  Sobre la alimentación

La humanidad fue vegetariana hasta el diluvio.

Después del diluvio, Dios bendice a Noé y establece el nuevo orden en el mundo:

Fructificad, multiplicad, llenad la tierra, sed el temor y el espanto de todos los animales de la tierra y de todos los pájaros del cielo (comparemos con la amistad de Adán y los animales), como de todo lo que repta en la tierra y de todos los peces del mar; fueron entregados en vuestras manos.  Todo lo que se mueve y posee la vida os servirá de alimento: os lo doy como os di la hierba verde.  Pero no comeréis la carne con su alma, es decir la sangre.

                                             Génesis 9,1-4

 

Aún en los tiempos apostólicos, la carne debía ser vaciada de su sangre:

El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros más cargas que éstas indispensables: absteneros de carnes inmoladas a los ídolos, de sangre, de carnes estranguladas y de la impureza. 

                                             Hechos 15,28-29

 

La carne debe ser kasher, como dicen hasta hoy los judíos, porque la sangre es la vida y el alma de las criaturas.

Una de las consecuencias del pecado original es la animosidad entre el hombre y la tierra: esta última hace brotar zarzas y hierbas malas y resiste al trabajo humano.  Pero no se hace ninguna alusión a las bestias feroces que puedan devorar al rey destronado.  La tragedia entre el hombre y los animales de todo tipo, desde la pulga hasta el tigre, aparece después del diluvio.

Los capítulos bíblicos de antes del diluvio cuentan una etapa de la creación y conservan el recuerdo de una tierra diferente de la que conocemos científicamente.  Ya no era el Paraíso, pero todavía no era “nuestra tierra”.

Ustedes me dirán: ¿Y qué hace usted del mundo primitivo y del hombre de las cavernas?

¿Cómo definiríamos al hombre de las cavernas?  Helo aquí: aterrorizado por bestias deformadas, de aspecto monstruoso.  Para defenderse, tiene que inventar herramientas, arrancar pedazos de carne para alimentarse.  Esto apenas corresponde a la tradición bíblica, incluso no corresponde en absoluto.  Sólo puede ser situado después del diluvio.

De las diez generaciones pre-diluvianas, los diez reyes, las diez etapas, diez siglos, la humanidad se acuerda y los añora.  Suspira por ese período sumergido en los grandes cataclismos que sólo dejaron, después de su paso, imágenes “pre-históricas: las de un hombre caído aun más abajo, el “hombre de las cavernas”.

Tendríamos aquí un tema apasionante para profundizar, una época por descubrir:  por una parte, la evolución del mundo desde el caos hasta el fin de la creación;  por otra parte, la regresión y el progreso de ese mundo hasta su estado actual.

El transformismo nos acostumbró a considerar el universo en evolución desde el caos hasta el confort moderno.  Todavía me acuerdo de esas ilustraciones para chicos que representaban, uno al lado del otro, al hombre de las cavernas barbudo, casi desnudo, y a un joven civilizado, montado en bicicleta, con la inscripción: “El hombre progresó”.  Desgraciadamente no sólo hubo progresos, sino también regresiones humanas y cósmicas, y un defecto de la ciencia consiste en limitarse al pasado; ciertamente, su noción de progreso es exacta, pero incompleta.

Mi finalidad, aquí, no es tratar de comprender por qué razón Dios nos permitió comer carne después del diluvio (comunión con los animales, desviada en el espíritu de ciertos pueblos a misterios antropofágicos, donde se come al semejante para absorber su virtud).  Simplemente constataré que los hombres eran vegetarianos antes del diluvio.

En el Paraíso, Dios permite alimentarse de hierbas y de frutos y se opone a que se coman animales.  Caín mata a los animales, pero no los come.  ¿Es por motivos higiénicos?  No lo creo . . .

Comer frutos y hierbas no suprime la vida individual.  Los vegetales son seres vivos, pero si comemos sus frutos, subsisten.  La vida de las plantas está enraizada en el “todo cósmico”: aunque no corten los árboles, éstos perderán de todos modos sus hojas y sus frutos, como nuestros cabellos o nuestras uñas caen y vuelven a crecer.

Los animales, en cambio, poseen una vida individual, están separados del “todo”, y, en un cierto plano, la diferencia entre el asesinato de un animal y el de un hombre no es muy grande.  Una leyenda bretona cuenta que un santo, que no había comido desde hacía varios días, se detuvo hambriento al borde de un lago.  Vio entonces deslizarse en el lago transparente un pececito, y el pez le dijo: “Tienes hambre, come la mitad de mí”.  El santo agradeció ingenuamente, comió la cola del pescado y tiró el resto al agua.  A la mañana siguiente, el pez estaba de nuevo entero.  De esta manera, el santo pudo comer pescado durante cuarenta días.  Esta solidaridad del hombre y del animal aparece en numerosos cuentos.  Pero fuera de los casos legendarios, nada queda de un conejo o de una gallina comidos, y el león mortalmente herido no vuelve a crecer, mientras que las peras y las manzanas caen y los árboles subsisten.  Basta una semilla llevada por el viento para dar nacimiento a un árbol vigoroso.  Hemos hablado más arriba de esta sobreabundancia, de esta prodigalidad divina, de todo lo que parece perderse en el mundo.

La explicación que acabo de dar es directa.  Hay otra: a los hombres, Dios da la simiente de hierbas y frutos; a los animales, sólo la verdura.  Podemos entrever ya la imagen del Cuerpo y la Sangre del Cristo: trigo=hierba, viña=fruto.

¿Por qué esta distinción?  Porque la Eucaristía es sólo para el hombre, y no para los animales.  Por otra parte, la verdura precede a las simientes y los frutos, y las bestias preceden al hombre.

Una jerarquía simbólica se desprende del alimento.  La ley y los mandamientos son asimilados a la verdura, la simiente a las palabras evangélicas, a la gracia aportada por el Pan Viviente, los frutos son dados por el Espíritu el día de Pentecostés.

Que la simiente precede al fruto está claramente indicado en la Santa Cena: el Cristo rompe primero el pan y luego, al final de la comida, hace circular la copa.  Demos rápidamente una serie de ejemplos: la vara de Aarón (sacerdocio de la Ley) florece=verdura; la ofrenda de Melquisedec (sacerdocio eterno, el del Cristo), pan y vino=simiente y fruto.  La Misa de los catecúmenos es comparada al Pastor y a su rebaño, y el Señor conduce a sus ovejas hacia los pastos por su enseñanza;  en la Misa de los fieles, el Señor alimenta por el pan y el vino.

El sexto día se termina sobre el mandamiento del alimento.  El alimento es un vasto problema en todas las religiones, sobre el cual se podrían escribir volúmenes . . .   ¿Acaso la comunión no es el centro del cristianismo, y el Banquete nupcial la realización escatológica?

Conclusión

Terminado el sexto día, el Génesis concluye:

Se cumplen los cielos y la tierra y todo su ejército.  Dios cumple en el Día séptimo la obra que hace, cesa en el día séptimo la obra que hace.  Dios bendice el día séptimo y lo consagra, porque en él cesa toda su obra.  Dios, pues, la hace al crear. 

Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra en su creación.

                                             Génesis 2,1-4

 

Este pasaje nos indica que el universo, incluyendo el mundo angélico (el cielo) y el cosmos visible (la tierra), se termina por la creación del hombre.  Este último es el cumplimiento.

En la divina Trinidad, la consumación, el cumplimiento pertenecen al Espíritu Santo que llena todo y consagra todo.  Del mismo modo, la misión del hombre consiste en impregnar todo y consagrar todo a Dios.  Su naturaleza es por excelencia expansiva.  Es un explorador de la tierra hasta en sus mínimos rincones.  Se esfuerza en recorrer los espacios cósmicos, en escrutar lo invisible y lo divino.  El hombre es también finalista: siempre insatisfecho del presente, imantado por el porvenir; sin aliento por la necesidad de construir, de reformar, de trasformar; ávido de descansar en una solución definitiva a la que nunca llega.

Todo su ejército . . .   En lenguaje bíblico, “ejército” designa a los ángeles _consulten los textos, en particular el Nombre divino de Sabaoth, Dios de los ejércitos, y el Sanctus de Isaías (6,3)_.  Esta expresión nos enseña que todo elemento cósmico tiene su ángel, y que este “ejército” no se refiere sólo al “cielo”, sino también a la “tierra”.

En cuanto al descanso, al “cese” de Dios el séptimo día, ya lo hemos considerado cuando analizamos el número seis.

Capítulo XIV

Segundo Relato de la Creación

Al comienzo de este libro hicimos alusión a varias contradicciones entre los dos relatos de la creación.  Llegó el momento de sacar algunas conclusiones de su comparación.  Utilizando ciertos términos que están de moda, podríamos llamar al primer relato, a pesar de su alta teología y su simbolismo inagotable, el Génesis exotérico, y al segundo el Génesis esotérico, pues este último nos inicia en el secreto, el misterio, el sacramento del mundo.

El primer Génesis es cósmico; el segundo, eclesial.

1.  Adán ideal

El día en que el Señor [YHVH=Adonai] Dios [Elohim] hizo la tierra y los cielos, no había ningún arbusto del campo sobre la tierra, no había germinado ninguna hierba del campo, pues el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra: no había [ser] humano para cultivar el humus.  Una energía subía de la tierra y regaba toda la faz del humus.  Entonces el Señor Dios modeló al humano con polvo del humus, insufló en sus narices aliento de vida.  Y el humano se hizo alma viviente.

                                             Génesis 2,5-7

 

El cuadro de la creación en el segundo relato, esta tierra inculta, sin arbustos, sin hierbas ni lluvia fertilizante, pero sin embargo húmeda por el vapor que de ella se desprende, nos conduce a los primeros versículos del primer capítulo del Bereshit, al universo de antes de las seis etapas de diferenciación de los elementos confundidos, antes de la armonización progresiva del cosmos, antes de la aparición de la fecundidad transformante, antes de la palabra divina: Dios dice . . . y así es.

El hombre, en el primer relato, es el punto final de la evolución; aquí, es el principio, y es modelado antes del desarrollo “hexamerónico”.  Entonces _dice el texto_ el Señor Dios modeló al humano.  Esta inversión del relato es significativa, y expresa la ley del espejo, del reflejo mutuo de dos planos.  La derecha en un espejo se vuelve la izquierda, y la izquierda la derecha.  Aquí, el último se vuelve primero, y el primero último, según la máxima evangélica.  El Talmud cuenta que un rabino muerto y resucitado al que se le preguntó qué había visto, respondió: “Lo que está arriba está abajo, lo que está abajo está arriba, lo que está a la derecha está a la izquierda, lo que está a la izquierda está a la derecha, lo que está en primer lugar está en el último, lo que está en el último lugar está en el primero, lo que es interior es exterior, y lo que es exterior es interior”.  Espejo de cuatro reflejos.

Ciertamente, no hay dos Adán, uno producto de la transformación de la naturaleza, y el otro su prototipo; un Adán concreto y otro ideal: hay un único Adán visto de dos lados, cara y ceca.

Es útil, para comprender la identidad del Adán-principio y del Adán-cumplimiento, reconsiderar nuestra tesis habitual del tiempo y el espacio.

El Adán del primer relato, el del sexto día, está inscripto en el tiempo y el espacio, la duración y la extensión; es la causa de la historicidad.  El Adán del segundo relato sale en cierto modo de la noción de tiempo-duración y de espacio-extensión.  En realidad, de cierta manera, pues sólo Dios está absolutamente fuera del tiempo y del espacio.  En sentido relativo, Adán es eterno y omnipresente, por encima del tiempo, dentro del tiempo y antes del tiempo, por encima del espacio, dentro del espacio y antes del espacio.

Algunos ejemplos al alcance de todos tratarán de clarificar nuestro pensamiento.

Dos y dos son cuatro: esto está fuera del tiempo y del espacio, pues en cualquier lugar y en cualquier tiempo, dos y dos son cuatro.  Esta fórmula es relativamente eterna y omnipresente, sin estar por eso desprovista de tiempo y de espacio.  En efecto, allí donde hay una operación, hay un cierto tiempo y un cierto espacio.

El principio del círculo está fuera del tiempo y del espacio concretos.  Un carpintero que construye una mesa redonda es simultáneamente los dos Adán: “trabaja” progresivamente la mesa porque posee el círculo en su espíritu.  Las ideas platónicas se aproximan aquí al Adán prototipo.

El segundo relato completa e invierte nuestra enseñanza del macrocosmos y del microcosmos.  Mientras en el primero, el hombre está en correlación con el universo que sintetiza _microcosmos_, en el segundo, el cosmos está puesto en correlación con el hombre: el universo, esta vez, es a imagen del hombre, y no el hombre a imagen del universo.  Ayudemos al pensamiento con la imaginación: representémonos un hombre inmenso, cuyo esqueleto, nervios, carne, arterias, funciones (respiración, digestión, movimientos), serían el cosmos, es decir, los sistemas planetarios, los minerales, la vegetación, la fauna, etc. . . ., el Adán-ideal, prototipo, es eso.  Los elementos del universo son sus miembros, su “costado”.

Este hombre ideal, universal, cósmico, será descripto divinamente por el apóstol Pablo: el Cuerpo del Cristo reúne la humanidad, el ejército angélico, la plenitud de la naturaleza; ellos son sus miembros y El es la Cabeza. 

Volvemos a encontrar esta correspondencia del primero y el segundo Adán en la Epístola a los Romanos (5,12-20), la descripción del Cuerpo del Cristo en la Epístola a los Corintios (1 Cor 12,12-30) y la noción de hombre perfecto, cuya Cabeza es el Cristo, en la Epístola a los Efesios (1,22 y 4,4; 4,12-13):

. . . para la construcción del Cuerpo del Cristo, hasta que lleguéis todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la medida de una estatura, la de la plenitud del Cristo.

Y más lejos:

Crezcamos en todo hacia Aquél que es la Cabeza, el Cristo, cuyo Cuerpo todo es ajustado y afirmado por apoyo de cada articulación, según la energía propia de cada parte;  y cada una realiza el crecimiento del cuerpo, para su propia construcción en la caridad.

                                             4,15-16

 

Finalmente, en el admirable texto de la Epístola a los Colosenses, donde el Apóstol nos anuncia la doble génesis del Cristo, según su divinidad y según su humanidad, Lo nombra Primogénito del Dios invisible y Primogénito de entre los muertos: en el segundo nacimiento, se confunde con Adán.  Este texto es demasiado bello para no ser citado:

 

El es la Imagen del Dios invisible, Primogénito de toda creación, pues en El son creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, Tronos, Señoríos, Principados, Potencias.  Todo fue creado por El y para El.  El es antes de todas las cosas y todo subsiste en El.  El es también la Cabeza del Cuerpo, es decir la Iglesia: es el Principio, Primogénito de entre los muertos (pues en todo debía ser el primero), pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud y reconciliar por El y para El todas las cosas, pacificando, mediante la Sangre de su Cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.

                                             Col 1,15-19

 

Nuestro Señor, por su Ascensión por encima de los cielos, restauró el Cuerpo total, el Adán pre-eterno.  En verdad, el Cristo es espontáneamente el Adán del sexto día, cumplimiento de la evolución que todo recapitula, y el Adán de antes del sexto día, el Pan-Anthropos.  Es macroanthropos como el universo es microanthropos, el Cristo es histórico superando el tiempo.

Estábamos en el Adán del sexto día, estamos en el Adán de antes del sexto día; hemos pecado en el Adán del sexto día, seguimos pecando en el Adán de antes del sexto día; fuimos salvados por el Cristo histórico, hace dos mil años, y seguimos siendo salvados en el Cristo fuera del tiempo.

Los misterios de la Iglesia (bautismo, confirmación, eucaristía . . .), los ritos sagrados de los oficios divinos del día, de la semana, del año, captan las dos faces de Adán y del Cristo, en una sola realidad.  Nos hacen conmemorar el pasado, nos hacen esperar el porvenir, pero actualizan también lo que trasciende la evolución.

La mayoría de los espíritus asimila difícilmente la identidad de Adán-ideal y de Adán-concreto.  Es más cómodo hablar de uno, y después del otro, ser filosóficamente “realista” como Platón, “nominalista” con Aristóteles.  Pero los que aspiran al conocimiento verdadero del hombre y del ser creado, están obligados a atravesar las puertas cerradas de la contradicción.  Sólo de esta manera se convertirán en discípulos del Logos.  Sin embargo, si reflexionamos un poco, cada uno de nosotros puede discernir el carácter doble del ser humano.  ¿Acaso no somos tanto espectadores del universo y de nosotros mismos como su producto?

Permítanme, para más claridad, afirmar de antemano que el Paraíso y hasta el pecado están unidos al Adán-ideal; el primer capítulo no menciona ni el Edén ni el pecado.  El Paraíso y el pecado no se insertan en la evolución por etapas.  El Paraíso no es un lugar geográfico, la búsqueda de sus rastros en la tierra es una niñería.  El Cristo, en la cruz, promete al buen ladrón: Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso (Luc 23,43).  En cuanto al pecado, se forma en el plano ideal y proyecta su sombra sobre la historia.

Pero cuidado: Adán-principio no es sólo una idea de la divina Trinidad endurecida en materialización.  El fue sacado, modelado por Dios en la arcilla primera, y ésta es una distinción neta entre la Biblia y la filosofía de Platón.  Adán es carne de la carne, hueso de los huesos de la naturaleza, consubstancial a ella.

Un artista tantea, esboza, bosqueja, traza y retraza proyectos para llegar a la creación de su obra maestra.  El Artista, el Artesano increado no duda.  Infalible en su gusto, perfecto en su arte, comienza por su obra maestra para que sus aprendices aprendan a obrar.

Sigamos atentamente la técnica del Demiurgo.  Comienza por la arcilla y la forma exterior, termina por el interior, insuflando el Espíritu de la vida divina en las narices del hombre.  Planta el Paraíso en toda su belleza, y en medio de él, el Arbol de la Vida inmortal.

El primer relato procede por espirales, el segundo adopta el movimiento centrípeto de la interiorización.

Las entrañas virginales de María eran, como canta la Iglesia, el Paraíso, portadoras del Nuevo Adán y del Arbol de Vida: el Cristo.  María es la arcilla en la cual Dios esculpe el cuerpo del Verbo, en la cual planta el Jardín de delicias.

Adán-ideal, Prototipo del mundo por su similitud con el Cristo, debía nacer también de la Virgen-Madre.

En efecto, el segundo relato nos cuenta que fue formado por el Creador de la arcilla-tierra, de una arcilla-tierra no diferenciada, no sembrada todavía por simientes naturales, tierra pura, virgen, pre-evolución, pre-maduración.  Esta arcilla-tierra era húmeda, es decir, plenamente madre, pero su maternidad no estaba atraída hacia otro ser creado, sino imantada por el único, ardiente y discreto deseo de Dios, deseo unificado, vuelto hacia el pensamiento y la vida divinas.

María, Virgen-Madre, restaura entonces la materia ideal por su maternidad virginal.

La materia ideal y el caos primitivo son uno, pero mientras la materia ideal es la faz que mira hacia Dios, el caos primitivo es la materia ideal en sí, fuera de Dios, que vuelve la espalda a su Creador.

Ni el Adán-ideal ni la materia ideal pueden ser contemplados y conocidos sin la gracia divina, sin que Dios mismo, liberalmente, los devele.

Estamos ante el telón que sólo la mano del Altísimo puede levantar . . .  Detengámonos, pues temo que ir más lejos sería imprudente y que la curiosidad nos perdería.

Lo que hemos anunciado es suficiente para que, sostenidos por la plegaria, gocemos en proporción a nuestra debilidad de la profundidad inagotable del Pensamiento divino y de sus mandamientos.

Capítulo XV

1.  Sobre el carácter iniciático del segundo relato

El segundo capítulo del Génesis es por excelencia iniciático.  Los escritos iniciáticos tienen un estilo especial.  Explotan el lenguaje en parábolas, eligiendo imágenes concretas, palpables, de apariencia ingenua, que cumplen una doble función: guían por signos hacia lo significado empleando similitudes, y ocultan el misterio, desorientando al que todavía no debe descubrirlo.

Los cuatro ríos que salen del Edén, ofrecen un ejemplo típico.  Todo es simbólico en su descripción: el número cuatro, sus nombres, los ríos mismos . . ., y sin embargo el texto sorprende, pues tenemos la impresión de que el autor describe un lugar geográfico.  Engañados por esta forma literaria, muchos comentaristas poco advertidos trataron vanamente de situar el Paraíso y sus cuatro ríos en alguna parte del Asia Menor.

En la Biblia de Jerusalén, traducida por la Escuela Bíblica de Jerusalén, encontramos a veces notas muy instructivas: “Primer relato de la creación.  Este relato . . ., más abstracto y teológico que el siguiente . . .”8.  Que el primer capítulo sea más abstracto y tenga menos imágenes, es exacto; pero habiendo descuidado el lenguaje iniciático, los comentadores dejan escapar el sentido del símbolo, y el segundo relato les parece naturalmente menos teológico, más ingenuo.

El estilo iniciático de nuestro texto nos obliga a contemplar sólo algunas de sus profundidades, abandonando una multitud de detalles importantes.  No hablaremos ni de la distinción del Edén y del Paraíso, ni de la significación de un término como Oriente (aurora de la luz del conocimiento), ni de la “seducción” de los árboles por su vista y su sabor (goce legítimo de la belleza y de las virtudes de la creación), ni de los metales y las piedras que yacen junto a los ríos . . .  Todo eso nos llevaría demasiado lejos.

No olvidemos lo esencial: el segundo relato pronuncia por primera vez el Nombre Sagrado del Inefable, del Innombrable: YHWH.  Escrutar ese Nombre sería precipitarse en el abismo de la ignorancia y querer arrancar con nuestras manos impuras el fuego devorante del Increado.

2.  Sobre el ser y sobre la vida

El primer capítulo del Génesis es el del ser; el segundo, el de la vida; el tercero, el de la muerte.

El ser opera en el plano metafísico.  La metafísica es la contemplación del ser y de todo lo que proviene de él.

Por encima de la metafísica, por encima del ser, la teología nos inicia en la vida divina, en el conocimiento del Dios viviente.

La vida es algo absolutamente inasible del exterior.  Sin embargo, todos nosotros vivimos, nos aferramos a ella.  Inmediata, indefinible, aplicada a todos y a todo, es “un inmutable movimiento perpetuo”.  Ningún pensamiento la informa, ni siquiera el pensamiento antinómico, pues la vida es muerte apenas cambia, y muerte apenas no cambia.  ¿Cómo es esto posible?  En el cambio, el instante que precede al cambio ya no es; el movimiento, por consecuencia, es una sucesión de muertes, la muerte es un cambio de vida.  Si la vida no cambiara, si la vida no fuera más que inmutable, no habría vida.  Estamos muy cerca de una definición absurda de la vida: la vida no puede ser “atrapada” por la contemplación metafísica, ni siquiera antinómicamente.

En verdad, la vida supera la antinomia de estabilidad-inestabilidad, de inmutabilidad-cambio.

Una leyenda alemana cuenta que dos niños, dirigidos por las hadas, entran en un paraíso después de innumerables pruebas.  En el camino, pierden su perro.  Un hada, con un golpe de varita mágica, hace aparecer a muchos perros semejantes al desaparecido, pero los niños siguen desconsolados, pues no es su perro vivo.  Preferimos a veces los defectos que conservan los surcos de la vida, y cuando algo es demasiado armonioso, demasiado absoluto, nos parece que se hace estático.  Siempre hay defectos en lo que llamamos vida, y en los defectos, está la muerte.  La vida con una V mayúscula es una inmutabilidad en movimiento, inalcanzable por las definiciones.

La iniciación en el Dios vivo es particularmente difícil para un espíritu moderno, pues éste se imagina que se introduce la psicología en la ontología.  Apenas la teología empieza a hablar de la superioridad de la vida sobre el ser y a identificarla con el absoluto, ese espíritu moderno empieza a gritar: “¡Alarma!  El Dios de ustedes es antropomórfico, manchado por el mundo psíquico, psicológico y subjetivo”.  Es cierto que la Vida en el mundo se refleja, la mayor parte del tiempo, en aguas turbias, y que en esto reside la dificultad de comprenderla.

Por el momento, diré solamente que el segundo capítulo del Génesis nos conduce hacia lo que supera al ser (ontos) y nos lleva hasta la vida (zoe).

El escritor inspirado nos dice que una energía [vapor] subía de la tierra y regaba toda la faz del humus (Gen 2,6).  Este flujo, este vapor, al elevarse de la tierra hacia lo alto, es la manifestación del deseo de la vida, del impulso pre-conciente de la materia hacia la existencia.  El deseo de la vida resurge por una analogía de efecto contrario en las pasiones; la diferencia profunda es que el impulso vital subyacente en la pasión arrastra al hombre hacia la muerte, mientras que el flujo primordial encerraba el instinto de la vida sin mezcla.

Al encuentro de esta subida de vapor viviente, Adán recibe en las narices el aliento y el soplo de la vida, es decir, el Espíritu Santo.  Los remito a la maravillosa enseñanza de San Serafín de Sarov en su conversación con Motovilov9, de donde cito:

A partir del momento en que Dios le dio el Espíritu de vida, Adán se convirtió, según Moisés, en “un alma viviente”, es decir, totalmente semejante a Dios, eternamente inmortal . . .  El Espíritu de vida que Adán recibió por boca del Omnipotente Dios creador, lo llenó de una incomparable sabiduría.  Ningún hombre en la tierra pudo, puede ni podrá jamás comparársele, tan grande eran su sabiduría y su saber.

Abajo, pues, el deseo, el vapor de la materia anhelante de la vida de Dios; arriba, semejante a un beso inenarrable, el soplo de vida otorgado al hombre, el descenso del Espíritu Santo.

Luego leemos:

El Señor Dios plantó un jardín en Edén al Oriente.  Puso allí al Humano que había formado.  El Señor Dios hizo germinar del humus todo árbol deseable para la vista y bueno para comer, y el Arbol de la Vida en medio del Paraíso [Jardín], y el Arbol del Conocimiento de lo bueno y lo malo.  Y un río sale de Edén para regar el Paraíso;  desde allí se divide en cuatro brazos.  El nombre del primero es Pishón: rodea toda la tierra de Javilá, donde hay oro.  El oro de esta tierra es bueno.  Allí hay bedelio y la piedra de ónix.  Nombre del segundo río: Guijón; rodea toda la tierra de Kush.  Nombre del tercer río: Jidequel [Tigris]; anda al Oriente de Asur.  El cuarto río es el Peyrath [Eufrates].

El Señor Dios toma al Humano y lo pone en el Paraíso de Edén, para servirlo y guardarlo.  El Señor Dios da un precepto al Humano, diciendo: “De todo Arbol del Paraíso comerás y comerás.  Del Arbol del Conocimiento de lo bueno y lo malo no comerás, pues el día que comas de él, de muerte morirás.

                                             Gen 2,8-17

 

Así, en medio del Paraíso, se eleva el Arbol de Vida, que no es diferente a la Gracia del Espíritu Santo, inseparable de la Eucaristía, pues el Arbol es el Cristo, el Verbo, el Logos, que se hace alimento vital del hombre Adán.

Este jardín-Paraíso está regado por cuatro ríos que salen del Edén.  Simbolizan ciertamente los Evangelios y llevan los nombres de Pishón, Guijón, Jidequel (o Tigris) y Peyrath (o Eufrates). 

El Pishón rodea la tierra de Javilá, donde hay mucho oro; Javilá significa “arena de oro”.  El Guijón se extiende a lo largo de la tierra de Kush; Kush evoca algo bronceado, duro, negro: el carbón.  El Jidequel (o Tigris) se extiende por la tierra de Asur, cuyo sentido es doble: “Asur” incluye las nociones de felicidad, bienaventuranza y potencia, “león”.  Finalmente, el Peyrath (o Eufrates) para el cual no se indica qué tierra riega.

Estos cuatro nombres de ríos manifiestan el desborde de la vitalidad divina, manifiestan las cuatro formas de la Gracia y corresponden a los cuatro elementos del universo, a las cuatro Revelaciones, a los cuatro Vivientes, a los cuatro Evangelios.

Pishón significa: cambiante, violento, una fuerza casi volcánica, un torrente impetuoso que adopta sin cesar una forma nueva, arrastrado por la potencia de su impulso.

El Guijón presenta otro aspecto: es un río que salta.  Cuando Dios discute con Job (Job 39,23), dice del Leviatán: Salta como la langosta;  Guijón tiene la misma raíz: es un salto, y salta como el caballo lleno de fuerza y de vigor.

Jidequel (o Tigris) quiere decir: rápido, precipitado, pronto; y al mismo tiempo significa “sonido agudo”.  Agudo, fuerte, rápido, pronto, este río es como los cantos pascuales alleluiáticos.

Peyrath (o Eufrates) es símbolo de fertilidad, de algo grande, majestuoso, que desborda, desborda y engendra infinitamente y se prodiga.

¿Comprenden estos cuatro empujes de la vitalidad potente del Paraíso, y cuánto difiere de un jardín apacible, adornado de fuentes y atravesado por arroyos?  El Paraíso tiene un dinamismo impetuoso, violento, saltarín, desbordante.

¿Cuál es la función de esos ríos paradisíacos con respecto al mundo?  Representan las gracias, las energías divinas que lo sostienen.

Sabemos que la palabra “fuente” está asimilada al Espíritu Santo en el lenguaje bíblico.  Y el Cristo, al octavo día de la fiesta de los Tabernáculos, entre los ruidos de feria de esta fiesta vibrante de cantos, agitada por payasos y prestidigitadores, en medio de esta muchedumbre de fiesta, clama con gran voz: Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba el que cree en Mí.  De su seno brotarán ríos de agua viva, como dice la Escritura (Jn 7,37-38).  Inmediatamente después, el Evangelista explica: Dijo esto del Espíritu que debían recibir los que creyeran en El; pues el Espíritu todavía no estaba, pues Jesús todavía no había sido glorificado (Jn 7,39).

La imagen de la fuente, del río, está siempre ligada en la Santas Escrituras al Espíritu Santo, que nos vivifica y nos ilumina, pues la Vida es inseparable del conocimiento, ya que la vida sin conocimiento es una pasión y el conocimiento sin vida es la muerte.  La vida y el conocimiento están unidos a tal punto que el Cristo dirá en el Evangelio: La vida eterna es conocer al Padre (Jn 17,3).

Pero si bien hay un solo Espíritu, una sola Fuente, sin embargo el Paraíso posee inicialmente cuatro ríos salidos de la misma fuente.  El Edén produce un río que se divide en cuatro brazos en el Paraíso.  En realidad, el análisis de esos cuatro cursos de agua nos muestra que se parecen singularmente: impetuoso, cambiante, violento, saltarín, rápido, precipitado, sonido agudo, fértil.

Y hemos notado que estos cuatro ríos son imagen de cuatro donaciones de la Gracia, y la meditación de esos diversos movimientos nos comunica la plenitud de la Verdad, el Espíritu Santo en nosotros.

En general, estos cuatro ríos de gracia se reparten los seres.  En unos, el trabajo del Espíritu Santo provoca por excelencia la vitalidad, la prontitud, el sentido agudo, la comprensión rápida como el relámpago.  En otros, constatamos un trabajo de fertilidad, de abundancia, de caridad hacia todos.  Los últimos saltan ligeramente sin detenerse, cada vez más aéreos, sobre las colinas de la contemplación.

Pensamos que se ha meditado raramente sobre estos cuatro ríos, efectos de la vitalidad divina; ellos brotan en un plano superior al de los cuatro elementos del mundo, pues son fuentes y no elementos.

En definitiva el Paraíso, ese laboratorio del mundo futuro, se ubica frente al cosmos entero y no solamente frente al hombre, aunque para éste lo hace en primer lugar.  La virtud transformadora del Espíritu Santo, por esas aguas saltarinas, trabaja cada cosa, prepara su transfiguración, yendo de los planos inferiores a los superiores.

Algunos ven períodos en esos cursos de agua:

1) manifestación del Espíritu Santo impetuoso y violento;  2) saltarín;  3) pronto y rápido;  4) fertilizador.  Discernir, clasificar esos períodos en la historia y el desarrollo del mundo sería ya la Neumatología del mundo cuyo proceso de cumplimiento ignoramos.

El tercer capítulo, después de la iniciación en la vida, contempla la muerte.  Adán y Eva, habiendo cometido el pecado original, se irán hacia la muerte, y el Verbo dirá al hombre: Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas al humus de donde fuiste tomado.  Pues eres polvo y al polvo volverás (Gen 3,19).

Los cuatro ríos poderosos no actuarán ya con la misma eficacia que en el Paraíso.  Las tierras de “arena de oro”, las tierras bronceadas, duras, negras, que debían ser modificadas y fecundadas, se secarán, cubiertas de polvo por la muerte.

[8] Edición castellana  (Desclée de Brouwer, 1967), página 11.  (Nota del Traductor)
[9] Conversación con Motovilov.  Buenos Aires:  Lumen, 1981.  (Nota del Traductor)

Capítulo XVI

1.  Sobre la díada unitiva y sobre la díada electiva

El primer capítulo del Génesis es la cosmogonía; el segundo, la hierogonía u origen de lo sagrado, de la Iglesia.  Me explico: debemos distinguir en la obra de Dios dos formas de díadas, la díada unitiva y la díada electiva.

La díada unitiva sostiene sobre todo el primer capítulo, la díada electiva el segundo.  ¿De qué se trata?

Observemos primero la díada unitiva.

Dios no establece un “uno” satisfecho de su unidad, un monos, sino que plantea un “dos”, el mundo y Yo; y en el mundo, el cielo y la tierra, el espíritu y la materia, lo invisible y lo visible, los ángeles y la naturaleza, la luz y las tinieblas, las aguas de arriba y las aguas de abajo, etc. . . .   Todo esto para que los “dos” busquen la unidad.  Es el mandamiento inicial de Dios.

¿Cómo puede producirse esta unidad, dado que estamos frente a naturalezas desiguales, a veces trascendentes unas a las otras?  ¿Cómo pueden establecerse la unidad y la igualdad entre dos componentes distintos?  ¿Qué hay de común entre el Creador y su criatura, cómo ligar el espíritu y la materia?  Por la condescendencia y la elevación, pues lo alto condesciende hacia lo bajo, y lo bajo se eleva hacia lo alto.  El Creador Se rebaja hacia su criatura, la asume para que ella se una a El; el Verbo Se hace carne para que la carne se haga verbo.  La transcendencia queda superada.

Esta díada unitiva no sólo está destinada a Dios y a su criatura, sino que actúa en el interior de la creación: los espíritus sirven, condescienden hasta la materia y la materia se espiritualiza, como lo vemos en el cuerpo glorioso del Cristo resucitado, cuerpo psíquico y carnal transmutado en cuerpo espiritual.  La Ascensión elevó ese cuerpo glorioso por encima de los ejércitos celestiales, superiores por naturaleza al cuerpo humano, y que, sin embargo, tenían por misión servirlo.  La Biblia nos muestra muchas veces esos seres perfectos que son los ángeles sirviendo humildemente a los elementos, los pueblos, los hombres: el ángel, servidor del polvo.

Este movimiento mutuo quedó resentido después del pecado y reanimado por la Redención.  En Navidad, la Iglesia canta no sólo la unión de Dios y el hombre, sino la de la estrella con la gruta, la de los ángeles con los pastores.

El segundo relato de la creación nos conduce hacia otra forma de díada, genialmente subrayada por Máximo el Confesor.  Esta ya no une lo superior con lo inferior, sino que se establece entre elementos preferidos y elementos no elegidos.

Un elemento es tomado del todo, y el término “sagrado” aparece.  Esta palabra designa una parte tomada del todo, puesta aparte, separada: el primogénito es sagrado, puesto aparte por Dios; el pueblo judío es elegido, consagrado entre los pueblos; los sacerdotes judíos son elegidos en el pueblo elegido; y nosotros, cristianos, reservamos el pan y el vino para la comunión, aunque existen muchos otros alimentos.  Del todo se saca una parte, se hace un acto de elección, de preferencia; nos sometemos a la desigualdad de la preferencia, exactamente como en el amor.

El ser elige en el amor, el pintor elige los temas y los colores: es la ley de elección.  Nuestro Señor, sin explicación, se reserva el pan y el vino durante la Santa Cena.  El Nuevo Testamento elige a la Iglesia.  Por una parte, la humanidad; por otra un grupo “consagrado”.  Muchos llamados, pocos elegidos.  Pocos elegidos=elección.  Elección, preferencia, “puesta aparte”, ése es el verdadero sentido del término “sagrado”.

El elemento elegido no es puesto aparte por superioridad.  ¿Puede decirse que se ama a tal o tal persona por su superioridad?  ¡Cuántas veces el amor se aleja de lo ideal!

La elección no puede ser definida por una o varias cualidades: ella lleva en sí su propia ley, que despierta un extraño sentimiento de injusticia.

¿Por qué éste, por qué este grupo, por qué este objeto, por qué esta forma de culto, por qué, por qué?  La noción de justicia que mueve o equilibra los platillos de la balanza está ausente de la elección.  ¡Cuántas veces los Padres han clamado que el pueblo hebreo era, en verdad, el pueblo menos digno de ser elegido!  Sí, es posible retrucar basándose en personalidades como las de Abraham, Moisés, Elías o por otros motivos; pero, en realidad, si uno profundiza, tiene que reconocer la gratuidad de la elección.

Nadie piensa en reprochar a un esposo que busque a su mujer más que a otra.  La elección es admitida, honrada, hasta normal en el sentimiento, y cuando alguien se rebela contra ella al encontrarla en la Iglesia, Israel, los objetos sagrados, etc., es porque incluye en ella una categoría que no contiene.  Hemos llegado aquí a un aspecto de la elección, profundamente ligado a lo sagrado.

Lo sagrado es tan especial que lo que es “cosa sagrada” para uno puede ser nefasto para otro.  La Sangre del sacrificio que santifica y purifica al creyente es impura y nociva para el que se aproxima a ella negativamente.  Para la salvación o para la condenación: esta frase resume la característica específica de la elección.  La Escritura nos cuenta que un hombre murió por haber tocado el Arca de la Alianza.  El mismo sacrificio vivifica al pueblo, y en otras condiciones lo mancilla.  Este sentimiento de lo “sagrado” se encuentra en la amistad y el arte.  La desnudez puede ser pura o impura.

Penetremos ahora en la segunda creación.  Está apoyada no sobre la díada jerarquizada como cielo-tierra, espíritu-materia, sino sobre la díada electiva.

En medio de todo, de este universo total con sus ejércitos angélicos innumerables, su cosmos y sus sistemas planetarios, Dios hace una elección.  Elige a una criatura, el hombre, Adán.  Hay que meterse en la cabeza que Adán es elegido no porque es superior a los ángeles o a la naturaleza creada, sino por la gratuidad de la elección.  Según Máximo el Confesor, Dios elige al hombre entre los seres, y al Paraíso en el universo.  En este lugar definido, el Edén, el Creador ordena a Adán: “Cultiva el Paraíso”, y no: “Cultiva el mundo”.  Dicho de otro modo, ante el esplendor de los lugares ilimitados, Dios ordena: “Cuida tu jardincito”.  Extrae una parte del todo: el Paraíso brillante y una criatura, el hombre.

Más tarde, hace desfilar todos los animales ante Adán para que los nombre y designe su ayudante.  Adán no lo encuentra.  Dios, entonces, crea a Eva y Adán la elige.  Hombre, Paraíso, Eva.

Surge una pregunta: ¿Cuál es la finalidad de la elección?  ¿Debe el hombre encerrarse en su pequeño paraíso, trabajarlo egoístamente, abandonando lo que lo rodea, semejante al enamorado que sólo piensa en su amada?  Y dado que Dios eligió al hombre y lo coronó, ¿no serían los otros más que sombras de este ser superior?  ¿Adán y Evan cultivarían ese Paraíso, comerían del Arbol de la Vida, llevarían una existencia exquisita, mientras el resto estaría destinado a deteriorarse o a perecer?  ¿Cómo concebir semejante monstruosidad?

¡Atención!  ¡Sí, atención!  Muchos cristianos piensan así: “Vivimos en la verdad ortodoxa, tenemos la Liturgia, los que evolucionan fuera de nuestro círculo son sólo malos ateos . . .”, y terminan en la indiferencia por el mundo . . ., “Somos los elegidos, la élite iniciada en las grandes cosas, y los demás . . .”.  Se imaginan tener el sentido de lo “sagrado” y consideran lo que los rodea como profano y despreciable.

¿Es así como debemos comprender lo “sagrado”?

La opción, la elección es un laboratorio.  El laboratorio es un lugar limitado donde se puede experimentar, probar, realizar lo que no se puede hacer en otro lugar.

Si el Paraíso hubiera sido cultivado sin ruptura; si la unidad de Adán y Eva hubiera sido perfecta; si el hombre hubiera sido fiel y se hubiera perfeccionado en la elección, en lo sagrado, como en una iglesia;  si el plan divino se hubiera realizado en plenitud, el Paraíso se hubiera extendido hasta los confines del cosmos y se hubiera convertido en el Cristo y la Iglesia.

El monje o el artista que deja los planos universales para consagrarse a una forma de vida especial, esfuerzo espiritual o arte, comienza por separarse netamente de lo profano, con lo cual ya no comulga.  Esta ruptura no es definitiva, pero es inevitable.  Luego, todos aprovecharán de la experiencia de un santo como Macario el Grande o de un compositor como Beethoven.  El clima de tensión solitaria e interior es necesario para la realización de una finalidad determinada.

Detrás de lo “sagrado” cumplido y superado, suben los cielos nuevos y la tierra nueva, donde ya no habrá ni templo ni sacerdote, porque todo será templo y todos serán sacerdotes; donde no habrá amor exclusivo, porque reinará el amor de todos y de cada uno.

La elección es el instrumento más eficaz de la transformación y de la transfiguración del mundo.  Sin el Paraíso, sin mi mujer, Eva, la transcendencia jerárquica no hubiera podido ser superada, ni siquiera debilitada.  Era necesario ese dinamismo personal, esa tensión concentrada en un punto.

La elección es una limitación que sirve de trampolín para la potencia.  El aire no produce ninguna fuerza, pero compriman el aire, y éste explota y da sus resultados.

Tocamos así las raíces de la acción específicamente religiosa y espiritual, que se reproducen en cierto modo en el arte y el amor.  El fanatismo justo de la religión _lo falso es declarar: “Yo soy puro, tú eres impuro”_ reside en la purificación: Yo me libero, abandono el mundo.  No sois de este mundo, sois el pequeño rebaño . . .   Yo vuelvo la espalda a lo profano, no para siempre, sino para conquistar esas capacidades, esa santificación, esa virtud que me permitirán actuar auténticamente en ese mismo mundo.

Serafín de Sarov se retira a su celda, su laboratorio, durante cincuenta años.  Luego abre su puerta y salva a miles de almas.

El que se precipita para “salvar a todos” es comparable al agua sin vaso, derramada sobre una mesa; podemos lamerla, no beberla.  El agua para ser bebida debe ser vertida en un recipiente que la contiene y la separa del medio ambiente.  Psicología interior, sentido misterioso de todo acto religioso que parece a menudo desconcertante.

No hay culto o religión que no levante barreras, excomuniones.  Un presbítero no puede hacer tal o tal cosa, el ayuno eucarístico acentúa que la Eucaristía debería ser el único alimento.  Los que corren detrás de la universalidad antes de tiempo, son almas sin fruto, agua sobre la mesa: ¡oh, buena gente, bien intencionada, pero estéril!  Junto al universalismo de la Iglesia, a pesar del universalismo de nuestro pensamiento, el elemento sagrado debe subsistir hasta el Segundo Advenimiento.

Hasta el Segundo Advenimiento, viviremos en la mentalidad del pequeño rebaño, del “grupo de choque”, de lo “sagrado” frente a lo profano, de lo interior opuesto a lo exterior, de los elegidos opuestos a las masas.  Y esto no por motivos de valor moral o de perfección, sino porque la existencia de un grupo portador de una tensión hacia Dios es útil.

La visión de la Jerusalén celestial, de los cielos nuevos y la tierra nueva es la del Segundo Advenimiento, que termina y supera lo que comenzó en el jardín-Paraíso.

Este último es una pequeña “muestra”, si puedo decirlo, de lo que serán los cielos nuevos y la tierra nueva, donde todo será paradisíaco.  Fue plantado en el mundo como un testigo de aquello en lo que el mundo debe convertirse.

Capítulo XVII

1.  Sobre el Arbol de Vida y sobre el Arbol del Conocimiento del bien y del mal

He leído un buen número de libros teológicos de Occidente, y me di cuenta de que enfrentamos una desviación que hay que denunciar.

En primer lugar, pensé que era una particularidad de la traducción de la Biblia de Jerusalén, en la cual participaron grandes especialistas dominicos, jesuitas, etc.  Pero habiendo consultado el catecismo del Concilio de Trento y otras obras autorizadas, me di cuenta de que el eje de la teología actual de la Iglesia Romana es el mismo.

He aquí cómo esta traducción formula la desviación que estudiamos:

“Esta “ciencia” es el privilegio que Dios se reserva y que el hombre usurpará por el pecado.  No es pues ni la omnisciencia, que el hombre caído no posee, ni el discernimiento moral, que ya poseía el hombre inocente y que Dios no niega a su criatura racional.  Es la facultad de decidir uno por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, y de obrar en consecuencia: una reclamación de autonomía moral, por la que el hombre no se conforma con su condición de criatura.  El primer pecado ha sido un atentado a la soberanía de Dios, un pecado de orgullo10.  (Los subrayados son míos).

Atentado a la soberanía divina, rebelión, ofensa a Dios al robarle lo que El Se reservaba: he aquí las razones por las cuales el hombre es castigado.

¿Dónde está el serio peligro de esta concepción?  Nos proyecta en el clima de un Dios policial, soberano, donde toda autonomía de la criatura cobra forma de una atentado de lesa-divinidad.  Hemos robado lo que no nos pertenecía, lo que Dios nos rehusaba, y por lo tanto somos castigados.  ¿Cómo concebir, en el seno de una visión semejante, a un Dios que quiere darse totalmente; mejor aún: que Se da?  ¿Cómo explicarlo si mantenemos las barreras que aseguran su soberanía sobre nosotros?  ¿Acaso su soberanía no consiste precisamente en su despojamiento?  Hay contradicción absoluta entre la misericordia divina y esta categoría de pecado que se convierte en infracción a una ley exterior.  El Arbol del Conocimiento del bien y del mal simboliza así unos carteles que dicen: “Prohibido entrar”, o “Prohibido acelerar bajo pena de ser detenido por la policía y de que nos hagan una boleta”.  Esta contravención es particularmente excepcional, pues en tanto que sanción del pecado original, afecta a la humanidad . . .

Lo más curioso es que, en el espíritu de la Escuela de Jerusalén, el pecado se transforma en facultad de decidir por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo.  ¿Es esto un pecado?  Si no tenemos el derecho de decidir lo que está bien y lo que está mal, ni siquiera podríamos equivocarnos.

¿Cuál es el sentido patrístico del Arbol de Vida y del Arbol del Conocimiento del bien y del mal?

En primer lugar, leamos las palabras de la Biblia:

El Señor Dios hace germinar del humus todo Arbol deseable para la vista

y bueno para comer; y el Arbol de Vida en medio del Jardín,

y el Arbol del Conocimiento del bien y del mal.

                                                Génesis 2,9

 

Notemos que este pasaje del capítulo 2 no precisa el lugar donde está el Arbol del Conocimiento del bien y del mal; dice simplemente que el Arbol de Vida está en el medio del Jardín.  Si el Arbol del Conocimiento del bien y del mal está en el borde el Jardín o en algún rincón, no lo sabemos.  Sin embargo, en el capítulo 3, Eva responde al Maligno:

Comemos del fruto de los árboles del Jardín; pero del fruto del Arbol que está en medio del Jardín, Dios dijo:  “No comáis de él, ni lo toquéis, para no morir”.

                                               Génesis 3,16-17

 

Estos dos árboles están pues en medio del Jardín, en el mismo lugar; en una palabra, son el mismo Arbol.  ¿Cómo puede ser que sean uno?  ¿El primero procura la Vida eterna y el otro la muerte, uno conduce a Dios y el otro separa de Dios, uno es ofrecido al hombre y el otro le está prohibido?

Por supuesto, la imagen del árbol es un símbolo, y la tradición precisa que es en forma de cruz.  La rama vertical es el Arbol de Vida, el conocimiento de Dios; la rama horizontal es el Arbol del conocimiento del bien y del mal, el conocimiento de la creación.  El Arbol de Vida: unión con Dios.  El hombre debe, ante todo, buscar a su Creador y unirse a El, vivir por el Espíritu Santo.  El Arbol del Conocimiento del bien y del mal: unión con el mundo.  Si fuera de otro modo, ¿por qué diría Dios: “Comed del Arbol de Vida y no del del Conocimiento del bien y del mal, progresad, penetrad en Mí y en mi vida divina, pero no toquéis al Conocimiento de la creación”?

La creación es dualista, doble por naturaleza, mezcla de ser y de no-ser _ser porque es de Dios, no-ser porque nada es sin El_.  Ella es “bien” y “mal”, luz y tiniebla, obra de Dios y fuera de Dios, nada en sí misma porque somos criaturas sólo por Dios.  Por eso, explican Gregorio el Teólogo y los Padres de la Iglesia, el plan divino no quería que el conocimiento de la creación fuera develado prematuramente a los niños Adán y Eva.  Era necesario que ellos se fortificaran, que crecieran primero en el conocimiento de Dios, y luego, llegados a la madurez espiritual, deificados, amigos concientes de Dios, hubieran podido entonces contemplar el mundo.  La prohibición del conocimiento “del bien y del mal” no era definitiva, sino provisoria.

Busquen a Dios, y luego el cosmos.  El conocimiento de las criaturas, si ustedes no están suficientemente arraigados en el Creador, los empuja a la nada, a la muerte, a la disolución, y trabajar el mundo sin Dios conduce a éste a la destrucción.  Pero nosotros, cristianos, sabemos que la Cruz reúne el Arbol de Vida al del Conocimiento del bien y del mal.  En el Cristo, se borra todo peligro del saber;  fuera del Verbo, caemos en las bombas atómicas lanzadas al abismo sin fondo, y la ciencia atea reproduce exactamente el gesto de Adán y Eva en otro contexto.  Con menos peligro, sin embargo, porque junto a los exploradores ateos actúan los que progresan en la Trinidad.  No olvidemos que la Encarnación del Verbo y el descenso del Espíritu comunicaron al mundo la incorrupción, la fuerza transformadora y la energía deificante.  La catástrofe escatológica no es más que el último sobresalto del pecado de Adán antes de la restauración del universo en que Dios será todo en todos.

Creer que las bombas atómicas podrían disolver el mundo es una ilusión como otras.  Amigos míos, la vitalidad de Dios es bastante potente para preservar a su creación de la ciencia, si El lo desea.  No construyamos inconsideradamente un falso clima “apocalíptico”.  Podemos pensar: “Puede ser, pero no es evidente”.  En cambio, la parábola de las bombas atómicas demuestra ser singularmente instructiva porque esclarece el peligro: el hombre presiente que un conocimiento “a-divino” en aumento de las leyes de la naturaleza es maldito.  Cuanto más descubra el encadenamiento de los fenómenos, más se golpeará contra el vacío.  Por otra parte, ya avanzamos en este plano, pues detrás de la materia misma distinguimos _o más bien sentimos_ ese vacío en que nadan los átomos.  El conocimiento nos empuja ineluctablemente a la nada e, instintivamente, retrocedemos.

Volvamos a la teología de la Cruz vivificante de la cual nuestro Señor es el Fruto, el Cristo en la cruz del Arbol del Conocimiento del bien y del mal.  Moisés lo predecía ya simbólicamente cuando levantaba la serpiente de bronce en forma de cruz, salvando al pueblo de Israel de la muerte y de la mordedura del mal.  El Cristo es la Serpiente de la Sabiduría suspendida del madero: está allí para darnos el Conocimiento, pero por su Sangre, y sólo podemos adquirirlo en El.

En su diálogo con Nicodemo, Nuestro Señor Se compara a la serpiente.  Se identifica con la serpiente: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre (Jn 3,14).  Toma aquí el lugar del tentador, o más bien es el impostor quien se camufla bajo la forma de la serpiente, se enmascara engañosamente con un signo del Verbo encarnado.  Si la imagen de la serpiente no fuera uno de los iconos del Verbo, Eva no lo hubiera escuchado con confianza, y se hubiera apartado espontáneamente.

¿Por qué se emplean las palabras bien y mal?  El apóstol Pablo nos indica que bien es sinónimo de camino de vida, de incorrupción; mal, de camino de muerte, de corrupción.  Si buscamos la fuente fuera de la Vida, caemos necesariamente en la muerte y el mal.  Eres polvo y volverás al polvo, dice la Escritura.  “Eres amalgama de átomos y volverás a la amalgama de átomos”.  Dios les quita su aliento, expiran y vuelven a su polvo, canta el Salmo cósmico (Salmo 104,29).

Las leyes del cosmos están subordinadas a los dos mandamientos: Ama a tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, todo tu espíritu _es la rama vertical del árbol-cruz_;  y el segundo, semejante al primero: Ama a tu prójimo como a ti mismo _la rama horizontal_.  Observen el carácter total, exclusivo del amor de Dios: Con todo tu corazón, toda tu alma, todo tu espíritu, y el carácter reservado, relativo, del amor de la creación: como a ti mismo.  La venida del Hijo no refuerza el primer mandamiento, sino que amplifica el segundo.  Amad a vuestros enemigos, Amaos los unos a los otros como Yo os he amado.  ¿Y cómo ama el Hijo?  Da su vida.  No hay amor más grande que el de dar su vida por su prójimo.  El Cristo aporta una nueva actitud con respecto al mundo: el amor sacrificial.

Primero, la relación entre Dios y la criatura; luego, la relación entre las criaturas _humanas, animales, cósmicas_ que únicamente mantiene la caridad, la atracción divina, salvándolas del riesgo de dispersarse egoístamente en la corrupción.  El ser cuyo eje esté únicamente fijado, tenso hacia el cosmos, sea por el camino de la ciencia, del ateísmo o de las religiones cósmicas, gastará el mundo y se gastará a sí mismo.  Sólo en el seno de la Trinidad el hombre podrá aventurarse por el universo dualista, real y ilusorio, mortal e inmortal en Dios.

El bien y el mal, además de las consecuencias morales, engloban las dualidades y las oposiciones.

¿Qué es la muerte, sino la separación con respecto al Creador, el retorno de la creación a lo que es en sí, es decir, nada?

¿Cómo resucitar si recaemos en la nada?

Daré una comparación: la criatura es una pelota _en tanto que Dios la mira_, y alrededor de esta pelota está la nada (es una imagen imperfecta).  La nada frota, carcome, herrumbra la pelota, pero si Dios penetra en ella, desciende hasta el infierno, hasta el abismo, hasta el borde de la pelota, El detiene toda carcoma, toda descomposición.  Y el que se deja tomar por el Cristo abate la muerte.

2.  Solo y uno

El Señor Dios dice: No es bueno que el Humano esté solo.  Le haré una ayuda que le corresponda.

“Nuestro Dios es Uno”, escribe San Hilario, “pero no está solo, pues es Uno en substancia y Tres en Subsistentes”.  La soledad no es buena.  La unidad es perfecta, pero incompleta sin la Trinidad.

¿Por qué Dios, que es infinitamente bueno, hizo algo que no es bueno, para tener que rectificarlo?  ¿Por qué actúa por etapas?  Encontramos la misma actitud providencial y predestinante en la creación de Adán.  El Señor Dios modela al hombre con el limo, y luego, habiendo concluido la escultura de nuestro cuerpo, lo anima con el soplo de vida.  Primero la materia, luego el espíritu; primero la obra maestra material, luego la obra maestra espiritual.  El trayecto de la materia hacia el espíritu anuncia la ley esencial de la creación, su vocación de progresar hacia Dios, de ser dios en devenir.

Si la evolución de la materia hacia el espíritu es fácilmente discernible, la de la soledad hacia la “comunidad” es menos evidente.

Extraña soledad la de Adán.  San Basilio, abandonado por todos sus amigos, decía audazmente: “No estoy solo, somos cuatro: el Padre, el Hijo, el Espíritu y su servidor Basilio”.  Adán estaba con Dios, en diálogo amante con su Creador, que él amaba con todo su corazón, toda su alma, todo su espíritu.  ¡Qué puede haber mejor que la intimidad divina!   Los anacoretas buscan la soledad del desierto árido para quedarse solos con El, cierran la puerta a todos los amigos, abandonan todo contacto humano para gozar de la dulce soledad con el Bien Amado.  ¿Acaso Adán era inferior a los monjes (y esta palabra deriva de móvos, “solo”), amaba menos a su Dios, estaba más alejado de su Maestro Increado que los humanos después de la caída?  ¿Se aburría ya en el Paraíso y dejaba que la tristeza invadiera su alma?  Si fuera así, sería insensato añorar el Paraíso perdido.  Y el texto del Génesis, entendido literalmente, se volvería enigmático e inaceptable.

Adán estaba amamantado por la Gracia, y bebía la leche de la divina misericordia, pero había llegado el tiempo de hacerle dar un paso hacia adelante: experimentar la libertad, descubrir el segundo mandamiento, no dejarlo inmovilizarse en el “statu quo”.  Podía realizar totalmente, sin obstáculo, el primer mandamiento.  La enseñanza del discípulo bienamado no hubiera podido aplicarse a Adán: Si alguien dice: Amo a Dios, y detesta a su hermano, es un mentiroso.  El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve (1 Jn 4,20).  Adán no tenía hermano para amar.  Veía a su Señor, vivía en la contemplación beatífica de la Divina Trinidad, en comunión palpable con Ella.  Dios se paseaba en el Paraíso, a la brisa del día, y el ruido de sus pasos le era familiar.

Dios mismo, antes de la tentación, prueba al hombre con miras a su perfección.

La primera prueba es pasiva: No comerás, esfuerzo de abstinencia, de ayuno, de obediencia, para verificar la confianza, la fidelidad, la amistad y el amor del hombre por el Creador.

La segunda prueba es activa: pone ante Adán a un ser que le es semejante para que se ejercite en la adquisición del amor, no ya de Dios sino de la criatura; para que aprenda a distinguir las personas en la unidad creada, y realizar en la tierra el misterio trinitario.

Le haré una ayuda que le corresponda no indica, de ninguna manera, que Adán estaba incompleto; Adán, que era andrógino, sintetizaba todas las cualidades de la criatura, teniendo, además, la ayuda y el complemento de la Gracia.  Nada le faltaba en la casa paterna, rodeado de la infinita ternura y de la potente solicitud de su Creador, asistido por el Verbo, vivificado por el Espíritu.  Dios le propone la ayuda, el complemento, el colaborador, el amigo en la criatura, para que no sea más el único jefe del universo y no permanezca en estado monárquico, sino que la Iglesia-Comunión-Comunidad nazca.  Este nuevo estado no puede ser impuesto, aparecerá en el consentimiento voluntario del hombre, su libertad y su elección.

Repitamos: la primera prueba (no comas del fruto . . .), prueba del amor a Dios; la segunda, del amor al prójimo.

El Verbo se dirige a Adán: “Quiero que sepas amar a los seres consubstanciales a ti, como Yo amo a mi Padre y como mi Padre Me ama, como amo al Espíritu y como el Espíritu Me ama, y nuestro amor es tan perfecto que no somos tres dioses, sino un solo Dios, única Esencia, tres Personas.  Queremos que seas uno, por tu naturaleza creada, pero no sólo por tu humanidad.  No queremos que la más bella virtud de la que adorné mi obra, el amor, esté exclusivamente vuelta hacia Mí.  Quiero que irradie también en nuestra criatura, quiero que la derrames también sobre otros diferentes de Mí”.   Sublime desinterés del Creador.  En nuestro lenguaje imperfecto, calificaremos esta propuesta de “riesgo divino”, de “juego peligroso”: . . . Y si Adán se apegara más a su ayuda que a Dios, si él la escuchara más que a su Dios . . .  Enigma conmovedor de la libertad: sin libertad, no hay amor, no hay moral, no hay Dios.

[10] En la traducción castellana ya citada, página 12, nota 2 17.  (Nota del Traductor)

Capítulo XVIII

1.  Nominación de los animales

El Señor Dios forma del humus todo animal del campo y todo pájaro del cielo.  Los lleva hacia el Humano para ver qué les clamará: todo lo que el Humano clama a cada alma viviente, es su nombre.

                                               Génesis 2,19

 

Nuestro quinto capítulo indicó los cuatro actos creadores de Dios.  El cuarto era la nominación.  “La nominación _escribimos entonces_ confiere a cada elemento un sentido, una autonomía racional, una vocación”.

Adán recibe orden del Creador de imitarlo nombrando a cada ser viviente, comunicándoles por los nombres algo de su soplo de vida.  Dios honra a Adán con la dignidad de un dios de la naturaleza, lo hace colaborar con El en la formación del universo.

El primer relato nos transmite el mandamiento divino dado al hombre de dominar sobre los animales, de velar sobre su rebaño como un pastor.  Esta orden considera el interés general; Noé continuará de cierta manera esta misión, introduciendo en el Arca-Iglesia los animales de todas las especies.

El segundo relato reviste a Adán de una segunda misión complementaria: entrar en relación personal con cada criatura.

Adán, a través de estas dos acciones, prefigura al buen Pastor que apacienta su rebaño y llama a cada una de sus ovejas por su nombre (Jn 10).

La teología del nombre es una de las disciplinas más apasionantes.  Somos salvados por el Nombre del Señor: Sálvanos a causa de tu Nombre.  Al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos.  El nombre expresa al ser y posee la energía transformadora.  El cambio de nombre: Abram en Abraham, Simeón en Pedro, convierte la naturaleza.  Sin los nombres dados por Adán a los animales, su existencia hubiera sido incompleta, anónima, ilógica, irrazonable.  Al nombrarlos, los humaniza.

La teología del nombre nos introduce en la ciencia sagrada del alfabeto, de las palabras, de la gramática, de la lengua.

Los nombres son palabras; las palabras, unión de sonidos y de letras.  Por las letras y las palabras sagradas, el Verbo forma la criatura.  El Verbo, Alfa y Omega, contiene el alfabeto divino.

Adán crea una segunda lengua: Dios quiere ver cómo los nombrará, qué combinaciones de letras utilizará para designar a los animales.

El verbo adámico se inspira, ciertamente, del Verbo divino, pues antes de articular los sonidos escucha los mandamientos del Creador (Gen 1,28-29 y 2,16) pero es él quien prolonga la obra creadora al forjar las palabras.  Dios nombra a la luz “Día”, y a las tinieblas “Noche”;  al firmamento, “Cielo”, etc.  Deja al hombre la tarea de nombrar a los vivientes.  Comienza solo su obra, pero la termina con Adán.

El Verbo llama a Adán a la colaboración previendo su Encarnación, que reunirá las dos voluntades, divina y humana, cuya sinergía termina la perfección de la creación.

La nominación de los animales por Adán es, según la Tradición, el nacimiento del arte.  Adán, en efecto, se revela como poeta, músico, pintor, escultor, bailarín.  La más breve y más bella poesía está contenida en una sola palabra.  La palabra es al mismo tiempo armonía de sonido, imagen, forma y gesto.

El pecado original debilita la veracidad y la potencia de las palabras.  Por eso distinguimos tres lenguas: divina, adámica y post-pecado o primordial;  a imagen de estas tres lenguas se distinguen las palabras sagradas-nobles, neutras y profanas-vulgares.

La unidad de la lengua primordial se disuelve con la Torre de Babel, dispersa en multitud de lenguas según las razas y los oficios.  Pentecostés recrea, por la potencia del Espíritu Santo, la lengua única cuya unidad reside en la multiplicidad (Hechos 2,8-12).  Esta lengua no es ni el griego, ni el latín, ni la lengua universal de Leibniz, ni el esperanto . . ., sino la meta-lengua.

¿Cómo puede ser entonces que cada uno de nosotros los oiga en su lengua materna?  Partos, medos y elamitas, habitantes de la Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de la parte de Libia cercana a Cirene, romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos proclamar en nuestra lengua las maravillas de Dios.

Los que no están en el Espíritu Santo y la caridad pueden hablar un lenguaje semejante sin comprenderse.  El problema de la meta-lengua es vitalmente actual.  Cada rama de la ciencia emplea de tal modo, y cada vez más, un “dialecto”, una “jerga”, que los técnicos de ramas diferentes ya no se comprenden y la misma palabra engendra a veces la confusión.  La síntesis es imposible.

A la teología corresponde la tarea de volver a animar y desarrollar la meta-lengua.

El enigma del texto sagrado es que el hombre nombre primero los animales en lugar de nombrar a Dios.  Dios es el Innombrable para el ser paradisíaco.  Después de la caída, Enosh, hijo de Set, nieto de Adán, será el primero que invocó el Nombre del Señor (Gen 4,26).

2.  Los animales en la economía de la salvación

La nominación de los animales por Adán plantea el problema de las bestias en la economía de la salvación.  Es problable que los animales hayan recibido, con el nombre, el rudimento de la palabra.  ¿Acaso no se estudia actualmente, por ejemplo, el lenguaje de los pájaros?  Los hombres separados de la civilización afirman que pueden conversar con los animales.  Los cuentos guardan el recuerdo de animales que hablan con los hombres.  La Biblia nos cita el ejemplo de la burra de Balaam.

El pecado original maldijo la naturaleza y arrastró a los animales, que se deshumanizaron como el hombre se des-divinizó.  El totemismo es característico de la evolución del pecado: la tribu se pone bajo la protección de un animal, y el hombre imita a la bestia.

El Cristo vence entonces al totem por el totem, haciéndose el Cordero inmolado.

El Arca de Noé, pre-figura de la Iglesia, salva con el hombre a todos los animales.  Los Salmos láudicos (148, 149 y 150) ordenan a los animales que alaben cada mañana al Señor, y el Evangelio nos cuenta que después de la tentación, el Cristo estaba con las bestias salvajes y que los ángeles Lo servían (Mc 1,13).  No olvidemos el degüello sacrificial de los animales en los cultos antiguos, donde reemplazaban a los hombres;  en esos cultos, ya no es más el hombre quien los santifica, sino que es la sangre de toros y machos cabríos la que santifica al hombre.  Pero el Cristo detiene la inmolación de los animales.  Toma su lugar y, por su Sangre, vertida una vez por todas, santifica al hombre, los animales y toda la creación.  Jesús no es sólo el Hijo del hombre, el nuevo Adán, sino que también es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.  Los animales no están admitidos en el templo cristiano, no porque se piense que puedan mancillar el lugar santo, sino porque el hombre, responsable de su caída, debe ser salvado en primer lugar.  De la salvación humana depende la de los animales y de la naturaleza.

Los animales participan del mundo transfigurado.  Los Profetas los ven, en su éxtasis visionario: El lobo habita con el cordero, la pantera se acuesta cerca del cabrito, el ternero y el leoncillo pastan juntos, conducidos por un niñito.  La vaca y el oso se hacen amigos, sus pequeños se albergan juntos.  El león come paja como el buey.  El infante se divierte en el agujero de la cobra, y el niño pone la mano en el nido de la víbora.  Ya no hay mal ni rapiña en mi santa Montaña, pues el país está lleno del conocimiento de Dios como las aguas colman la profundidad de los mares (Isaías 11,6-9).

En los iconos, signos del mundo transfigurado, los animales son representados junto a los santos: el caballo de San Jorge, el león de San Jerónimo, el perro de San Roque, etc.

El hombre es a imagen y semejanza de Dios, los animales a imagen y semejanza de las virtudes divinas: la serpiente, la sabiduría; la paloma, la pureza; el león, la realeza; el águila, la contemplación; el cordero, el sacrificio.

Estas observaciones son sólo un rápido bosquejo de la teología de los animales, “el bestiario teológico”, como decía la Edad Media. 

3.  Adán rehúsa la humildad sin caer en el orgullo

Dios propone a Adán que nombre los animales para que busque un amigo, un complemento, un prójimo, un “otro”.  Toda la evolución de los seres vivos, desde el más elemental hasta el más elevado, pasa bajo la mirada de Adán, pero él no encuentra a ninguno que lo iguale en perfección.

Dios prueba al hombre, no impone, le propone elegir entre las criaturas inferiores a él, así como El, Dios, elegirá la forma de esclavo, y no se negará a ser comparado con el cordero, la paloma, el becerro cebado, ni a tomar por nombre el de León de la tribu de Judá.  Dios desposará la Creación, el Verbo festejará sus bodas con la humanidad en las entrañas virginales, como canta el Prefacio del Santo Encuentro, o Candelaria.  El Perfecto elegirá al imperfecto como su bienamado, el Imperecedero amará al perecedero, el Omnipotente al débil, el Inmortal al mortal, para que, despojado de su gloria y de su majestad, pueda levantar a la criatura, coronarla y sentarla a su derecha como Virgen pura, sin mancha y sin arrugas, como su Esposa.  Dios condescendiente ofrece al hombre la condescendencia.

Adán, indiferente, aparta de él lo que le parece inferior.  Hubiera podido humillarse, y al humillarse, “elevar al pequeño”, insuflarle la inteligencia, alzarlo a la dignidad humana, tomar como compañera a esta multitud de seres que hasta ahora gime por la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Adán amó a los animales como un amo, sin querer imitar a Dios.  ¡De ningún modo suponemos que hubo la menor animosidad entre el hombre y la naturaleza en el Paraíso!  Esta se manifestará después del pecado.  Sin embargo, el hombre en el Paraíso, en su primer acto creador, manifiesta ya hacia el animal una realeza llena de ternura, pero se niega a ser su esposo y su liberador.

El orgulloso Satán se revela ante la abnegación divina, y Adán se queda inactivo.  No cae en el orgullo, pero se priva de la humildad.

El hombre “exaltado” desde el limo, al elevarse por etapas hacia la primacía, hacia Dios, olvida la lección de su origen.  El olvido precede al sueño.

4.  El sueño

El Señor Dios hace caer sobre el Humano un profundo sueño;  y éste duerme.

                                               Génesis 2,21

 

El olvido es el sueño de la memoria y del espíritu.  Ante este sueño espiritual, el Misericordioso envuelve al ser total del hombre en un profundo sueño.  La vigilancia, la vigilia, la memoria de nuestro origen y de nuestra dependencia absoluta de Dios son las raíces de nuestra deificación.  Velad y orad, para no entrar en tentación (Mt 26,41).

El sueño de Adán no es la muerte, pues ésta penetrará en el mundo por el pecado, pero abre ya la posibilidad de la muerte.  El sueño no es a imagen de Dios _el ojo abierto del Dios vivo no se adormece nunca_, no es una virtud ni es el pecado, pues es Dios quien duerme a Adán.  Antes del pecado, el sueño presagia la obra redentora, y el sueño de Adán evoca el sueño del Cristo en la Cruz.

 

Toma uno de sus costados, y allí cierra la carne. 

El Señor Dios construye a la Mujer con el costado tomado del Humano.

                                               Génesis 2,21-22

 

Primera anestesia y primera intervención quirúrgica.

Así como Eva salió del costado de Adán, la Iglesia saldrá del costado traspasado del Cristo en Cruz.

Dios divide en dos al ser entero y perfecto.  Toma uno de sus costados, le extrae el corazón derecho, dejándole el corazón izquierdo, para que su corazón izquierdo busque a otro corazón simétrico.  Cuando un hombre abraza a otro hombre, el corazón amante de su compañero calienta la derecha de su pecho, y su corazón amante calienta la derecha de su compañero.  La iconografía presenta al Crucificado traspasado en el costado derecho; algunos iconos ubican bajo la llaga a un ángel que tiene un cáliz en el cual se vierte la Sangre preciosa mezclada con agua.  El Cáliz de San José de Arimatea contiene la Sangre de la llaga divina.  La copa que contiene la Sangre del Cristo es el corazón de la nueva Eva, la Iglesia.

Y la lleva hacia el Humano.

                                   Génesis 2,22b

Noten esta expresión: Dios presenta, propone a Adán su última obra maestra, como si le preguntara: ¿Y a ésta, quieres amarla?

El Artista divino modela a la criatura más bella, virginal por sus formas perfectas, esbozo de María, de la Iglesia, del mundo transfigurado.  ¡Ah! Si pudiéramos contemplar tu belleza, niña querida, que reúnes en ti la exquisita pureza de un adolescente y de una joven, juntos, sin la opacidad del sexo, libre de toda concupiscencia.  El Artista divino extraerá más de una vez la virginal belleza de Eva del costado de Adán.  A través de las edades, a través de los justos, la Sabiduría construía el cuerpo inmaculado de la Madre de Dios.  Y luego, tirando de la derecha de la Humanidad con las pinzas de los sacramentos, operando con el bisturí del Evangelio, recogiendo la sangre de miles de santos conocidos y desconocidos, y las lágrimas de penitencia de los pecadores, el Espíritu Santo modela la Iglesia eternamente joven, y la conducirá al Esposo celestial, Jesús, cuando los tiempos se cumplan.

Cuando cantamos por los difuntos: Dales, Señor, el descanso eterno, les deseamos un sueño misterioso, semejante al de Adán.  De su descanso, el Espíritu exhala la Iglesia celestial.

5.  Primer discurso de Adán

Y he aquí que el hombre abre la boca y pronuncia su primer discurso.  Grita, y su grito es tan potente que resuena en todo el universo y en todos los tiempos.  Todavía lo oímos.  Este grito de júbilo que hace estremecer a la naturaleza entera, incitó a los ángeles a clamar a través de los cielos: “¡Ave, alégrate, oh Llena de Gracia!”

 

El Humano clama: Esta vez, sí: ¡es hueso de mis huesos y carne de mi carne!  A ella se clamará ‘Isha’(“varona”) pues de ‘Ish’ (varón) ésta fue tomada.

                                               Génesis 2,23

 

Es la obra de Dios, pero también un producto del hombre, como la Iglesia será la obra del Cristo, pero también el producto de los cristianos.  ¡Qué hermosa eres, amada mía; qué hermosa eres, paloma mía!  Eres en verdad consubstancial conmigo, tomada de mí.  Dios transmuta el barro en amor perfecto.

Ante su doble, su complemento, su ayuda, Adán reacciona como padre-madre: hueso de mis huesos, carne de mi carne.  Son palabras paternales-maternales y no las de un esposo.  Pero, al mismo tiempo, la distingue nombrándola Isha: es también su hermana.  Soy tu origen, pero eres igual a mí, no menor.  Son los primeros pasos en el umbral del misterio de una sola naturaleza en tres hipóstasis, de la distinción en la unidad.

Sin embargo, Adán se prevé también como esposo, pues dirá: El varón se adhiere a su mujer y son una sola carne.

Habiendo pronunciado su primer discurso, Adán, legislador y profeta inspirado, promulga la primera ley, traza el destino de los hombres, define las relaciones esenciales de la sociedad humana:

 

El varón deja a su padre y a su madre y se adhiere a su mujer y son una sola carne.

                                               Génesis 2,23

 

Esta ley contiene dos movimientos: separación y unión, divorcio y matrimonio, divorcio con respecto a los padres, bodas con la mujer.

La separación tiene por misión hacer avanzar y liberar al mundo; la unión, realizar y hacer fructificar el mundo.

La tragedia de la humanidad después del pecado proviene de que ella se separa allí donde debería unirse, y se une allí donde debería separarse.  La salvación reside en la separación verdadera y en la unidad verdadera.

La legislación adámica resume el matrimonio bajo todas sus formas humanas.  Es evidente que esta ley profética no es una obra solamente humana, pues Adán está impregnado del Espíritu.

6.  Vergüenza y desnudez

Los dos, el Humano y su Mujer, están desnudos, y no sienten vergüenza.

                                               Génesis 2,25

 

La desnudez es siempre pura, pero la mirada puede ser impura; la desnudez es siempre sagrada, pero el deseo puede profanarla; la carne es pura, el espíritu puede ser impuro.

Adán y Eva estaban desnudos corporalmente y en su ser entero, sin segunda intención, sin imaginación, sin nada que ocultar.  No sentían vergüenza.

La vergüenza está a medio camino entre la virtud y el pecado, entre la inocencia y el impudor.  Se niega a la penitencia y no se atreve a desnudarse ante Dios.  Contiene una minúscula dosis de orgullo, guardando al mismo tiempo la conciencia y la pena por el pecado sin la fuerza de confesarlo.  La vergüenza puede detener la caída, pero detener también la evolución.

Capítulo XIX

1.  La desobediencia y la negativa de penitencia

Dos instantes esenciales dividen el pecado original: la conversación de Eva con Satán, la conversación de Adán y Eva con Dios _la relación con Satán, la relación con Dios_.

El primer momento queda subrayado por la desobediencia, o _para decir lo mismo_ la elección libre de otra obediencia, pues desobedeciendo a Dios ellos obedecen a Satán.  El segundo, por la negativa de penitencia, o _para decir lo mismo_ la negativa de responsabilidad, y la adjudicación de esta responsabilidad a Satán.

Dije desobediencia o elección libre de nuestra obediencia, pues el hombre que desobedece, obedece siempre.  Si desobedece a los mandamientos del Cristo, obedece a sus propios caprichos, a las pasiones, al diablo.  Es claro.  El hombre rebelde obedece necesariamente a otra cosa, pues todo es engendrado por pares;  nuestra decisión está sometida siempre a algo, con alguien: Dios, el diablo, las pasiones, la sociedad; de tal manera que la voluntad se mantiene existente y libre.

La libertad del hombre comienza con el respeto de la del vecino: sin ésta última, no hay libertad.  Un Dios no trinitario sería absurdo, una naturaleza, un objeto.  El Padre Sergio Bulgakoff podía escribir, con toda verdad, que sin “tú” no puede haber “yo”; el “yo” se justifica en el “tú”.

Imaginemos a un único hombre en la tierra.  ¿Puede ser libre si está solo?  Su libertad se definirá por la de otro ser que esté a su lado, Dios, Satán u hombre.  Si la personalidad está sola en el universo, su libertad es “inmanifestable”, prisionera de su propia naturaleza, incapaz de liberarse.  Para surgir libremente, le es indispensable tener una voluntad libre, diferente de la propia, susceptible de responderle.

La religión cristiana, que ama por excelencia la libertad, sitúa por encima de la meditación a la plegaria animada por el “tú”, pues la plegaria trasciende todas las posibilidades.

Es pues natural que el pecado se realice entre dos diálogos, cada uno de los cuales expresa una determinada tríada: Adam-Eva-Satán, Dios-Adán-Eva.  Tres personas conversan, y en ambos casos aportan una decisión.

El pecado no es un sentimiento, un pensamiento, una naturaleza: es un acto libre, y si no, no sería pecado.  Su “materia” es la libertad, la decisión.  Podemos sacar la conclusión, por lo tanto, de que el pecado en sí no existe: lo que existe, es la actitud de la libertad con respecto a otra libertad, la manifestación del pecado.  El restablecimiento en nuestra Liturgia de los términos exactos de la oración del Señor: Líbranos del Maligno en lugar de líbranos del mal es profundamente teológico.  Pecado, en hebreo, tiene el sentido de desvío de la meta, de desvío de dirección.

La naturaleza es buena, la creación es un bien.  Platón lo sabía, y los Salmos cantan la bondad de Dios en sus obras.  Por eso la Biblia no dice: “el Arbol del bien y del mal”, sino “el Arbol del conocimiento del bien y del mal”.  Dios no creó el árbol del mal; el mal adquiere vida por oposición al bien, siempre es juego, conflicto, ilusión.

El pecado no reside pues en el hecho de haber comido el fruto prohibido, sino en la sumisión a la voluntad diabólica, desviación del acto libre.  La carne, en tanto que carne, no es nociva; el pecado carnal se cumple cuando el espíritu se somete a la carne, cuando los valores, tal como Dios los había popuesto al hombre, se invierten.  Vuelvo a decirlo: el pecado se arraiga en el seno de la libertad y no de la naturaleza, imprimiendo a nuestro ser espiritual una actitud falsa.  Adán, amigo de Dios, prefiere la amistad de Satán: he aquí una de las definiciones posibles del mal.

Durante el primer diálogo, Eva presta oídos al discurso satánico; durante el segundo, con Dios, ella se niega a asumir la responsabilidad de su gesto, se niega a humillarse.

La Virgen, en el extremo opuesto, obedece al Señor, ¿pero cuál es el acto de María que rescata el orgullo de Eva?  La primera mujer niega su debilidad, no reconoce haber pecado, acusa al tentador; Adán actúa como ella: “no soy yo, es la mujer”.  Eva renuncia a su responsabilidad, y, en ese mismo momento, pierde su dignidad humana.  Era necesario que la Purísima cumpliera también dos actos, y el Evangelio de San Lucas nos los relata: ¿Cómo podría yo dar a luz, si no conozco varón?, y: Soy la esclava del Señor.  Las dudas de la Virgen dan testimonio de su humildad --ella no se atreve a creer--; la aceptación da testimonio de su obediencia.  Adán y Eva hieren doblemente su libertad: sumisión a Lucifer y negativa de responsabilidad ante el Creador, o negativa de penitencia.

 

La serpiente era astuta, más que todo animal del campo

que el Señor Dios había hecho.  Dice a la Mujer . . .

                                               Génesis 3,1

 

Insistamos simplemente _pues ya hemos hablado largamente de esto en la Angelología_ que el pecado se efectúa en el plano angélico antes de descender al plano humano y cósmico.  Nuestro pecado “es un pecado de propagación”, dice San Agustín, pues es el querubín Lucifer quien ha pecado primero.

La serpiente (la sabiduría) era astuta, más que todo animal del campo . . .

Más . . .   La astucia de la serpiente: ¡todo el problema del engaño, de la falsedad!  ¿Ha sido vencida?  El Cristo murió para vencer a la muerte, y nos liberará por astucia, pues la honestidad es impotente frente a la malicia del Príncipe de iniquidad.

El Cristo se hace Serpiente Salvadora.  Como Serpiente divina, engaña a la antigua serpiente.  La noche de Pascua, celebramos: El Infierno atrapó un cuerpo y encontró a un Dios; tomó lo que es visible y cayó en lo que es invisible (Homilía de San Juan Crisóstomo).  ¿Cómo combate el Cristo al demonio?  Como lo explica León el Grande: Lucha contra él como hombre y no como Dios.  Frente al adversario, no Se sirve de la potencia divina, y el diablo muerde el anzuelo.  ¡Pero este anzuelo es la Cruz!  La serpiente, cegada por su triunfo sobre Jesús de Nazareth, Dios en forma de esclavo, no discierne en esta presa, esta víctima que se traga victoriosamente, al anzuelo que es la Cruz.  Una vez más, el orgullo se destruye a sí mismo.  Ya cuando había tratado de tentar al Cristo en el desierto, había perdido la cabeza.  El comienzo de su conversación parece prudente: ¿acaso no hay que conducir a la multitud a la divinidad, dándole primero pan?  Pero cuando, exasperado, lanza a la cara de Dios: Te daré todas estas cosas si Te prosternas y me adoras (Mt 4,9), ya se volvió loco: es la ceguera.  La “historia” del diablo aparece en transparencia en el Evangelio, y el infierno actúa cada vez menos inteligentemente.  Incita a Judas para que entregue a Jesús, luego, inspira a la mujer de Pilatos para que detenga el juicio (varios Padres piensan que el sueño de la mujer de Pilatos fue inspirado por Satán para detener la marcha de nuestra salvación); trastabilla, se contradice, trampea, se enloquece.  Cuanto más aumenta la agitación diabólica más se estrecha la red divina.  Ven ustedes, amigos míos, que hay que ser astuto con el más astuto de los animales.  No soy yo quien lo dice, sino el Cristo Quien nos lo aconseja: puros como palomas, astutos como serpientes.

¿Por qué adopta Satán la forma de la serpiente?  Para imitar al Cristo.  La serpiente simbolizaba la sabiduría, y el diablo se apodera de esta forma.  Hasta hoy, trata de aparecer como un cristo.  Como no puede pedir prestado el rostro de la Virgen11, se agita para tomar los rasgos del Hijo del hombre, y se muestra rodeado de claridad hasta que, de pronto, descubrimos la impostura.  Satán está torturado por el deseo de ser el Cristo.

Un gran santo, Nikón de Novgorod, oró mucho y el “Cristo” se le apareció.  Durante meses, ese cristo le transmitió palabras admirables, y luego, un día, le susurró: Nikón, ya no necesitas orar, llegaste a la unidad conmigo y sólo necesitas estudiar.  San Nikón abandonó la plegaria y se sumergió en el estudio.  El diablo le comunicó pensamientos ligeramente inexactos, cada vez más frecuentes, y sólo después de un período de siete años el santo descubrió la acción sutil de este falso cristo, su imperceptible insuflación de orgullo.  Se apoderó de él una gran angustia, y se hizo un gran santo, precisamente porque comprendió lo que le había sucedido y consiguió liberarse.  El relato agrega que cuando lo hubo domesticado, Nikón puso al diablo a su servicio.

Muchas veces, en el curso de mi vida pastoral, me crucé con almas vibrantes de vida intensa, aparentemente buena, pero cuyos frutos, en definitiva, resultaban amargos.  La Iglesia nos advierte que hay pueblos enteros dirigidos a veces por un falso cristo que los precipita en el error.

La astucia diabólica es, por supuesto, contraria a la astucia divina.  ¿Cómo reconocer esta última?  La manera es fácil.  La astucia del Cristo, siempre humilde exteriormente, es potente por el contenido; la de Lucifer, luminosa en el exterior, está podrida interiormente.

La serpiente era astuta, más que todo animal del campo . . .

¿Por qué “del campo”?  El campo, en el Evangelio, es símbolo de pastoreo.  Yo soy la Puerta, dice el Buen Pastor, quien entra por Mí, encuentra Pastos abundantes.  Los Salmos evocan también “las verdes praderas”: Conduce a su rebaño por verdes praderas.

“Pastoreo”, en boca del Cristo, designa al Espíritu.  En  consecuencia, cuando se dice: era el más astuto de los animales del campo, esto indica que el diablo pertenecía a las criaturas ornadas de los mayores dones, alimentadas en los campos de pastoreo del Espíritu, uno de los querubines cercanos a la Trinidad.

Llegamos al primer diálogo.

Satán se dirige a la mujer.  ¿Por qué se vuelve primero hacia la mujer?  ¿Porque ésta dependía del hombre?  La mujer sólo dependió del hombre después del pecado.  ¿Era inferior al hombre?  La mujer, complemento del hombre, no es menos que él.

¿Cómo fue formada Eva?  Del costado de Adán.  ¿Dónde se encuentra el costado del hombre?  En el pecho.  Aquí está la clave.

La mujer, en sentido ideal, está centrada en la intuición, el sentimiento; el hombre, en la inteligencia.  Esto no es contradictorio, sino complementario.

Dios distingue el sentimiento de la inteligencia para que se reencuentren: ése era su plan.  La separación de estos dos elementos se hizo con miras a su re-unión.

Pero, por otra parte, ¿por qué Satán pensó que le sería más fácil atacar el sentimiento enmascarándose con la forma de la sabiduría?  Porque la inteligencia es el discernimiento, porque en la inteligencia residen la prudencia y la sabiduría, y porque una forma de la sabiduría podía abusar mejor de la confianza del corazón.  La confianza inicial del corazón sin la inteligencia del discernimiento puede ser engañada porque es virgen.  Es evidente que el pecado de Adán supera al de Eva.  El podía discernir, ella no podía hacerlo.  Por eso el Cristo se hizo hombre, pues si el pecado de Eva hubiera sido mayor, Se hubiera hecho mujer.

La enseñanza del pecado nos descubre el mecanismo de la inteligencia y del corazón.  Máximo el Confesor y los estoicos dirán que el hombre perfecto tiene el corazón cálido y la inteligencia fría.  Una inteligencia recalentada se equivoca, pues debe seguir siendo analítica, mientras que el corazón debe ser sintético, intuitivo, directo.

Comprendemos entonces por qué Eva responde a la serpiente sin dudar.  La astucia de la serpiente, que se presenta bajo la forma de la inteligencia, consiste en no dirigirse justamente a la inteligencia: Adán.  Consiste hasta ahora en ahogar los sentimientos inmaculados y nobles del alma: Eva.  Ella apunta a lo que es entero en el ser, temiendo lo que es analítico, y luego desarrolla su juego.  Los seres íntegros, desprovistos de discernimiento, pueden caer en la trampa diabólica.

La Tradición nos previene que es indispensable en la vida espiritual apoyarse en un guía, un “staretz”, en dogmas, en ritos, pues el discernimiento de la Iglesia nos garantiza contra los peligros de la pureza solitaria.

En realidad, el hombre completo es Adán-Eva y la santidad vuelve a conducir al androginado.  La mujer, ni inferior ni superior al hombre, es su complemento, y encontramos este pensamiento de vida en el matrimonio cristiano, a imagen de la unión del Cristo y de la Iglesia.  ¡El misterio es grande!

[11] La imposibilidad para Satán de tomar las apariencias de la Santísima Virgen es un tema demasiado inmenso como para que lo tratemos aquí;  el primer texto que hace alusión a esta limitación de la naturaleza diabólica se encuentra en Génesis 3,15, y el último en el Apocalipsis, capítulo 12.

Capítulo XX

1.  Cuatro tipos de hombres

Retomando uno de los conceptos de nuestro capítulo precedente, veremos que la Antigüedad distinguía cuatro tipos de hombres:

el hombre perfecto:    inteligencia fría y corazón caliente.

el hombre imperfecto:inteligencia y corazón calientes,

                                               inteligencia y corazón fríos,

                                               inteligencia caliente y corazón frío.

La inteligencia y el corazón calientes producen los “revolucionarios”, los héroes llenos de impulso sin discernimiento; su ciego arrebato, su idealismo, fabrican a menudo catástrofes.  “La sangre corre a causa de idealistas irresponsables”, decía un historiador a modo de conclusión.  Sin ninguna duda, son simpáticos porque son vibrantes, pero su espíritu es irresponsable, imprudente.  ¡Cuántas veces exclamamos: “Es un hombre tan bueno, y sin embargo, provoca los peores desastres”!

La inteligencia y el corazón fríos forman el tercer tipo de hombre.  Son seres claros, honestos, sin odio y sin amor.  No desean el mal.  Saben manejar el análisis con corazón indiferente, escéptico, neutro . . .  Incapaces de ser heroicos, nos seducen por su estabilidad y al mismo tiempo nos aburren, porque razonan demasiado bien.

Finalmente, tenemos un tipo humano compuesto de inteligencia caliente y corazón frío.  Los seres que pertenecen a este tipo emanan algo diabólico.  Seductores, cálidos en palabras, ocultan un vacío de sentimiento humano detrás de su cinismo amable.  ¡Ay!  ¡Cuántas veces asumen la máscara clerical!

 

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidáis los puntos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe! [. . .]  ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados! [. . .]  ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que construís las tumbas de los profetas y decoráis los sepulcros de los justos! [. . .]

                                               Mat 23,23 y sgts

 

El peligro se pone en evidencia cuando la frialdad de la inteligencia hiela el corazón y cuando el calor del corazón vela la inteligencia.

Este análisis, ya desarrollado por los estoicos y los Antiguos, fue adoptado por la Iglesia.  Nos ayuda a comprender la díada hombre-mujer, inteligencia-corazón (observen que la voluntad no entra en juego; es ése otro problema, donde reside la razón por la cual el demonio ataca a la mujer, es decir el corazón).

La arquitectura del templo simboliza esta noción.  El templo es un cuerpo perfecto de hombre extendido en el suelo.

La entrada figura los pies;  el nártex la parte inferior del ser humano;  la nave, el corazón, el pecho _la multitud_;  el santuario la cabeza.  San Simeón de Salónica hace sobre este tema una reflexión pertinente:  la Palabra _dice_ es pronunciada en el corazón, la enseñanza se difunde en el corazón, el presbítero sale del santuario para dar la comunión a los fieles.  Dios sale, desciende para comunicarse al corazón.

En el Santo de los Santos se realiza la transmutación del pan y del vino en Cuerpo y en Sangre, la elevación de la criatura hacia el Creador, la transformación de lo perecedero en imperecedero.  El pensamiento se eleva hacia Dios, Dios Se inclina hacia el corazón.  El pensamiento nombra al Innombrable, el corazón Lo recibe.  El temible sacrificio de alabanza que se celebra místicamente detrás del velo del santuario, en el cerebro del templo, se realiza para ser entregado a los fieles.  La Divina Liturgia sin comunión no está completa.  La inteligencia debe ir hacia el corazón, la cabeza debe inclinarse sobre el pecho, el Logos debe penetrar en las entrañas inmaculadas, Adán adherirse a Eva:

 

El varón deja a su padre y a su madre y se adhiere a su Mujer, y son una sola carne.

                                               Génesis 2,24

 

No es la mujer la que se liga al hombre (esto será una consecuencia del pecado: Hacia tu varón irá tu avidez, y él te dominará (Génesis 3,16); es el hombre quien se adhiere a su mujer.

La serpiente ignora a Adán y habla a Eva.  Las Escrituras dicen bien: Da también a su varón que está con ella y él come (Génesis 3,6); Adán, sin embargo, permanece mudo durante el diálogo.  La inteligencia no protege al corazón.  Eva come primero y luego da.  El está con ella, junto a ella, en lugar de estar unido a ella, haciendo una sola carne frente el enemigo.  La inteligencia está separada del corazón.

La serpiente sorprende a la mujer, la unidad de la inteligencia y el corazón no se cumplió, la madurez de la pareja no se realizó.

El Verbo se hace Niño para borrar la niñería de Adán y Eva, canta la Iglesia en el Prefacio de la fiesta del Santo Encuentro.

2.  Seréis como dioses

La astucia del diablo consiste en conseguir engañar sin mentir.  Nos recuerda, por analogía, la restricción mental, “reservatio mentalis”, de los casuistas.  Ustedes conocen su principio: “No se debe mentir, pero se puede engañar”.  En efecto, engañar _se aclara_ es un pecado venial, mientras que mentir es un pecado mortal.  Todo este sistema apunta a transformar los pecados mortales en pecados veniales fácilmente perdonables.

La malicia de la serpiente contiene este elemento.  Citemos un ejemplo clásico de casuística: Van ustedes a visitar al cura, y éste no puede recibirlos.  La mucama del cura, por supuesto, no puede declarar: “El Señor cura está ausente”, ya que cometería un pecado mortal, puesto que el cura está allí.  Sería una mentira.  Pero la mucama puede responder: “El señor cura no está aquí”, poniendo su mano en el bolsillo y pensando: “en mi bolsillo”.  Y la trampa está hecha.

Satán conquistó su título de sabiduría, es casi a-pasional, orgullo aparte, pues se negó precisamente al misterio del amor, el amor oculto de Dios por el mundo y su humildad.  Satán mantiene la plenitud de la inteligencia y de la sabiduría frías, sin amor.  No quiere mentir.  Adopta entonces una dialéctica de engaño, dando vueltas alrededor del tema, utilizando la “reservatio mentalis” (¡admirable instrumento!), y como está desprovisto de pasión, distingue las menores reacciones pasionales, basándose en un sentimiento que actuará de cierta manera.

El engaña a Eva porque Eva es sincera.  Conocí una vez a un muchacho poseído por el demonio, y escuchándolo comprendí que una de las dificultades para liberarlo provenía de que su corazón y su fe estaban íntegros, sin una pizca de astucia.  Era atacable porque era íntegro.  “El otro” conoce la debilidad de la integridad y golpea como un astuto.

Examinemos su método.

El inicia el diálogo:

Así, ¿Dios os dijo: No comáis de ningún árbol del Jardín?

Una pregunta no es una mentira.  El prevé ya la respuesta honesta: “No de ningún árbol”, y preparó su segundo ataque-astucia, no mentira.  Todo parece puro, claro, decente, normal.  Su método caricaturiza al del Verbo, que también hace preguntas, pero para salvar.

La mujer responde:

Comemos del fruto de los árboles del Jardín . . . ;

Si hubiera sido astuta, se hubiera detenido allí . . .

. . . mas del fruto del árbol que está en medio del Jardín, Dios dijo: No comáis de él ni lo toquéis, para no morir”.

Eva replica sin vueltas.  ¡Para qué respondió, o respondió tan rápido!  ¿De dónde viene esta precipitación?  De la confianza, de la integridad y de la pureza de su ser.  Los niños actúan a menudo de esta manera.

La serpiente retruca a la mujer:

¡No!  No moriréis, no moriréis, pues Dios conoce que el día que comáis de él, se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores de lo bueno y lo malo.

Entonces, ¿mintió Dios?  ¿O bien el diablo miente?  Dios dice una cosa, el diablo otra.  En realidad, nadie mintió todavía.

Dios dice: Vosotros me amáis, soy vuestro Creador, confiad en Mí.  No comáis del fruto de este árbol, pues es moralmente peligroso para vosotros.  El diablo insiste: ¡No es así!  Y está develando prematuramente el pensamiento divino, según nos enseña Gregorio el Teólogo.  Pues Dios preparó este árbol para que ellos comieran de su fruto ulteriormente, cuando fueran suficientemente evolucionados.

¿Entienden ustedes la táctica?  Satán trampea, deja escapar sólo un pedazo de la verdad en el momento en que no hay que hacerlo: es el error de los falsos maestros.  Una verdad mal dicha puede matar a un hombre.

San Juan Clímaco piensa que un falso maestro cita las Escrituras para perder el alma, mientras que uno verdadero lo hace para salvarla.  Antes de que cometamos un pecado, el ángel advierte: “¡Dios es justo, cuidado!”.  Satán en cambio aconseja: “¡Hazlo, Dios es misericordioso y te perdonará!”.  Y cada uno cita textos apropiados a la justicia y la misericordia.  Pero una vez que se cometió el pecado, el ángel consolará: “No caigas en la desesperación, pues Dios es misericordioso y perdona; haz penitencia, vuelve a Dios” _y recordará a María Magdalena_.  El diablo dará alaridos: “¡Cómo, miserable!  Cometiste un pecado.  ¿No sabes que el apóstol Pablo declaró formalmente que los fornicadores no entrarán en el Reino de Dios?  ¡Estás maldito!  Y cada uno presenta de nuevo textos sagrados.  En los cuatro casos, antes y después, los textos serán exactos, pero elegidos por astucia para la salvación, o por astucia para la pérdida.

¡No!  No moriréis, no moriréis . . .,

afirma Satán.  Es verdad.  Si Adán y Eva hubieran gustado del fruto del árbol prohibido en el momento fijado, hubieran podido adquirir el conocimiento del bien y del mal; inclusive si hubieran pedido perdón a Dios después del pecado, no hubieran conocido la muerte.  Formalmente, el diablo tiene razón: el conocimiento del mundo en sí no es una puerta de muerte.  Cuando Dios ruega: “No hagáis esto”, es para preservar y dejar la posibilidad de actuar más tarde, con plena conciencia.

 

Pues Dios conoce que el día que comáis de él se abrirán vuestros ojos . . .

                                               v.5

 

¿Se abrirán sobre Dios?  No, ya estaban abiertos sobre Dios.

y seréis como Dios [o dioses], conocedores de lo bueno y lo malo.

                                               v.5

 

¿Por qué esta insinuación?  Adán y Eva vivían en estado de inocencia, es decir que su mirada estaba dirigida hacia Dios, a la manera de la de los niños dirigida hacia sus padres.  Vivían con el mundo, en el mundo, pero su conocimiento y su mirada iban hacia Dios.  Bebían la leche divina, aunque permanecieran entre las criaturas.  Contemplando al Creador, contemplaban al Uno, la Trinidad-Una, pues la unidad está en Dios.

Dios, Ser por esencia, Creador de las cosas visibles e invisibles, tiene sus ojos puestos en el cosmos, esta mezcla de ser y de no-ser, esta dualidad por naturaleza.  Insinuar: Seréis como dioses supone: “Miraréis el universo como Dios lo mira desde lo alto de su trono, escrutaréis los abismos”.  El demonio no agrega que cuando el Omnipotente sondea los abismos, como canta nuestra Liturgia después de la Lectura de la Epístola:  Bendito Tú, cuya mirada sonda los abismos y que estás sentado sobre los Querubines . . ., ¡El no corre ningún peligro!  Mientras que un ser creado, ¿cómo puede escrutar el abismo, si él es también abismo y nada?  Mirar, es comulgar.

El Padre Sofronios, en una de sus conferencias en nuestro Instituto, nos explicó muy bien que es indispensable, para vivir en Dios, desapegarse primero del mundo, totalmente; Dios nos da, luego, la verdadera visión de la criatura.

Sin embargo, Dios, después de cada día de creación, admira su obra, dual por naturaleza, y exclama: ¡Qué hermosa es!

Este término de belleza-bondad tiene aquí un sentido particular con respecto al pecado original.  Si el mundo es mezcla de ser y de no-ser, la belleza no es dual: es armonía (defínanla como quieran), correlación perfecta.  El Creador ve en su creación el mundo transfigurado, mientras que lo “dual” está en marcha hacia el acuerdo y la plenitud.  El Espíritu Santo puede devolvernos, desde ahora, esta mirada de Dios en los días del Génesis.

Nuestra visión cósmica, después del pecado original, es doble: visión del mundo ser y no-ser, que todavía no está conformada concientemente con la voluntad trinitaria; y visión del mundo en Dios.  Aún antes de la transfiguración del cosmos, de la aparición de los cielos nuevos y de la tierra nueva de Isaías, el alma arraigada en Dios, y vaso del Espíritu Santo, contempla ya la transfiguración del universo, ve a Dios.

Un cuento indio describe este estado.  Un joven parte para liberar a su novia de las garras de una bruja.  A la ida, todo va mal: llueve

y el cielo está triste, porque el joven está inquieto; a la vuelta, él y su novia ven cómo las flores brotan de la tierra bajo sus pasos y el sol brilla con suavidad.  Es una imagen popular.

El Espíritu Santo suprime la fealdad.  Subraya en el criminal la Imagen divina y hasta la corteza ruda y fea que la deforma desaparece a nuestros ojos.  El cosmos tiene también dos faces: una hacia el Creador, otra hacia el lado opuesto.

Seréis como dioses . . .  Lo repito: Satán no miente, sino que engaña.  Adán y Eva, bajo un cierto ángulo, vieron el mundo tal como es.  ¡Pero aun no estaban deificados!  A Dios le corresponde la visión del mundo tal como es; a nosotros, la visión del mundo en Dios.

¿Dónde se oculta la astucia profunda?

En esto: Seréis como dioses, veréis el mundo tal como es; pero, a diferencia de Dios, no seréis capaces de soportar la visión.

Capítulo XXI

1.  Tres pasiones

Apenas se termina el diálogo entre la serpiente y Eva, ésta, habiendo prestado atención a lo que el adversario ha enunciado, prefiere el “evangelio” satánico al Evangelio de Dios, y se insinúa en ella un sentimiento inesperado.

La desobediencia, que es siempre una obediencia a “otro”, suscita algo nuevo, compuesto de tres elementos:

 

La mujer ve que el árbol es bueno para comer, agradable a la vista y deseable, el árbol, para tener acierto.

                                               Génesis 3,6

 

Los Padres, con San Agustín a la cabeza, disciernen en este pasaje tres deseos, tres pasiones, tres vicios: posesión, goce, poder.

La mujer ve que el árbol es bueno: posesión;  agradable a la vista: goce;  deseable para tener acierto: poder.

Este triple movimiento del alma será el motor del instinto del hombre.

Dos personalidades de nuestro tiempo, Karl Marx y Freud, quisieron explicar la humanidad, uno por el proceso económico (la posesión), el otro por la “libido” (el goce).  Es cierto que ésta última contiene también elementos de posesión, pero en tanto que factores de goce.  Sus tesis apuntan certeramente al blanco, pero son parciales.  La mirada patrística penetra más allá y llega al fondo del subconsciente señalando la tríada.

Ambos ateos, Karl Marx y Freud consideran el mundo deformado del pecado como un mundo natural, y comparten esta ingenua creencia con la mayoría de los pensadores y científicos de estos últimos siglos, incapaces de distinguir al Creador de su creación y, en la creación, su ser real de su estado actual relativo.  En esto, prolongan la religión naturalista de los adoradores de ídolos.

La filosofía de los pueblos negros nos ofrece una bella definición del pecado original: el hombre pasó de “ser” a “tener”.  Está muy bien dicho, pero es insuficiente.  Sin embargo, este pensamiento plantea el problema.  La historia del hombre convertido en “tener” será la de sus posesiones, sus instrumentos y no la de su “ser”.  ¿Acaso no decimos: “¡Al fin vivimos!” cuando poseemos o gozamos?  ¿Sabemos, en general, en qué consiste ser sin gozar, poseer o dominar?  El nervio dinámico de la sociedad es principalmente el dinero, el deseo de posesión;  luego, el deseo de aprovechar siempre más;  finalmente, el deseo de dominar.

Y he aquí que estas tres pasiones son hermanos enemigos, pues el que posee no gasta para gozar y se hace asceta por avaricia.  El que goza no se interesa en el poder, y el que aspira al poder desprecia la posesión y el goce.

Estos deseos son buenos en sí mismos.

Dios nos dice: Poseed el Reino de Dios.  Bienaventurados los mansos, ellos heredarán la tierra (Mat 5,5).

¿Gozar?  Es la bienaventuranza.  Y los místicos, ¿qué hacen sino gozar de Dios?  Un santo no se aburre, no se priva espiritualmente, se embriaga con una bienaventuranza que supera la felicidad.  Dios viene a él como goce, y el mundo futuro será una fiesta, un placer, una alegría del ser total.

¿El poder?  Los dones del Espíritu Santo son poderes: el don de conocimiento es un poder, el don de sabiduría es un poder.  Los cristianos son llamados: reyes, pueblo real.  ¿Qué es la realeza sino un poder?  Tendremos un cuerpo glorioso, la glorificación de los santos y la gloria nos están destinadas.

Estos tres pecados, combatidos por todas las religiones _posesión, goce, poder_ pueden conducir a la destrucción del hombre y, por otra parte, nos hacen avanzar.  No siempre comprendemos por qué hay que suprimirlos: el Creador nos otorga la posesión de tantas cosas hermosas, nos deja la facultad de gozar de ellas, nos permite la potencia.  ¿Por qué razón, entonces, renunciar a ello?  Máximo el Confesor piensa que son legítimas, pero . . . hay un pero, y hasta dos.  Sí, tenemos esos derechos pero en Dios, con Dios.  Detrás de cada pasión, dormita un Dios olvidado.

Dios quiere que Lo poseamos: adquisición del Espíritu Santo.  Dios Se ofrece como goce: goce de la gracia.  Dios desea nuestra participación en su Potencia y su Gloria.  Está dispuesto a derramar sobre nosotros esos dones, de tal modo que por esos deseos humanos en Dios, la creación pueda enriquecerse.

La falta de Eva, su caída, es haber aspirado a enriquecerse del cosmos sin Dios, en lugar de enriquecerlo.

Al tomar una falsa dirección, al descender lo superior hacia lo inferior, al entrar el espíritu en la materia, el veneno del enemigo se deslizó a lo largo de esos elementos legítimos que ahora llamamos pasiones.  Nuestra posesión está siempre acechada por la ruina, nuestro goce picado de amargura y nuestro poder rodeado de soledad.

Posesión, goce y poder fuera de Dios, surgidos del mundo, producen este universo dual y plural, desgarrando luego al hombre que no consigue nunca más que posesiones pasajeras, goces decepcionantes y dominaciones vanidosas; siervo encadenado a tres tiranos legítimos y desviados.  ¿Acaso la falta del avaro está en la fortuna, la falta del desenfrenado en los placeres y del dominador en el mando?  No.  Su fe, transportada a los pies de estos tres deseos, hizo de ellos sus dioses.  Los emperadores y los reformadores tienen el derecho de dirigir el mundo, pero se convierten en culpables en el momento en que su situación privilegiada los aprisiona y que, maniatados por su posición, se imaginan que deben defenderla por todos los medios.

Tomemos el ejemplo del matrimonio: los esposos deben conformarse a la justa búsqueda del amor a Dios en Quien solamente todo deseo se satisface, pues el hombre, al fin de cuentas, en el amor o la amistad, conciente o inconcientemente busca al Que calma toda hambre.

La creación tomó el lugar del Creador, y se produce una doble conversión: conversión del pecado _lo alto se hace lo bajo_ y conversión en el Cristo o retorno al estado primero.  Este desequilibrio divide la humanidad en dos tipos de seres: los que aprovechan de una manera u otra, y los que, queriendo ir a Dios mediante el restablecimiento del orden de valores, quedan obligados a renunciar en este camino a las posesiones, a los goces, a los honores, incluso legítimos.  De esto provienen la pobreza heroica de los monjes, la castidad total, la ascesis, la humillación.

Las tragedias se centran sobre estos tres puntos, nacen de nuestra falsa maniobra.  Aquí, Karl Marx tiene más razón que Freud.  La primera tentativa de Eva no es ni el goce ni el orgullo, sino la posesión.  La mayoría de la gente queda fascinada por la posesión _económica, psicológica_; las luchas familiares se basan en general sobre el instinto devorante del amor materno, el privilegio “poseedor” del padre.  Del mismo modo, en el plano social, el “tener” es el detonante de la mayor parte de las cuestiones funestas para la sociedad.

Después de la posesión llega el goce.  Estadísticamente _si una estadística semejante fuera posible_ el hombre, después de haberse asegurado techo y comida y la seguridad de su vejez, después de haber organizado la situación de sus hijos _el “porvenir” según la expresión popular_ sueña entonces con aprovechar: segundo problema.  El orgullo es el tercero y se relaciona con una minoría.  Indiquemos, al pasar, que esta “taxis” (orden) está invertida en el plano espiritual.

El deseo, raíz de los deseos _nos enseña San Dionisio_ sube de abajo hacia arriba: aspiración del caos, de la nada, hacia Dios.  Y este impulso vertical, en lugar de continuar su subida, se dispersa en todas direcciones, vuelve a caer en regueros más y más débiles, semejantes a los de un cohete o un fuego artificial.  Toda la puesta en escena humana, sea literaria, histórica, familiar, educativa, espiritual, se reduce a esto.

¡Sepan que la posesión de la gracia divina está en el renunciamiento a todo, todo, todo!  Los que almacenan no pueden recibir al Espíritu Santo.  Nuestra situación actual es intermedia, y nuestro consuelo consiste, la mayor parte del tiempo, en contentarnos con un “ersatz” de Dios.  ¡Tenemos que elegir!  No esperemos reunir los dos, porque no se puede experimentar dos vidas simultáneamente.

En el siglo venidero, en la nueva Jerusalén, podremos ser virgen-madre a imagen de la Virgen María, y gustar doblemente de Dios y del mundo.  Adán y Eva comieron prematuramente el fruto, antes que se hubiera realizado el plan divino anunciado por el mandamiento del Creador: Dominad el mundo.  Si hubieran esperado el momento fijado por la Providencia, hubieran podido saciarse sin peligro.

Un ambiente terriblemente decepcionante se desprende de nuestro cosmos y de nuestra historia.  Poseemos, e inmediatamente cesamos de desear lo que poseemos; perseguimos el goce, y éste termina en melancolía.  Tenemos el poder del conocimiento: ¡vanidad!  La conquista era exaltante, pero realizada la conquista, no hemos avanzado.  El horizonte, ante nosotros, es siempre más espacioso.  Sin embargo, Dios está allí, dispuesto a ser consumido por nuestras almas insatisfechas.  El quiere ser poseído, El Se propone: El Rey de reyes avanza para darse en alimento a los fieles, canta el Sonus de la Liturgia de las Galias.

Ustedes, que están junto a la Fuente, tratan de calmar sus deseos con arena.  ¿Por qué lamentarse, si buscan el tesoro donde no está?  ¿Acaso no quieren a Dios?  Entonces, no pretendan poseer todo; tener un poco ya está bien.

He aquí la tríada de los frutos del Arbol del Conocimiento del bien y del mal, codiciados por Adán y Eva.  ¿Por qué no fueron atraídos por el Arbol de Vida?  Porque la posesión, el goce y la potencia en Dios vienen a través de El, Lo siguen.  Si tenemos la fe, el conocimiento o el poder sin la caridad, eso no sirve de nada, dice el Apóstol Pablo, pues subrepticiamente, remplazamos el amor de Dios por otros amores.

El amor: ese sentimiento sobre el cual discutieron tanto los filósofos griegos y los escolásticos.  En la Edad Media, la gran discusión escolástica trataba sobre la clasificación del amor: el amor “físico” y el amor “extático”.  El amor físico o natural _no fisiológico_ respondía a una necesidad de identificación con el fin de poseer y gozar;  el amor extático, por el contrario, se identificaba con el don sin búsqueda de goce propio.  Unos afirmaban que el amor verdadero era extático, y daban como ejemplo al Cristo, que ama al hombre por el hombre, y muere por él en la cruz.  Otros replicaban: No, es el amor natural, pues en el amor esperamos no sólo la felicidad del otro, sino la unión con ese otro y _proseguían_ si bien el Cristo fue suspendido por nosotros en la cruz, nos había prometido antes el Paraíso que realiza la unión con Dios.  Estos dos amores no son contradictorios.  El error consiste en haber ignorado que el amor reúne los tres deseos que hemos definido más arriba, fundidos en un solo movimiento que lanza al que ama fuera de sí mismo hacia el amado, con desinterés y concediéndole al mismo tiempo la unión.  No se pueden separar los elementos del amor, y es difícil describirlos.  El extático aislado es artificial, la identificación sin el olvido de sí es desagradable.

El amor trasciende las explicaciones medievales.  El gesto de Eva revelaba una cosa: la traición del amor de Dios.  Abría la ruta al deseo privado de amor, al amor remplazado por su objeto, ensombreciendo el amor por un calor sin luz y vaciándolo por la pasión.

DESPEDIDA


Entonces el Señor Dios clama . . .

                                               Génesis 3,14

 

Por las palabras divinas que siguen, dirigidas a la serpiente, luego a la mujer, luego al hombre, se produce el trastrocamiento: Satán se convierte en príncipe de este mundo hasta la victoria definitiva del Cristo liberador.

Estamos muy lejos de haber explorado el océano de sabiduría de los primeros capítulos del Génesis, y sólo tuvimos la gracia de captar aquí y allá algunas enseñanzas útiles.  Pero estamos obligados a detenernos.

No pretendemos haber avanzado en la ciencia divina.

Nuestra meta es comunicar a nuestros lectores el gusto del estudio, indicarles los recursos inagotables de las letras sagradas, y proponerles algunos métodos de aproximación.  Con ejemplos diversos, hemos trazado diferentes senderos que conducen a la venturosa meditación de la Ley del Señor.

Nos detenemos abruptamente, sin acordes finales, sin conclusión; lo hacemos concientemente, pues no hay puntos en la economía de Dios.  La soteriología sólo está surcada de comas.

La frase se inicia por Bereshit y sólo se terminará cuando Dios sea Todo en todos.

Site fondé par Père Guy Barrandon († 15 Octobre 2011)